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Creo, Jesús mío, que eres el Hijo de Dios vivo; creo sí, pero dignate aumentar más todavía los quilates de mi fe
Ejercicio de la virtud de la fe; fecundidad de la vida interior basada en la fe


Por: Dom Columba Marmion | Fuente: Jesucristo vida del alma



4. Ejercicio de la virtud de la fe; fecundidad de la vida interior basada en la fe

Por mucho que los multiplicáramos, no repetiriamos nunca bastante estos actos de fe en la divinidad de Cristo.- Esta fe la hemos recibido en el Bautismo, y no debemos dejarla enterrada ni adormecida en el fondo del corazón; antes por el contrario, hemos de pedir a Dios que nos la aumente; debemos ejercitarla nosotros mismos, con la repetición de actos.- Y cuanto más pura y viva sea, tanto más penetrará nuestra existencia y tanto más sólida, verdadera, luminosa, segura y fecunda será nuestra vida espiritual. Pues la convicción profunda de que Cristo es Dios y que nos ha sido dado, contiene en sí toda nuestra vida espiritual: de esa íntima convicción nace nuestra santidad como de su fuente, y cuando la fe es viva, penetra por entre el velo de la humanidad que oculta a nuestras miradas la divinidad de Cristo. Ora se nos muestre sobre un pesebre bajo la forma de débil niño; ora en un taller de obrero; ora profeta, blanco siempre de las contradicciones de sus enemigos; ora en las ignominias de una muerte infame, o ya bajo las especies de pan y vino, la fe nos dice con invariable certidumbre que siempre es el Hijo de Dios, el mismo Cristo, Dios y Hombre verdadero, igual al Padre y al Espíritu Santo en majestad, en poder, en sabiduría, en amor. Cuando llega a ser profunda esta convicción, entonces nos arrastra a un acto de intensa adoración y de abandono en la voluntad de aquel que, bajo el velo del hombre, permanece lo que es, Dios todopoderoso y perfección infinita.

Debemos, si no lo hemos hecho hasta ahora, postrarnos a los pies de Cristo, y decirle: «Señor Jesús, Verbo Encarnado, creo que eres Dios; verdadero Dios engendrado del Dios verdadero; no veo tu divinidad, pero desde el momento que tu Padre me dice: «Este es mi Hijo muy amado», creo y porque creo quiero someterme todo entero a ti, cuerpo, alma, juicio, voluntad, corazón, sensibilidad, imaginación, mis energías todas; quiero que en mí se realicen las palabras del Salmista: «Que todas las cosas os estén sometidas a título de homenaje; «Todo lo rendiste a sus pies» (Sal 8,8; +Heb 2,8); quiero que seas mi jefe, que tu Evangelio sea mi luz, y tu voluntad mi guía; no quiero ni pensar de otro modo que tú, pues eres verdad infalible, ni obrar de otro modo que lo quieres tú, pues eres el único camino que lleva al Padre, ni buscar contento y alegría fuera de tu voluntad, ya que eres la fuente misma de la vida. «Poséeme todo entero, por tu Espíritu, para gloria del Padre».-Con este acto de fe, ponemos el verdadero fundamento de nuestra vida espiritual: «Nadie puede poner otro fundamento que el ya puesto, esto es, Cristo Jesús» (1Cor 3,11. +Col 2,6).

Si renovamos con frecuencia este acto, entonces, Cristo como dice San Pablo, «habita en nuestros corazones» (Ef 3,17), o lo que es lo mismo, reina de un modo permanente, como maestro y rey de nuestras almas; llega, en una palabra, a ser en nosotros, por medio de su Espíritu, el principio de la vida divina. Renovemos, por consiguiente, lo más a menudo que podamos, este acto de fe en la divinidad de Jesús, seguros de que, cada vez que así lo hacemos, consolidamos más y más el fundamento de nuestra vida espiritual, haciéndolo poco a poco inconmovible.- Al entrar en una iglesia y ver la lamparita que luce ante el sagrario, y anuncia la presencia de Jesucristo, Hijo de Dios, sea nuestra genuflexión algo más que una simple ceremonia hecha por rutina, sea un homenaje de fe interna y de profunda adoración a nuestro Señor, cual si le viéramos en el esplendor de su gloria; al cantar o recitar en el Gloria de la Misa todas estas alabanzas y estas súplicas a Jesucristo: «Señor Dios, Hijo de Dios, Cordero de Dios, que a la diestra del Padre estás sentado. Tú solo eres Santo, Tú solo Señor, Tú solo Altísimo, junto con el Espíritu Santo en la infinita gloria del Padren, entonces, digo, salgan esas alabanzas antes del corazón que de los labios; al leer el Evangelio, hagámoslo con la convicción de que quien en él habla es el Verbo de Dios, luz y verdad infalibles que nos revela los secretos de la divinidad, al cantar en el Credo la generación eterna del Verbo, a la que había de unirse la humanidad, no nos detengamos en la corteza del sentido de las palabras o en la belleza del canto; por el contrario, escuchemos en ellas el eco de la voz del Padre que contempla a su Hijo y atestigua que es igual a El: Filius meus es tu, ego hodie genui te; al cantar: Et incarnatus est, «y se encarnó», inclinemos interiormente todo nuestro ser en un acto de anonadamiento ante el Dios que se hizo Hombre y en quien puso el Padre todas sus complacencias; al recibir a Jesús en la Eucaristía, lleguémonos con tan profunda reverencia cual si cara a cara le viésemos presente.

Tales actos, repetidos, son muy agradables al Eterno Padre, porque todas sus exigencias-y éstas son infinitas- se compendian en un deseo ardiente de ver a su Hijo glorificado.



Y cuanto más oculta el Hijo su divinidad y se rebaja por nuestro amor, más profundamente debemos nosotros ensalzarle y rendirle homenaje como a Hijo de Dios. Ver glorificado a su Hijo constituye el supremo deseo del Padre: «Le glorifiqué y de nuevo le glorificaré» (Jn 12,28); es una de las tres palabras del Padre Eterno que el mundo escuchó: por ellas quiere glorificar a Jesucristo, su Hijo y su igual, honrando su humildad: aporque se ha anonadado, hale el Padre ensalzado y dádole un nombre superior a todo nombre, a fin de que toda rodilla se doble ante El, y toda lengua proclame que nuestro Señor Jesucristo comparte la gloria de su Padre» (Fil 3, 7-9). Debido a eso, cuanto más se humilló Cristo haciéndose pequeñito, ocultándose en Nazaret, sobrellevando las flaquezas y miserias humanas que eran compatibles con su dignidad, padeciendo como un malvado la muerte en el madero (Is 53,12) y ocultándose en la Eucaristía, cuanto más atacada y negada es su divinidad por parte de los incrédulos, tanto más elevado ha de ser el lugar en que nosotros le situemos en la gloria del Padre y dentro de nuestro corazón; más profundo el espíritu de intensa reverencia y completa sumisión con que debemos darnos a El sin reservas, y más generoso el trabajo con que nos consagremos sin descanso a la extensión de su reino en las almas.

Tal es la verdadera fe, la fe perfecta en la divinidad de Jesucristo, la que, convertida en amor, invade todo nuestro ser, abarcando prácticamente todas las acciones y todo el complejo de nuestra vida espiritual, y constituye como la base misma de nuestro edificio sobrenatural, de toda nuestra santidad.

Para que sea verdaderamente fundamento, es preciso que la fe informe y sostenga las obras que llevamos a cabo y se convierta en el principio de todos nuestros progresos en la vida espiritual [Iustificati... in ipsa iustitia per Christi gratiam accepta, cooperante fide bonis operibus crescunt ac magis sanctificatur. Conc. Trid., Sess. VI, c. 10]. «Yo, dice San Pablo en su carta a los Corintios, según la gracia que Dios me ha dado, eché en vosotros, cual perito arquitecto, el cimiento del espiritual edificio, predicándoos a Jesús, mire bien cada uno cómo alza la fábrica sobre ese fundamento» (1Cor 3,10).

-Son nuestras obras las que forman y levantan este edificio espiritual. San Pablo dice además que «el justo vive de la fe» (Rm 1,17) [Es digno de notarse que San Pablo insiste en esta verdad en tres ocasiones: +Gál 3, 11, y Heb 10, 38]. El «justo» es aquel que, mediante la justificación recibida en el Bautismo, ha sido creado en la justicia y posee en sí la gracia de Cristo y, conjuntamente, las virtudes infusas de la fe, la esperanza y el amor; ese justo vive por la fe. Vivir es lo mismo que tener en sí un principio interior, fuente de movimientos y operaciones. Es cierto que el principio interior que ha de animar nuestros actos para que sean actos de vida sobrenatural, proporcionados a la bienaventuranza final, es la gracia santificante; pero la fe es la que introduce al alma en la región de lo sobrenatural. No seremos partícipes de la adopción divina mientras no recibamos a Cristo, ni recibiremos a Cristo, sino por la fe. La fe en Jesucristo nos conduce a la vida, a la justificación, mediante la gracia; por eso dice San Pablo que el justo vivirá de la fe. En la vida sobrenatural la fe en Jesucristo es un poder tanto más activo cuanto más profundamente arraigada se halle en el alma. La fe comienza por aceptar todas las verdades que constituyen materia adecuada a esta virtud, y como para ella Cristo lo es todo, todo lo ve a través del prisma divino de Cristo, y de la persona misma de Cristo desciende y se extiende sobre cuanto El dijo, sobre cuanto hizo o llevó a cabo, sobre cuanto instituyó: la Iglesia, los Sacramentos, sobre todo lo que constituye ese organismo sobrenatural establecido por Cristo para que vivan nuestras almas la vida divina.- Además, la íntima y profunda convicción que tenemos de la divinidad de Cristo, pone en movimiento nuestra actividad para cumplir generosamente sus mandamientos, para permanecer inquebrantables en la tentación: «Fuertes en la fe» (1Ped 5,9) para conservar la esperanza y la caridad a pesar de todas las pruebas.

¡Oh, qué intensidad de vida sobrenatural se encuentra en las almas íntimamente convencidas de que Jesús es Dios! ¡Qué fuente tan abundante de vida interior y de incesante apostolado es la persuasión, cada día más fuerte y enraizada, de que Cristo es la Santidad, la Sabiduría, el Poder y la Bondad por excelencia!...



«Creo, Jesús mío, que eres el Hijo de Dios vivo; creo sí, pero dignate aumentar más todavía los quilates de mi fe».





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