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La leyenda de San Amaro
Este santo cuidaba a los peregrinos que pasaban por su tierra y a todos preguntaba una sola cosa: la ubicación del paraíso terrenal


Por: Carlos Alberto Vega | Fuente: www.cervantesvirtual.com



La vida del bienaventurado San Amaro es una de esas encantadoras creaciones medievales de la religiosidad popular que nos ofrece no sólo el itinerario odiséico por tierras legendarias, sino también una metáfora de la búsqueda de todo cristiano por su verdadera patria espiritual.

Esta leyenda, tan poco estudiada en nuestros días, a pesar de haber sido conocidísima a lo largo de la última Edad Media y del Siglo de Oro en la Península Ibérica, se presenta como un verdadero compendio de varias corrientes religiosas, literarias y aún folklóricas del medioevo. Representa un nexo entre lo hagiográfico y lo literario, lo cual obviamente no quiere decir que estos campos sean estancos entre sí. Tal vez haya existido en algún momento un santo varón, un germen histórico para nuestro San Amaro, el cual haya inspirado un sin fin de aportaciones ficticias y aun inverosímiles a su vita; sin embargo, éste resta por conocerse. Lo que sí nos queda es un relato variopinto, que aunque tal vez haya sido en algún momento un breve exetnplum o leyenda folklórica, como lo sigue siendo en algunas partes de Galicia, habrá sufrido un proceso evolutivo en el cual tomó parte la creación artística individual. Las visiones de ultratumba y los viajes al otro mundo, el sermón didáctico, la himnodia, el culto mariano, y tantos otros elementos, todos encuadrados con el marco de la típica vita, se funden en la creación del Amaro.

Dice la leyenda que había una vez un santo hombre, Amaro, que vivía en tierra de «Alia». Bien se merecía su nombre, ya que, según un modo característico de las vitae sanctorum, la suya estaría llena de amargura, como lo está para todo aquel siervo de Dios que sigue el estrecho camino del Señor. Este santo, rico y de buena familia, cuidaba a los pobres, las viudas y, sobre todo, a los peregrinos que pasaban por su tierra. A todos preguntaba una sola cosa: la ubicación del paraíso terrenal, ya que su gran anhelo era ver ese jardín sagrado, «por revelación e por muestra que corporalmente lo él viese».

Una noche oyó una voz del cielo que le anunció que su petición le había sido concedida y que le mandaba que saliera por barco con compañía sin preguntar por dónde los llevaría Dios. Repartió sus bienes, sólo guardando lo suficiente para sobrevivir. Alzaron la vela y a los siete meses (siete días en las versiones impresas), llegaron a la isla de «Tierra Desierta», donde, a pesar de su nombre, la tierra era fértil, las mujeres hermosas, pero en la que, en contraste, los hombres eran feos.

Pronto se oyó otra voz del cielo, mandándole a San Amaro que saliera de esa tierra maldecida de Dios. Pasó por el Mar Rojo y fue a dar a la tierra de «Fuente Clara» bendecida con todos los placeres imaginables. Allí hombres y mujeres vivían trescientos años y eran las personas más bellas y corteses del mundo. San Amaro, solo, oyó otra voz, advirtiéndole de que, si no salía inmediatamente, sus acompañantes se acostumbrarían demasiado al sitio y no continuarían con él en su búsqueda.



Alzaron la vela, pero después de poco se encontraron en el «Mar Quajado» donde no se podía mover la nave y donde unos monstruos marinos devoraban los cadáveres de los tripulantes de siete barcos que se habían quedado estancados. Aterrorizado, San Amaro alzó la voz al cielo, pidiendo ayuda a la Virgen, la cual se le apareció en una visión con toda su grandeza celestial. Después de esta visión se oyó otra voz, la cual le mandaba que llenara los odres de aire y que los echara al mar. Las bestias, tomando los odres por hombres, se lanzaron encima de ellos, causando un viento bastante fuerte para impulsar la nave.

A los tres días llegaron a la «Isla Desierta» donde los animales, inexplicablemente, se mataban los unos a los otros el día de San Juan y donde encontraron a un ermitaño, quien les dijo que navegaran hacia el este, «do nasce el sol». Pronto llegaron a «Val de Flores», donde vivía el ermitaño Leonatis (Leonites en la primera versión castellana), quien, como atestiguaba el nombre, había entablado amistad con los leones. San Amaro dejó a su compañía para consultar con el santo hombre. Después de cuarenta días se despidieron los dos, pero no sin una larga lamentación por parte de Leonatis. Ya partido San Amaro, le llegó a Leonatis una santa mujer, nueva en la escena, Baralides (Balarides en el manuscrito medieval), quien había visto el paraíso terrenal, y que le dio al ermitaño dos ramas floridas, las cuales tenían el poder de convertir toda pena en alegría.

San Amaro, siguiendo las órdenes que le había dado Leonatis, dejó a sus acompañantes, mandándoles que fundaran una ciudad en el sitio donde se encontraban. Solo, encontró un monasterio de nobles damas al pie de una montaña. Antes de su llegada, la santa Baralides había visitado el monasterio y había anunciado la visita inminente del santo. Allí se quedó por diecisiete días, al fin de los cuales Baralides le pidió que bendijera a su sobrina Brígida, quien le había hecho a Amaro una vestidura blanca que le sirviera en su peregrinaje. Baralides sólo le pedía que le diera su antigua vestidura para que le sirviera de recuerdo a su sobrina.

Después de escalar una montaña, vio el santo un castillo precioso de cuyas cuatro torres salían cuatro grandes ríos. En frente había un gran campo verde con un pabellón de cristal cubierto de piedras preciosas. Dentro de la tienda toda tristeza se convertía en alegría. Quiso pasar por la puerta del castillo, pero no se lo permitía un portero; sólo podía ver el interior del castillo desde el portal. A lo lejos vio el paisaje característico del paraíso terrenal. Los pájaros cantaban tan melodiosamente que el encanto de sus voces hacía que mil años pasaran como si fuera un día. En medio de todo se adoraba a la Virgen y jóvenes y doncellas tañían instrumentos y bailaban en torno a ella. Todos pasaban por delante, echándole a los pies coronas y ramos de palmeras. Hasta los pájaros venían a venerar a la Madre de Dios.

Cuando San Amaro le pidió de nuevo al portero que le dejara entrar, éste le dijo que ya era hora de que se fuera, que había pasado doscientos sesenta y seis años en el portal del paraíso terrenal y que no había envejecido en absoluto. Le dijo que llegaría el día en que podría entrar él al paraíso del cielo, el cual era aún más glorioso que el terrestre. Le ofreció frutas del paraíso; pero Amaro sólo pidió un poco de tierra.



Al regresar al sitio donde había dejado a sus compañeros, vio que se había construido una gran ciudad. Cuando se dieron cuenta los descendientes de los que habían formado su compañía de quién era, le concedieron los debidos honores. Vivió el resto de su vida en un monasterio que fundó cerca del de las nobles damas, y al morir fue enterrado al lado de sus dos santas amigas, Baralides y Brígida.





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