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Peregrinos en el siglo IV

Paula y Jerónimo
El llamado de los Santos Lugares y fundación de monasterios los llevaron a emprender su peregrinación


Por: Mercedes Moles | Fuente: diariodeacinco.blogspot.com.es



Siguiendo con el tema de la amistad, me gustaría ahora detenerme en algún ejemplo concreto de amistad. Y para ello voy a elegir una de mis historias favoritas, y también de las menos conocidas, que es la amistad entre san Jerónimo (el famoso traductor de la Biblia) y santa Paula.

Los dos nacen aproximadamente en el año 347. Jerónimo en Dalmacia (actualmente Croacia) y Paula de padre griego y madre romana. Ambas familias eran cristianas, y la de Paula, de la más elevada condición social.

Jerónimo se dirige a Roma a completar su formación, donde comienza a copiar personalmente las grandes obras de la literatura clásica, sobre todo Cicerón y Virgilio, con la que formará una biblioteca que llegará a constituirse su verdadero tesoro, y que siempre lo acompañará.

Paula se casa a los 16 años. De ese matrimonio nacen 5 hijos, 4 mujeres y un varón.

Finalizados sus estudios, Jerónimo se traslada a Tréveris (hoy Alemania) con el objetivo de abrirse camino en la carrera administrativa, cosa que pierde totalmente su atractivo al conocer el ideal monástico cristiano, en su versión egipcia, a través de Atanasio de Alejandría, exiliado en aquella misma ciudad.

Abandonando así la carrera pública, se junta con un grupo de amigos entusiastas del ascetismo. Pero esta primera experiencia de vida comunitaria fracasa y Jerónimo inicia entonces una peregrinación rumbo al Oriente monástico. Se retira en el desierto durante 2 años, en una dura experiencia como anacoreta.

Aún en la áspera experiencia del desierto, Jerónimo siguió siendo un estudioso. Allí lo acompaña su biblioteca y aprovecha la soledad para perfeccionar sus conocimientos de griego e iniciar los de hebreo. Así se prepara para el gran trabajo de su vida: la exégesis y traducción de las Sagradas Escrituras. Más tarde, en Constantinopla, seguirá sus estudios bíblicos bajo la dirección de Gregorio Nacianceno.

Tiempo antes, cuando Atanasio de Alejandría fue desterrado por segunda vez, marchó a Roma donde Albina, una patricia cristiana, le dio albergue en su palacio romano en el monte Adventino. Allí su hija Marcela escuchaba con gusto los relatos que aquel contaba sobre el monacato egipcio.

Poco a poco se fue congregando en esa mansión del Adventino un grupo de nobles matronas romanas, guiadas por un mismo ideal. Y con la llegada de Jerónimo a Roma, toma fuerza el desarrollo de ese pequeño fermento de vida consagrada femenina. Para ese entonces Paula ya había enviudado, a la edad de 31 años.

Las damas comienzan a recibir de Jerónimo unas charlas sobre la Biblia, que se convierten como en un centro de estudios bíblicos femenino, el primero en la historia. La lectura de una carta de Jerónimo a Marcela, durante una de las clases, produce una profunda conmoción tanto en Paula como en su hija Eustoquia. Era el otoño de 384; Paula tenía 37 años. El palacio de Paula se transforma en monasterio, como antes había ocurrido con el palacio de Marcela. Paula, muy generosa en sus limosnas, siempre proveyó a Jerónimo de todo lo material. Llegó incluso a vender parte de su inmenso patrimonio con ese fin.

Por ese tiempo muere Blesila, su hija mayor y Jerónimo le dirige su carta 39, modelo y exquisita obra literaria de lo puede sufrir el corazón humano ante la pérdida de un ser querido. Allí dice Jerónimo: "te doy mi palabra, me comprometo a que en mi lengua resuene siempre el nombre de ella, a ella se dedicarán mis trabajos, por ella sudará mi ingenio... Vírgenes, viudas, sacerdotes que me lean, sabrán que la llevo grabada en mi alma. Un recuerdo eterno compensará el breve espacio de su vida..."

Paula, quien intuía desde hacía tiempo que la lectura de las Sagradas Escrituras en la Tierra del Señor no era lo mismo que leerlas en tierra "extranjera", cree entonces que es el momento de iniciar su proyecto monástico y se embarca junto a Eustoquia rumbo a Palestina. La despedida de sus hijos es desgarradora. Lejos quedaban las maliciosas interpretaciones de su amistad con Jerónimo.

En ese tiempo de ausencia,  mantuvieron intercambio epistolar debido a los deseos de Paula de saber sobre la Sagrada Escritura. Mientras tanto, unos enemigos tramaron una calumnia contra ellos y compraron con plata a un esclavo que calumnió a Jerónimo. Pero no contaron con el temperamento del santo, quien entregó al calumniador a los tribunales. Este confesó su engaño y se hizo justicia.

Al poco tiempo los amigos se encuentran en Salamina de Chipre y llegan juntos a Palestina. Visitan con emoción y piedad los santos lugares y el corazón maternal de Paula se conmueve dolorido ante la cueva de Belén. Llora sin consuelo el recuerdo de sus hijos, ora con recogimiento y comprende que debe quedarse en aquel lugar. Pero antes desea conocer el monacato egipcio.

Acompañadas por Jerónimo y por un grupo de vírgenes venidas de Roma, Paula y Eustoquia viajan a Alejandría, atraviesan las montañas de Nitria, oran en sus iglesias llenas de anacoretas y recorren los desiertos de Escete. Después de enriquecerse con esta santa experiencia, Paula se siente ya en condiciones para hacer realidad su deseo monástico. Pero antes de iniciar los fundamentos de sus monasterios, tiene que llorar la pérdida de su pequeña hija Rufina. En Belén le esperan las cartas con la triste noticia.

En el otoño del año 386 construye allí, en las afueras de Belén, un monasterio para Jerónimo y sus monjes y otro cerca de la Basílica de la Natividad para ella y sus compañeras. La construcción dura unos 3 años, al cabo de los cuales edifica también una hospedería, motivada por su profunda piedad por la Sagrada Familia, pues dice: si vinieran ahora María y José a Belén, no se encontrarían sin albergue.

Tres años después, cuestiones doctrinales vienen a turbar la paz del lugar. Jerónimo, antes origenista y de carácter intemperante, se pelea con su antiguo amigo Rufino, defensor de Orígenes. Rufino, a su vez, era amigo de Melania, antigua compañera de Paula, quien había dejado las comodidades romanas para instalarse hace tiempo en su monasterio del Monte de los Olivos.

Paula y Melania, con su suave instinto y penetrante intuición, sufren en silencio esta disensión violenta y el enfriamiento de su antigua y bien cimentada amistad. Esta amistad la reanudarán recién, años más tarde, Melania la joven y Paula la joven, nietas de Melania y de Paula, respectivamente.

Desde su viudez, en el fondo de Paula siempre está el dolor. No ve terminada la lucha entre Rufino y Jerónimo, y también la golpea la muerte de su único hijo varón, Toxocio. Se enferma a fines del 403 y muere a los 56 años.

Jerónimo empieza su carta 108 con palabras de sangre, arrancadas desde el fondo de su ser. Un grito de dolor ansioso, como si quisiera resucitar a su discípula e insigne benefactora: si todos los miembros de mi cuerpo se trocaran en lenguas y mi organismo entero resonara con voz humana, nada pudiera decir que correspondiera a las virtudes de la santa y venerable Paula... Adiós, Paula, y ayuda con tus oraciones la postrera vejez del que te ha rendido siempre culto. Tu fe y tus obras te unen a Cristo... Sobre tu sepulcro he hecho grabar un epitafio... a fin de que , adondequiera llegare mi palabra, sepa el lector que tú has sido por mí loada y que estás sepultada en Belén. 

 

Tumba de san Jerónimo, en Belén
 

Inscripción en el mismo lugar, frente al sepulcro de san Jerónimo




Fuentes:
- Enrique Contreras, osb; Roberto Peña, osb, Introducción al estudio de los padres latinos, Editorial Monasterio Trapense de Azul, diciembre 1993

- María Sira Carrasquer Pedrós, Araceli de la Red Vega, monjas cistercienses, Madres del desierto, Editorial Monte Carmelo, mayo 2000

 
Iconografía:
Santa Paula es representada como una abadesa jerónima con un libro; representada como una peregrina, a menudo con Jerónimo y Eustoquio; representada prostrada ante la caverna en Belén; embarcándose en un buque, mientras un niño llama desde la orilla; llorando por los niños; con los instrumentos de la Pasión; sosteniendo un rollo con la epístola de san Jerónimo Cogite me Paula; con un libro y un velo negro bordeado de oro; o con una esponja en su mano.
 

Imagen: San Jerónimo, santa Paula y santa Eustoquio, por Francisco de Zurbarán





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