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Reflexiones

Año de la Misericordía:
La misión de la Iglesia es hacer visible a Cristo en el mundo por la oración, testimonio de vida y apostolado


Por: Alejandro Ortega Trillo | Fuente: Catholic.net



Unos griegos se acercaron a Felipe y le dijeron: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Eran prosélitos; es decir, extranjeros convertidos al judaísmo. Habían subido a Jerusalén para el culto. Pero oyeron hablar de Jesús y su expectativa cambió. También hoy, hombres y mujeres de todas partes miran a la Iglesia y le piden, con justa razón: “Queremos ver a Jesús”. Porque la misión de la Iglesia es hacer visible a Cristo en el mundo mediante la oración, el testimonio de vida y el apostolado.

El Espíritu Santo ha querido darnos un Papa muy sensible a esta misión. Con su exhortación “Evangelii Gaudium”, Francisco nos introdujo en el dinamismo de una Iglesia “en salida” hacia el hombre y sus periferias existenciales. Ahora convoca un Año Santo –a partir del próximo 8 de diciembre–, un Jubileo Extraordinario bajo el signo de la misericordia. En la mente del Papa, la Iglesia “en salida” ha de tener “amplias entradas”. Para ello, invita a cada cristiano a no mirar sólo la “superficie” de los demás, como hizo Simón, el fariseo, cuando juzgó a la mujer que se acercó a Jesús (cf. Lc 7, 36-50); en ese nivel es muy fácil equivocarse. La misericordia mira más adentro y solidariza el corazón con las verdaderas miserias de cada persona.  

“He pensado mucho –dijo el Papa el 13 de marzo– cómo la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia… He decidido convocar un Jubileo Extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año Santo de la misericordia”.

Todas las miserias humanas puedan acercarse a la Iglesia. Ahora bien, las miserias se diversifican tanto como las necesidades del hombre. La Iglesia no pretende remediarlas todas, pero sí ofrecer su mejor esfuerzo. Ella busca aliviar la miseria corporal dando alimento, techo y vestido; la miseria afectiva dando cercanía, calidez y bondad; la miseria humana e intelectual educando y promoviendo la justicia; la miseria psicológica dando atención y acompañamiento; y, sobre todo, la miseria moral y espiritual enseñando la fe y administrando los sacramentos, que son su mayor tesoro. La Iglesia es experta en misericordia, porque es experta en humanidad. Su único fin es “continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 3).

El Año de la Misericordia comprometerá a todos en la Iglesia. A los obispos y sacerdotes como ministros de la misericordia, a las personas consagradas como encarnación de la misericordia para cada ser humano, y a los fieles laicos como promotores de la misericordia en el ámbito de las realidades temporales.

Las “obras de misericordia”, corporales y espirituales, son una síntesis concreta y práctica al alcance de todos. Entre ellas cabe destacar el perdón de las ofensas como gesto propio de un año jubilar. Porque los jubileos nacieron, en la historia del pueblo de Israel, como “años de gracia”. En ellos se condonaban las deudas y se devolvía la igualdad a todos.

Ahora bien, la misericordia tiene un precio. “Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”, explicó Jesús a Felipe. Para que germine la misericordia en nuestra vida, algo debe morir en nosotros: quizá una pereza, un apego, una visión superficial, un afán de mera justicia, un rencor, una desconfianza. Sin embargo, este morir es pasajero. Cuando somos misericordiosos reencontramos nuestra propia esencia, que lleva en sí la impronta de Dios; ¡y vivimos de nuevo! Porque nunca se parece tanto el hombre a Dios como cuando es misericordioso.

Sobre el autor:

aortega@legionaries.org; www.aortega.org. Alejandro Ortega Trillo es sacerdote legionario de Cristo, licenciado en filosofía, maestría en humanidades clásicas, conferencista y escritor. Es autor de los libros Vicios y virtudes y Guerra en la alcoba. Actualmente ejerce su ministerio sacerdotal en Roma.    

 

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