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Un incendio providencial
A veces pensamos que Dios se olvida de nosotros, y es todo lo contrario


Por: Redacción Catholic.net | Fuente: salvadmereina.co.cr



Edgard se levantó muy contento aquella mañana.

Su nuevo barco de pesca, recién salido del astillero, le prometía un provechoso día de trabajo. Y el tiempo era perfecto para estrenarlo. El cielo amaneció azul, con algunas nubes, es verdad, pero éstas acabarían por darle un poco de protección contra el Sol. Las redes estaban limpias y bien dobladas. El delicioso aroma del café matutino, cuidadosamente preparado por Adelaida, su esposa, le invitaba a apresurarse. Salió de casa tras el desayuno.

Mientras se alejaba rumbo a la playa, veía a Luisa y Marcelo, que decían adiós a su padre, ufano de su nuevo barco. Esperaba regresar con muchos peces y hacer un buen negocio en la feria semanal del día siguiente, a la que llegaba gente de toda la comarca.

Haciendo la señal de la cruz y besando su medalla de la Virgen del Carmen, de la cual nunca se separaba, Edgard elevó el ancla y zarpó. Silbaba contento, mientras manejaba con destreza el timón de su pesquero. No tardó en llegar a una zona bien conocida por la cantidad de peces. Pero… ¡cosa extraña! No encontró allí a ninguno de sus amigos pescadores. Por más que los buscaba, no veía ni siquiera un barco. Desconfiando de alguna sorpresa desagradable, escrutó el cielo en todas las direcciones. El tiempo continuaba estable, apenas con algunas nubes espesas. No le pareció que hubiera peligro de lluvia.

Lanzó las redes. Curioso… No había peces…



— ¿Qué está sucediendo? —Se preguntó, hablando solo.

El mar más tarde le dio la respuesta: las aguas comenzaron a moverse con más fuerza, las nubes espesas se acumularon rápidamente, oscureciendo el cielo. ¡Jamás vio armarse tan de repente una tempestad!

— ¡Será por eso que no hay peces!…

—dijo para sí.

Marinero, sin temor y experimentado, Edgard no se atemorizó. Puso en marcha el motor e intentó dirigir el barco de nuevo hacia la playa.



Pero éste no obedecía a los movimientos del timón, las olas cada vez más fuertes lo arrastraban en sentido contrario. En ese momento, vio pasar a lo lejos a su amigo Luis, pescador también, que avanzaba penosamente rumbo a tierra firme y le gritaba:

— ¡Edgard! ¡Media vuelta! La tempestad va a ser tremenda…

Casi no lo podía oír… El viento era demasiado fuerte, usó toda su pericia para tomar la dirección correcta, pero inútilmente: el barco bogaba como si no tuviese timón y la corriente lo alejaba más y más de tierra firme.

Una lluvia torrencial vino a agravar la situación.

En la inminencia de una tragedia inevitable, Edgard se encomendó a la Virgen Santísima. No podía hacer nada más, sino rezar. Golpeado por una gran ola, el barco giró violenta mente, Edgard sintió un fuerte golpe y cayó sin sentido.

Cuando volvió en sí, se encontraba en una playa. Estaba atontado, le dolía la cabeza, todo el cuerpo. Con mucho esfuerzo pudo ponerse de pie, miró alrededor y le pareció estar en alguna isla desconocida. De su barco, apenas vio algunos restos esparcidos por la playa.

¿A quién pedir ayuda? Sólo le quedaba pedir ayuda al Cielo. Se quitó del cuello la medalla de la Virgen del Carmen, se arrodilló y rezó fervorosamente.

Después de esa oración, sintió que le volvían las fuerzas. Caía la tarde. Recogió lo que quedaba del barco e hizo una cabañita, cubriéndola con ramajes de palmera, para protegerse del frío durante la noche.

A la mañana siguiente, fue despertado por el ruido de una alegre bandada de gaviotas que pescaban. Tenía mucha hambre y no había nada que comer. Resolvió explorar “su isla” a la búsqueda de frutas.

Anduvo, anduvo, anduvo… no encontró nada que llevarse a la boca, pero reconoció el lugar donde se encontraba: era una isla rocosa y desértica, que no estaba en la ruta de ningún barco pesquero, mucho menos de algún navío.

¡El Sol estaba más alto en el cielo y el hambre aumentaba!

Decidió pescar. Encontró entre los restos del barco un pedazo de hilo y un pedazo de alambre con el que improvisó un anzuelo, y pronto… el resto era cuestión de habilidad. Con eso y algunos moluscos sirviendo de cebo no le fue difícil arrastrar cuatro peces hasta tierra firme.

Después de varias tentativas fracasadas, consiguió hacer fuego junto a la cabaña. En uno de los lados protegido del viento. Asó dos peces grandes, sazonados con la sal del mar. Le parecieron deliciosos, hasta mejores, que los que su esposa, Adelaida, tan bien le preparaba.

Después de saciada el hambre, decidió explorar el otro lado de la isla.

¡Quién sabe si avistaría algún barco!…

Caminó mucho, subió y bajó roquedales, pero a cierta altura sintió un fuerte olor a quemado. Lleno de desconfianza por lo que estaría sucediendo, corrió afligido de vuelta a la playa. Llegando allí, vio la cabaña toda quemada y una columna de humo que subía de una montaña de hojas secas alcanzada por las llamas.

Edgard, que hasta ese momento se había mantenido firme, no aguantó más. Se sentó en la arena, con la cabeza entre las manos, y no consiguió contener el desánimo y las lágrimas.

¡Había pedido ayuda a los Cielos y Dios parecía haberlo abandonado!

Por fin, cansado de toda la tensión de aquel día, se adormeció allí mismo en la playa, bajo el Sol inclemente de la tarde. Cuánto tiempo durmió, nadie lo sabe. Fue despertado por alguien que le tocaba el brazo y le llamaba:

— ¡Edgard!

— Era Luis, su amigo pescador.

Levantándose de un salto, Edgard lo abrazó y dijo:

— ¡Luis! ¿Cómo has llegado hasta aquí? Esta isla no está en la ruta de ningún barco…

Pasada la tempestad, me lancé de nuevo al mar, decidido a encontrarte.

Busqué sin descanso por todos nuestros rincones conocidos, y ya estaba regresando, pues la tarde estaba llegando al fin, y en la oscuridad sería imposible proseguir la búsqueda. Inesperadamente, vi una columnita de humo subiendo por detrás de esos roquedales. Dejé el barco anclado y vine a nado, pues no es posible navegar entre esas piedras. ¡Vamos, hombre, dentro de poco será de noche! ¡Tu familia te espera!

En el viaje de vuelta a casa, Edgard meditaba con profunda gratitud sobre la manera por la que la Virgen Santísima llevó hasta Dios sus oraciones: aquel incendio, que le parecía la desgracia completa… ¡había salvado su vida!

* * *

A veces, Dios actúa así con nosotros, pareciendo haberse olvidado de nosotros. Sin embargo Él permite la aparente derrota, o hasta la desgracia, para de ahí sacar un bien mayor. Por tanto, aunque no entendamos, confiemos, pues ¡Él nunca nos abandona! ¡Hay males que vienen para bien!

 





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