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¿Cuál es la relación entre tu vida real y tu vida en las redes sociales?
Un video que no te dejará indiferente


Por: Rafael Pérez del Solar | Fuente: Catholic.link



El video que presentamos a continuación, nos trae el triste caso de la vida real de una joven llamada Madison Holleran, quien a sus 19 años de edad, acabó con su vida saltando desde lo alto de un edificio en Philadelphia en enero de 2014.

Madison fue una chica linda, inteligente, sociable, y gran deportista, era la tercera de cinco hijos y vivía en New Jersey.  Gracias a su talento para el atletismo se ganó una beca para estudiar en la Universidad de Pennsylvania.  Al empezar su primer año de universidad, estaba muy ilusionada por comenzar esta nueva etapa de su vida pues había conseguido una beca única, que implicaba la exigencia de ser excelente en atletismo, y a su vez obtener buenas notas. Sin embargo, ingresar a la universidad se terminó convirtiendo para ella en una lucha y en una fuente de insatisfacciones.


El video nos va contando esta trágica historia, mediante entrevistas a familiares y amigos, intercalando con fotografías posteadas por Madison en Instagram. Lo cual nos muestra que lo que vemos de las personas en sus redes sociales, no siempre refleja su mundo interior.

Nadie espera que las personas subamos imágenes de sucesos tristes en nuestras redes sociales, pero sí que tengamos cuidado de querer mostrar un mundo perfecto hacia afuera, sin atender al corazón. Por ello, qué importante se hace en estos tiempos de estar hiperconectados (pero tan solitarios a la vez), aprender a crecer en fortaleza para superar las frustraciones de la vida mediante la amistad verdadera, la sinceridad y la transparencia en nuestras relaciones interpersonales (y con uno mismo) y, de este modo aprender a pedir ayuda, apoyándonos en nuestros seres queridos, en especial en nuestra familia.

Una reflexión ante la desesperanza



El caso de Madison nos recuerda que tenemos un anhelo enorme de eternidad, de trascender más allá, de entender que de alguna forma nuestra vida escapa de este mundo y ello choca día a día con nuestro anhelo de permanecer, de dejar huella aquí.  Sin embargo, el intento de terminar con la propia existencia, atenta directamente contra ambos anhelos: uno no puede “cortar camino” para llegar al final, pues justamente la idea de esta vida es recorrer el camino que nos corresponde con sus subidas y bajadas, y en esta será Dios el único que decidirá cuando hemos llegado a esa meta, y si hay dificultades, (tengamos por seguro que siempre las habrá), debemos confiar en Él y avanzar aprendiendo a cargar la cruz de su mano, sobrellevando el cansancio también en compañía de las personas que amamos.

Qué importante se hace en estos tiempos de estar hiperconectados (pero tan solitarios a la vez), aprender a crecer en fortaleza para superar las frustraciones de la vida mediante la amistad verdadera, la sinceridad y  la transparencia en nuestras relaciones interpersonales (y con uno mismo).

Más allá de la tragedia de esta historia que nos deja con un triste sinsabor, es importante recordar el hecho de que es en este tipo de situaciones cuando comenzamos a encontrar el sentido de la vida, cuando en la miseria y en el dolor somos capaces de mirar otras vidas y ver que existen personas que necesitan de nuestro apoyo. Nuestra vida es valiosa incluso cuando vemos nuestra propia fragilidad, se trata de enfrentarnos a ella con valentía, serenidad y con la ayuda de los demás, así la vida se hace menos pesada y más llevadera. La familia de Madison entendió esto después de su muerte, cuando emprendió una fundación para ayudar a jóvenes con depresión.

Éste es un mensaje directo y eficaz para salir de nuestro estado de comodidad. Para estar atentos al hermano y entender que si abrimos el corazón a las necesidades de los demás, especialmente a los que viven en desesperanza o sin amor, podremos caminar con firmeza y seguridad hacia esa hermosa “meta” donde nos encontraremos con Jesús y nuestros hermanos que ya triunfaron.

Termino con unas hermosas palabras de las que dijo el Papa Francisco en Guayaquil, en su visita a Ecuador, el pasado 6 de julio (y que tuve la bendición de escuchar en vivo y en directo), que expresan una esperanza muy fuerte y  nos ubican en una dimensión de plena confianza en Dios y total seguridad de que nuestra vida, si lo dejamos actuar, está en sus manos:

Murmúrenlo hasta creérselo: el mejor vino está por venir. Murmúrenselo cada uno en su corazón: El mejor vino está por venir. Y susúrrenselo a los desesperados o a los desamorados. Tené paciencia, tené esperanza, hacé como María, reza, actúa, abre tu corazón, porque el mejor vino va a venir.







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