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Aborto y curación en el contexto de la Iglesia



Por: Rev. Michael Mannion | Fuente: vidahumana.org



La vuelta al Hogar

Se había hecho un aborto y debido a ello estaba alejada de la Iglesia desde hacía veinte años."

¿Por qué decidió usted regresar a la Iglesia?",

le preguntaron. Su respuesta fue sencilla:

"Sentí que volver al hogar era lo más seguro".

No se justificó en manera alguna. Había sufrido mucho a raíz aborto; añoraba reconciliarse consigo misma y con los demás, sentirse a gusto, perdonada, sanada, como en casa. Sabía por experiencia propia que la destrucción de la vida de su hijo no le había traído la paz, sino el tormento. Tal como escribió un Ellen Wilson: "No se puede garantizar la felicidad a costa de la vida de otro".

Volvió a la Iglesia, porque la Iglesia es el hogar de los hijos de Dios, una comunidad de fe, una encrucijada sacramental, el encuentro con Dios y con nuestros hermanos; donde los pecados son perdonados y los lazos matrimoniales se forjan.

Algunos temen regresar al hogar, porque piensan que su lo que hicieron es incompatible con la Iglesia: "En un tiempo yo fui cristiano; ahora ya no pertenezco". "Sé que la Iglesia es inflexible contra el aborto. Quisiera regresar, pero no puedo". "Yo maté a mi hijo. Hay demasiada incompatibilidad entre lo que la Iglesia representa y quien yo soy. Todavía me siento incómodo al pasar frente a una iglesia."

A todo esto, la Iglesia compasiva les dice, por medio del poder y la autoridad que Jesucristo le ha conferido: "Si existe un medio de apartarse del hogar, también hay un modo de regresar. Hay manera de reconciliarse" (Juan Pablo II, 1994).

La Iglesia es, pues, ese hogar en el cual la mujer que ha abortado puede reencontrar, o quizás descubra por primera vez, la bondad de Dios y el valor de su persona, por encima del mal que hizo, pues Él, como Padre, no desea más que regrese al hogar.

La reconciliación con Dios: iniciativa del Padre

Según la parábola del Hijo Pródigo, la reconciliación es un don de Dios, una iniciativa de su parte. Nos regocijamos en Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido nuestra reconciliación (cfr. Rom. 5,10; Col. 1:20).

La reconciliación con Dios tiene su fundamento en la autoridad espiritual de la Iglesia. La terapia y los consejos pueden ayudarnos mucho, pero solamente el Autor de la Vida tiene en definitiva el poder de perdonarnos y curarnos definitivamente.

Si la Iglesia, por medio del poder del Espíritu y en el nombre del Padre, no puede perdonar el aborto, entonces la muerte de Cristo por nuestro amor en la cruz carecería de valor. Sabemos que eso no es así: "Nos alegramos en Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, pues por Cristo hemos sido reconciliados con Dios"(Rom. 5:11). Por eso, el proceso de la curación postaborto es una travesía en la fe. Debo creer que el sacrificio de amor de Cristo en la cruz fue suficiente para perdonar mi pecado.

El reencuentro con Cristo y su Iglesia

Los años pasados desde que la mujer se practicó el aborto hasta que inicia su regreso al hogar, son en muchos casos unos años de ira y depresión, de miedo y frustración, de negación o confrontación. La realidad es obvia: El aborto es un acto de violencia con disfraz compasivo. Aunque muchos al principio no lo ven así, el tiempo se encargará de demostrar que la pena es una consecuencia lógica de la muerte y que no podrán olvidar al hijo que no conocieron.

El regreso al hogar es con frecuencia una intensa travesía espiritual que comienza con la sensación de vacío, debida no sólo a lo que la muerte dejó, sino también a la ausencia de Dios en el alma. Es un proceso de crecimiento y desarrollo espiritual a través del cual la persona llega a tener un conocimiento verdadero, de mente y corazón, de Jesucristo y una experiencia personal de su amor. La persona debe profundizar continuamente su relación con Cristo, presente en la Eucaristía, en su Palabra, y en la Comunidad de la Iglesia. Sin embargo, los que están lejos del hogar deben primero ansiar ese retorno.

Desafortunadamente, muchas personas transigen con su pasado y buscan sustitutivos tales como el abuso del alcohol y las drogas, las relaciones emocionales negativas, la promiscuidad, o el activismo proaborto o "pro-choice". Sustitutos que sólo sirven para agrandar la distancia entre nuestro propio dolor -encerrado y reprimido- y la realidad de nuestra vida diaria. Algunas veces toma mucho tiempo darse cuenta de cuál es la causa del propio dolor, y todavía más el saber afrontarlo.

La historia de la Iglesia está llena de momentos de santidad y de pecado, lo cual nos debería servir para reconocer también nuestro pecado y nuestra necesidad de la gracia de Dios. La compasión hacia los otros procede de lo profundo del reconocimiento de nuestro propio quebranto y de la curación que se nos otorgó. "Usted puede llamar a Dios Amor, puede llamar a Dios Bondad, pero el mejor nombre de Dios es Compasión", escribe el gran místico Meister Eckhart.

El marco pastoral, bíblico y sacramental de la curación postaborto

En la comunidad católica hay todo un marco pastoral, bíblico y sacramental donde se puede alcanzar la curación postaborto. "Dios busca el regreso de su hijo, lo abraza cuando llega y prepara el banquete de para celebrar la nueva reconciliación" (Sobre Reconciliación y Penitencia). La mujer que ha abortado no sólo es tolerada cuando regresa al hogar, sino bienvenida. Los Pedro, los Pablo y los Agustín e incontables otros que fueron hijos pródigo nos recuerdan cómo Dios utiliza a los que se convierten del pecado, para que ellos a su vez sean instrumentos de reconciliación de otros muchos. Ciertamente, algunos de los líderes más eficaces del movimiento pro vida y de curación postaborto son los que fueron una vez, no sólo víctimas, sino partidarios del aborto.

La Iglesia da la bienvenida

El enfoque pastoral es consciente de la profunda conversión que se requiere para obtener la reconciliación, a fin de que la experiencia sacramental no sea algo temporal y superficial. Sin embargo, todo esto debe llevarse a cabo dentro de una atmósfera de amor, de amistad y bienvenida. Si no se dan estos requisitos, probablemente la persona no permanecerá lo suficiente para profundizar en el mensaje del amor de Dios y completar su proceso de curación.

Algunos temen que el amor y la aceptación de la madre o del padre del niño abortado vaya a significar una aceptación con su pasado. Hay que vencer este temor, reconociendo que entre los dos extremos contraproducentes, los de la condenación y la tolerancia, está el punto de equilibrio de la compasión. La condenación o la tolerancia, no sólo no logran casi nada, sino que además impiden que la gracia salvadora de Dios se derrame sobre las almas. Sólo mostrando compasión y estando convencidos de la dignidad sagrada de la vida humana desde el momento de la concepción, es como podremos ayudar a quien regresa, para que profundice en la causa de su dolor y se abra al plan salvador de Dios.

Conversión progresiva y profunda

El proceso de curación implica una conversión progresiva y un examen exhaustivo de su proceso. Todo lo relacionado con el aborto (personas, lugares y cosas conducentes a él) deben ser revisados a la luz del plan de Dios y aplicados a la vida presente de la persona. Si el aborto se considera sólo como un "momento aislado" de la vida, es muy posible que se pueda repetir. Por lo tanto, es muy importante preguntarse: "¿Qué es lo que influyó para que tomará esta decisión en ese momento tan vulnerable de mi vida?,¿en qué debo yo cambiar?, ¿qué debo abandonar?, ¿qué debo enderezar aquí y ahora, para que pueda aceptar completamente y sentir la gracia sanadora de Dios y para que el aborto no se vuelva a repetir?"

Una respuesta franca a estas preguntas y un profundo compromiso con sus respuestas conducen a una verdadera metanoia y penitencia. Cambiar de vida a la luz de la Palabra de Dios y en armonía con el cambio de parecer" (Sobre Reconciliación y Penitencia, p.10).

El contexto pastoral desemboca en la vivencia bíblica cuando la víctima del aborto traza su propia historia. Es útil para ello que la persona escriba su propio relato varias veces, identificando cada vez sus sucesos con sucesos bíblicos comparables. La mujer que abortó, por ejemplo, puede identificarse con los personajes bíblicos que lucharon para ser fieles a Dios -que incluso llegaron hasta dar la vida-, mientras a su alrededor estaban clamando la muerte: Abrahán, Moisés, David. Las mujeres de la historia bíblica, Sara, Rut y Ester, entre otras, pueden ser servir de inspiración, no solamente por sus éxitos, sino también por sus temores y fracasos. ¿Cuándo, cómo, por qué me sentí como aquélla persona de la Biblia?

La necesidad de perdonar

Generalmente, no somos libres porque no sabemos perdonar. La libertad espiritual, psicológica y aún física de la mujer que ha abortado puede tener mucho que ver con su capacidad de perdonar a quienes tomaron parte en el aborto. Todos los que la animaron o aún guardaron silencio durante el acontecimiento pueden jugar un papel importante en su viaje hacia la curación y la reconciliación. Ella todavía tiene que perdonar a su bebé por venir "en un tiempo inoportuno". Su novio, su marido, el médico o la enfermera que la atendieron, su padre o aquella amiga... todos ellos tienen que ver con su dolor y con su camino hacia la curación y reconciliación.

La conversión del corazón generalmente precede a la intelectual. No "pensamos" un nuevo estilo de vida, sino que experimentamos y vivimos "un nuevo modo de pensar". La conversión del corazón es iniciada por la gracia de Dios, a menudo mediante el contacto con una Iglesia pastoral, amante y compasiva. Esta conversión del corazón es la que desencadena el deseo de conocer el contenido de la Revelación y la que lleva a una transformación de la totalidad de la persona.

En esta travesía hacia la curación no se camina solo, Jesucristo, la Virgen María y los santos nos acompañan y ayudan: "El primer medio de esta acción salvífica es la oración. Es seguro que la Santísima Virgen, Madre de Cristo y de la Iglesia y de los Santos que han llegado ya al final de su jornada terrenal y poseen la Gloria de Dios, sostienen por medio de su intercesión, a sus hermanos peregrinos por el mundo, en el compromiso con la conversión, con la fe, con el levantarse otra vez después de cada caída, con el actuar a fin de ayudar al crecimiento de la comunión y de la paz en el mundo." (Pablo VI, Clausura de la del Concilio Ecuménico del Vaticano II, 1964)

Los santos no sólo interceden por las mujeres y hombres que luchan por retornar al seno de la Iglesia, sino que con el ejemplo de sus vidas los ayudan para convertir su sufrimiento en un acto de amor. Ellos nos enseñan a mirar nuestras vidas a la luz del misterio pascual, por medio del cual todo lo que nos sucede debe ser referido según la Vida, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. No se puede llegar a la Resurrección sin pasar por la Cruz.

El Arzobispo Fulton J. Sheen dijo una vez que "la tragedia más grande no es que la gente sufra, si no que no tienen a nadie a quién amar y a quién ofrecerle su cruz". El proceso curativo expande y dilata nuestra capacidad de amar y de ser amados, por nuestro Dios, por nosotros mismos y por los demás.

En el marco de la Crucifixión

Jesús fue clavado en la cruz por nuestros pecados. María se mantuvo al pie de la cruz con una fe inalterable carente de todo consuelo.

El niño abortado también está clavado en la cruz de un mundo violento y pecador, que dice no tener sitio para él. Y la madre afligida que lo abortó también se encuentra al pie de esa cruz, después de haber sido encañada y de haber negado su propia maternidad.

La relación entre las dos -María, la Madre de Jesús y la madre del niño abortado- se entrelaza por medio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Son los brazos de Jesús los que abrazan extendidos desde la Cruz, tanto a su Madre, como a la mujer arrepentida. Ésta última debe agradecer a Jesús la amistad, el consuelo y el apoyo que le proporciona su Madre. Es con frecuencia la obscuridad de la fe, la falta de esperanza y la desesperación, lo que impregna y eclipsa la vida de la mujer que abortó. Ella necesita abrirse a la esperanza y fortalecerse en la fe mediante una relación personal con la Madre de Jesús. Debe saber que María también participó de la obscuridad de la fe al pie de la cruz. Ella también sufrió y experimentó la pérdida del Hijo.

La fe no sólo reconcilia con el Autor de la Vida, sino también con el niño que se perdió. Todo esto es posible pues "el Amor es más poderoso que el pecado" (Su Santidad El Papa Juan Pablo II, en la Encíclica Sumergirse en la Misericordia, 8;15: AAS 72 (1980), 1233-1207; 1231).

El sacramento de la Reconciliación y de la Penitencia

"Los que se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones (LG 11).

Para la recepción de este sacramento es importante leer y meditar lo que el Catecismo de la Iglesia Católica enseña sobre él (números 1422-1498).

El sacerdote, como ministro de este sacramento, actúa en "persona Christi". Jesús confiere este poder de perdonar los pecados, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles, hombres ordinarios, sujetos ellos mismos a la asechanzas del pecado: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes retengan sus pecados, les serán retenidos" (Juan 20:22; Mat. 18:18).

El sacerdote, en la Persona de Cristo, es llamado a relacionarse con el penitente como hermano (también pecador), como pastor, (buscando la oveja perdida), médico (que sana y conforta), maestro (que enseña la verdad y revela los caminos de Dios) y hasta cierto punto, incluso como juez (quien juzga de acuerdo con la verdad y no según las apariencias).

Para los que dudan del poder del sacramento la pregunta apropiada no es "¿puede un hombre perdonar los pecados?, sino, ¿puede la Iglesia perdonar los pecados?". Porque la autoridad de un sacerdote determinado no se basa en él mismo, sino, en la Iglesia que lo autoriza y le ordena hacerlo, en el nombre de la Iglesia que Jesucristo fundó y respaldó con su autoridad.

La recepción de este sacramento bien puede ser, por tanto, uno de los principales momentos de la curación postaborto, porque a través de él, todos los sucesos de su historia personal convergen hacia el abrazo con Dios. La persona se reconcilia con Dios, con los demás y consigo misma.

Antes de la recepción de este sacramento, la mujer que ha abortado puede recoger sus pensamientos escritos en un diario y juntarlos a la historia personal que haya escrito. Puede escribirle una carta al niño que abortó, llamándole por su nombre. A través del aborto ella ha dicho: "Tú no eres mi hijo". En lo profundo de su corazón, pronto oirá a su hijo que le dice:, "Tú eres mi madre." Su hijo, viendo ahora el rostro de Dios, no puede hacer otra cosa que perdonarla. La intercesión de su hijo por ella son partes de su travesía de regreso al hogar. Puede prepararse para el sacramento escogiendo un pasaje bíblico que le ayude a profundizar en el significado de su retorno al Señor y a su Iglesia, por ejemplo Lucas 15.

El momento ideal para recibir este sacramento será cuando la mujer se diga a si misma: "Yo quiero ser perdonada. Sé que Dios quiere perdonarme. Quiero decir sí a su llamamiento y cambiar mi vida". El sacerdote puede sugerirle una fecha que preceda inmediatamente a una fecha festiva: Navidad, Pascua Florida, o el día de las madres, por ejemplo.

"La confesión de los pecados no se puede reducir a un mero intento de liberación psicológica, aún cuando corresponde a esa legítima y natural necesidad, inherente en el corazón humano, de abrirnos unos hacia otros. Es un acto litúrgico, solemne por su dramática naturaleza, pero humilde y sobrio en la grandeza de su significado. Es el acto del Hijo Pródigo que regresa a su padre, quien le da la bienvenida con el beso de paz. Es un acto de honradez y valentía. Es un acto de confiarse, más allá del pecado, a la Misericordia que perdona" (Sobre Reconciliación y Penitencia," p. 121).

Para la víctima del aborto, que ha experimentado numerosas visitas a terapeutas y consejeros, quienes tal vez pueden haberla ayudado de muchas maneras, pero, sin tener la autoridad de asegurarle el perdón y la paz de Dios, este elemento es particularmente crucial. El sacramento no es la terapia ni la terapia es el sacramento, pero ambos unidos pueden coincidir, trabajando juntos, hacia la meta común de la curación emocional y espiritual. La gracia construye sobre la naturaleza y a través de ella.

La contrición es el principio y el meollo de la conversión y reconciliación, un rechazo claro y decisivo del pecado cometido por haber ofendido a Dios que me ama tanto, junto con la resolución de no volverlo a cometer. La verdadera contrición es extremadamente liberadora, porque nos libera para volver a Dios y para aceptar su Amor. Para muchas mujeres quebrantadas por el aborto, la contrición las ha liberado para aceptarse a sí mismas, tras años de odiarse y autodespreciarse.

Cristo gritó: "Lázaro, sal fuera". Jesucristo nos invita a salir de las tinieblas de la muerte a la luz redentora de Cristo. "Desatadlo y dejadlo ir " (Juan 11). Somos libres para vivir una vida nueva en Dios.

Reconciliado con Dios, tan sólo queda acercarme a Él en la Eucaristía: "Yo soy el Pan de Vida; el que viene a Mí nunca tendrá hambre y quien crea en Mí nunca tendrá sed" (Juan 6:35). Señor, yo soy indigno, pero gracias, gracias, gracias por amarme tanto y perdonarme.

Nota: Este artículo es parte de la ponencia presentada en la "Conferencia Cumbre Sobre el Período Posterior al Aborto" por un equipo de expertos y coordinado por el Rev. Michael T. Mannion, encargado de la edición.

Rev. Michael T. Mannion, S.T.L., M.A., "Abortion and Healing: A Pastoral Church Responds in Word and Sacrament," en Rev. Michael T. Mannion, Post-Abortion Aftermath: A Comprehensive Consideration, Writings Generated by Various Experts at a ´Post-Abortion Summit Conference´, (Kansas City: Sheed & Ward, 1994), 106-118. Con la autorización del autor. Para obtener este libro, diríjase a: Sheed & Ward, 115 E. Armour Blvd., P.O. Box 419492, Kansas City, MO 64141, U.S.A. o llame al (800) 333-7373.

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