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Los 10 Mandamientos... Siguen de moda
Octavo Mandamiento: Mentir es hablar o actuar para inducir a otro al error.


Por: Sr. Dr. Don Rafael Gallardo García / R.P. Pedro Herrasti | Fuente: LaVerdadCatolica.org



OCTAVO MANDAMIENTO

"No levantarás falso testimonio, ni mentirás".

El Antiguo Testamento proclama que "Dios es fuente de toda verdad" (Pr.8,7) y Nuestro Señor Jesucristo, Dios hecho hombre, se declara "La Verdad" (Jn. 14,6). Cuando Pilato lo interroga, el Señor contesta: "para esto vine al mundo, para ser testigo de la verdad; todo hombre que está de parte de la verdad, escucha mi voz" (J n. 1 28,37).

La libertad que Cristo nos ofrece, fluirá de la verdad: "La verdad os hará libres" (Jn.8,31). Y el Espíritu Santo nos guiará "a la verdad completa" (Jn.l6,13).

Con esas frases tajantes, clásicas de su estilo lleno de autoridad y sencillez, Jesús nos enseña a ser veraces: "Sea vuestro lenguaje: Sí, sí ; no, no" (Mt.5,37).

En contraste total con la veracidad transparente de Dios, está la mentira, la simulación, el engaño, la duplicidad y la hipocresía.

Dios nos ha dotado de inteligencia, que está orientada a la búsqueda de la verdad en todos sus aspectos. Estamos obligados, por el hecho mismo de ser personas a adherirnos a la verdad una vez que la hemos conocido y a ordenar toda nuestra vida según sus exigencias. La posesión de la verdad nos impone coherencia entre dicha verdad y nuestras palabras y acciones. Santo Tomás de Aquino enseña: "Un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad".



Ofensas a la Verdad.

El Octavo Mandamiento es sumamente exigente. San Pedro en su primera carta 2,1, nos recuerda que debemos "rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias".

a) Falso testimonio y perjurio.

Mentir públicamente es muy grave y cuando se hace bajo juramento se llama perjurio. Estas maneras de actuar contribuyen a condenar a un inocente, dañando su reputación, a la que todos tenemos derecho.

b) Juicio temerario.

Caemos en este pecado cuando admitimos aunque sea tácitamente, un defecto del prójimo sin fundamentos suficientes.



c) la maledicencia.

Es lo que vulgarmente se llama chisme, o sea, divulgar sin necesidad, faltas o defectos de otros a personas que los ignoran.

d) La calumnia.

Mentir respecto a la reputación de otros, dando lugar a juicios falsos en aquellos que la escuchan.

e) Adulación.

Toda palabra o actitud que alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos viene a ser una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. La adulación podría ser pecado venial si tan solo se desea hacerse grato, evitar un mal u obtener ventajas legítimas.

f) Vanagloria o jactancia.

Resultado del pecado de orgullosos, la vanagloria es nuestra tendencia a "apantallar" a los demás. Faltamos a la objetividad atribuyéndonos cualidades o logros que no tenemos.

g) La mentira.

Es la ofensa más directa en contra de la verdad. Consiste en decir falsedad con intención de engañar. Cristo el Señor denuncia la mentira como una obra diabólica: "El demonio es mentiroso y padre de la mentira" (Jn.8,44).

Mentir es hablar o actuar para inducir a otro al error, violando el derecho que tiene de conocer la verdad. La mentira ofende el vínculo fundamental del hombre y de su palabra con Dios.

La Gravedad de la Mentira.

No todas las mentiras son pecados mortales. Podemos medir su gravedad si consideramos la naturaleza misma de la verdad que se deforma, las circunstancias, la intención del que la comete y los daños que resultan de la mentira. Puede ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.

  • La mentira es una violación a la veracidad y una violencia hecha a los demás, que tienen derecho de conocer la verdad.
  • La mentira es funesta para la sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.
  • La mentira degenera en DEMAGOGIA e induce a los ciudadanos a no creer en sus gobernantes, viviendo en la desconfianza y "falta de credibilidad", de la cual tanto nos lamentamos.

Responsabilidad de los Medios Masivos de Comunicación.

La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad. Aquellos que tienen en sus manos la prensa o la televisión deben pues respetar la veracidad de lo que comunican y en cuanto al modo, salvar siempre la justicia y la caridad, la dignidad del hombre y sus derechos legítimos.

Nada puede justificar el recurso a falsas informaciones para manipular la opinión pública. Igualmente no es lícito recurrir al "amarillismo" escandaloso para conseguir más ventas, más público. Evidentemente la pornografía impresa o televisiva, además viola el Sexto Mandamiento.

Los usuarios de los medios masivos de comunicación han de formarse una conciencia clara y recta para resistir decididamente las influencias demagógicas, corruptoras y desorientadoras que abundan por desgracia.

Es insultante la manera cómo partidos políticos, dependencias oficiales, empresas privadas, etc., adulteran estadísticas, acentúan aspectos de un hecho según sus conveniencias, o callan mañosamente otros para manejar a su antojo a un pueblo en su mayoría cándido, crédulo y acrítico.

Ejemplo de esto lo tenemos en la cifra que se da respecto a las madres que mueren por abortos clandestinos para lograr la legalización de ese crimen. O en los Estados Unidos al decir que los homosexuales son el 10% de la población (en realidad no llegan a 2 ó 3%) para presionar al gobierno a reconocer "sus derechos". Con todo cinismo aumentan ceros según sus conveniencias. La mentira difundida por los medios masivos de comunicación es así un pecado de proporciones diabólicas.

CONCLUSIÓN

Es tal la difusión de la mentira en nuestro medio, que ya no podemos creer en el gobierno, en los medios de comunicación, en las amistades, en los parientes. El demonio, padre de la mentira, parece haberse adueñado de nuestra "Sociedad cristiana". En muchos casos estamos inclinados a creer exactamente lo contrario de lo que escucharnos.

El Octavo Mandamiento sigue siendo, pues, de una urgencia básica entre nosotros:

  • A nivel público, para recuperar la credibilidad, la confianza en aquellos que nos gobiernan.
  • A nivel profesional, para poder hacer tratados, contratos, transacciones honestas y confiables.
  • En el mundo del comercio para dejar de ofrecer "ofertas fabulosas" y "calidad de primera" con todo dolo.
  • Los medios de comunicación deben ser objetivos y veraces.
  • Los que trabajan en la Salud Pública, sobre todo los ginecólogos, deben informar y tratar honestamente a las madres, abandonando consignas antinatalistas que dañan la salud tanto de ellas corno de los niños concebidos o por concebir.
  • En el nivel social, hay que erradicar toda hipocresía, la revelación de secretos confidenciales, la murmuración, la despiadada calumnia, etc.
  • ¿Podremos restaurar la confianza en los amigos?
  •  Dentro de las familias, entre los esposos; los padres con sus hijos; los hermanos entre sí: ¿podremos vivir el Sí, sí o el no, no del Evangelio?

A todos nos toca por igual la obligación de detener y superar esta nefasta corrupción de la mentira y el engaño. El remedio es antiguo y siempre nuevo: ¡cumplir el Octavo Mandamiento!

 





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