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Corrupción y aborto
El aborto es fruto de la cultura de la muerte


Por: P. Fernando Pascual |



La corrupción genera reacciones de condena. Ante tantas personas que buscan sus intereses a costa del bien común, nace espontáneo un grito: “¡basta ya!”. Ese grito refleja el deseo de erradicar todo el daño que los corruptos provocan en las familias, en las empresas, en las sociedades y en el mundo entero.

Sorprende, sin embargo, que en muchos no haya casi ninguna sensibilidad ante el aborto. Los motivos pueden ser varios: es algo legal, hay mayorías a favor del aborto, es presentado como un asunto “privado”, “arregla” problemas serios de una mujer, etc.

Esos motivos, sin embargo, esconden la gravedad del aborto, que en sí mismo es mayor que la de la corrupción. Porque la corrupción daña a la sociedad, pero de por sí no provoca la muerte de inocentes (menos aquellas formas de corrupción que están asociadas al crimen, a la delincuencia organizada, o que causan catástrofes por graves errores de infraestructura). En cambio, el aborto, cada aborto, provoca un daño irremediable: la muerte injusta (el asesinato) de un ser humano inocente.

El aborto es fruto de una cultura que Juan Pablo II denominó, valientemente, como “cultura de muerte” (cf. su encíclica “Evangelium vitae”). También el Papa Francisco denuncia la “cultura del descarte”, que excluye a los más débiles, a los ancianos, a los enfermos, a los niños antes de nacer.

Ante esta situación, hay que reaccionar con firmeza. Un pueblo avanza hacia la justicia y hacia el bien cuando, junto a las condenas y al esfuerzo por erradicar la corrupción, se empeña seriamente, con mayor energía, para evitar el aborto y para perseguir a quienes, faltando a lo propio de la medicina, lo practican impunemente.



Hay que denunciar, sí, la corrupción. Pero, sobre todo, hay que denunciar el crimen del aborto. Entonces trabajaremos para que la honestidad triunfe en las familias y en los grupos, especialmente en las instituciones públicas y en los Estados; y buscaremos caminos eficaces para tutelar la vida de los hijos antes de nacer, y para atender a todas aquellas madres que han iniciado un embarazo en situaciones difíciles y que necesitan el apoyo y la cercanía de los verdaderos amantes de la justicia y de la dignidad de cada ser humano.

 





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