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El principal donante
Mientras buscaba inútilmente una explicación a lo sucedido, el arrogante joven comenzó a recordar los consejos y enseñanzas...


Por: Redacción | Fuente: salvadmereina.co.cr



Adalberto era un niño inocente y bien educado. Su afectuosa madre, doña Carolina, le había enseñado desde pequeñito a venerar con ternura a las imágenes de Jesús y de María.

Su padre, Joaquín Loveira, acaudalado propietario de un ingenio de azúcar y conocido por el apodo de “El Coronel”, procuraba darle ejemplo de honestidad en los negocios y de benevolencia para con sus empleados.

La finca de los Sres. Loveira estaba algo distante de la aldea. El párroco del lugar, D. Nicolás, les visitaba con frecuencia para celebrar Misa, atender confesiones y asistir a los enfermos. En una de estas ocasiones, el Coronel le prometió que construiría una iglesia que fuera adecuada para la parroquia, ya que la antigua capilla del pueblo, aparte de ser muy pequeña, se encontraba en un estado muy precario de conservación.

Los aldeanos se entusiasmaron con la idea y se dispusieron para colaborar con lo que fuera: algunos ladrillos, algo de cemento o trabajando con sus propios brazos.

Sin embargo, pasaban los años y la construcción, por una u otra razón, no empezaba.



Adalberto acompañaba ya a su padre en los viajes de negocios. Destacaba por su emprendimiento y capacidad; llegó a aconsejarle sobre un proyecto mercantil, que le obtuvo enorme éxito. Pero a medida que el patrimonio de la familia iba aumentando, gracias a su buen acierto financiero, iba siendo más vanidoso, materialista y prepotente, relegando a segundo término la buena formación que había recibido de su madre.

El verse solo en la vida, tras el fallecimiento de sus padres, el Coronel y la piadosa doña Carolina, no le produjo ningún asombro, pues confiaba enteramente en sus cualidades personales. Además, contaba con el apoyo y el aplauso de mucha gente.

Aunque no eran las buenas almas que pertenecían al antiguo círculo de amistades de su familia, alejadas de su convivencia por su arrogancia y maltrato, sino un hatajo de aduladores oportunistas. Poco a poco se iba haciendo más temido que respetado, al contrario que el viejo Coronel .

Cierto día el joven fue a ver al P. Nicolás, ya anciano, y le dijo:

— Padre, he decidido cumplir la promesa que hizo mi progenitor de construir la nueva iglesia parroquial.



El sacerdote se quedó muy contento, pero desconfiado, porque conocía muy bien la índole de Adalberto, quien inmediatamente añadió:

— Sólo exijo una condición.

— ¿Y cuál sería, hijo mío?

— Que todos los gastos correrán exclusivamente a mi cargo.

Nadie podrá dar ni siquiera un ladrillo, ni un kilo de argamasa… ni nada de nada. A los obreros también les pagaré yo. Será la iglesia más hermosa de toda la región.

— Pero, ¿cuál es el motivo para negarles a los habitantes de la aldea la alegría de aportar su modesta colaboración? A todos les gustaría contribuir en la construcción de la Casa de Dios… ¿No te das cuenta que se quedarán decepcionados?

El joven ricachón respondió con orgullo:

— Porque quiero que se ponga una vistosa placa con la siguiente inscripción: “Adalberto Loveira, único donante de este hermoso templo”. De esta manera mi nombre será recordado por todos ahora y en el futuro.

El viejo párroco, en un principio no era muy propenso a aceptar tal condición; sin embargo, no sería prudente dejar pasar esta oportunidad. La pequeña iglesia del pueblo se deterioraba cada vez más y se hacía urgente la construcción de una nueva y mayor…

Al domingo siguiente, después de la Misa matutina, el P. Nicolás dio la gran noticia a los habitantes de la localidad.

El aplauso fue general, lleno de gozo. Pero cuando les comunicó la condición impuesta… un velo de tristeza recorrió todas las miradas.

En seguida empezó la edificación, supervisada por un famoso ingeniero de la capital. Un competente capataz de obras dirigía a los trabajadores y un gran número de animales de carga era usado para el transporte de los materiales. Los cimientos quedaron listos en pocas semanas.

Las paredes se iban levantando con sorprendente velocidad.

Los feligreses contemplaban admirados aquellos ladrillos que ya iban adquiriendo aspecto de iglesia. No obstante, una tristeza les embargaba el corazón: no podían contribuir con nada en la nueva Casa del Señor…

Una pobre viuda llamada Guillermina se hallaba muy inconforme con aquella prohibición. Había estado ahorrando durante años algunas monedas de la escasa pensión que su marido le había dejado y había prometido aplicarlas solamente en la construcción de la nueva parroquia. ¿Es que una anciana como ella no iría a honrar el compromiso adquirido con Dios?

Entonces pensó consigo misma: “El párroco nos ha prohibido que demos donativos para la obra. Pero nada me impide que alimente a los animales que cargan sobre sus lomos los materiales. Están bastante mal nutridos y van a terminar todos enfermos si alguien no les refuerza la ración de comida con un poco de avena”. Dicho y hecho. Todos los días, a escondidas, la buena señora daba a los animales una porción extra de avena, hasta que gastó todas sus monedas.

Por fin, la iglesia quedó concluida. El joven terrateniente ordenó que pusieran en la fachada, junto a la puerta de entrada, una gran placa de bronce con su nombre grabado en letras enormes y exigió que en el momento en que empezase la ceremonia de dedicación fuese descorrida al son de las trompetas de la banda municipal.

El día señalado todo el pueblo se agolpaba en frente del nuevo templo mientras la placa era descubierta.

Sin embargo…, cuál no fue la sorpresa de todos al ver lo que estaba escrito en ella: “Guillermina, pobre viuda, principal donante de esta hermosa iglesia”. Adalberto empalideció. Y entre el gentío se produjo un murmullo… La única que, absorta en sus oraciones, no se había dado cuenta de lo ocurrido era la propia doña Guillermina.

Enfurecido y alborotado, Adalberto se dirigió hacia la pobre mujer para pedirle explicaciones. Con la candidez y sinceridad más grandes, narró cómo había alimentado a los animales, pero que de la placa no sabía nada.

Mientras buscaba inútilmente una explicación a lo sucedido, el arrogante joven comenzó a recordar los consejos y enseñanzas que de su cariñosa madre había recibido. Igualmente le vinieron a la mente las palabras de Jesús a los Apóstoles, cuando veía a las personas echando limosnas en el tesoro del Templo: “Os aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie” (Lc 21, 3).

Entre lágrimas de sincero arrepentimiento, Adalberto pidió públicamente perdón a la población. Después llamó aparte al P. Nicolás e hizo la mejor confesión de su vida.

Imagen: Iglesia de pueblo. Autor: J.C. Burgos





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