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Ese hijo es tuyo
Retiro La mirada de la misericordia


Por: P. Manolo Pérez |



En el cuadro está la escena del padre abrazando al hijo que vuelve: es el aconteci-miento central. Están también los que rodean el regreso, sobre todo el hombre alto que está de pie en el lado derecho del cuadro: la postura rígida y la mirada sombría de la figura no deja duda que representa al hijo mayor; es el principal testigo de la vuelta a casa del hijo menor.

Es representante de los sentimientos y comportamientos esclavizantes de los que se consideran”justos”: los doctores de la ley y los fariseos que criticaban a Jesús. Ellos son los que siempre estuvieron en casa como modelos de fidelidad: “hace tanto tiempo que te sirvo...” (Lc 15, 29). 

Incapaces de vivir el amor a Dios y amar a aquellos que Dios ama, como El los ama. Esclavizados del pasado por eso no se identifican con los sentimientos de Dios que, por amor, sale al encuentro... El Hijo mayor le dice al Padre: “viene ese hijo tuyo...” (Lc 15, 30).  

El hijo mayor es testigo y a la vez está apartado, mira al padre sin alegría, no sonríe, no expresa acogida. Simplemente está de pie allí, a un lado, sin expresar ningún mo-vimiento que diga que se va a acercar.

El reencuentro entre padre e hijo domina el cuadro, pero está sobre el lado izquierdo, mientras que el hijo mayor, alto y arrogante, domina el lado derecho. Hay un gran es-pacio abierto que separa al padre y al hijo mayor, un espacio que genera una tensión que está esperando ser resuelta. 



Tanto el hijo menor como el mayor, ambos, necesitan volver a casa. La conversión más difícil es del que se quedó en casa, precisamente porque está estrechamente ligado al deseo de ser bueno y virtuoso cumpliendo. Está aún en proceso de elegir entre la acogida y el rechazo del amor. 

“El hijo mayor estaba en el campo” (Lc 15,25), cumpliendo fielmente su deber al servi-cio del padre. “Llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba todo eso” (Lc 15, 26). Su pregunta revela que, efectivamente, estaba más lejos del corazón del padre que el hijo menor, que estando lejos se acordó... 

El hijo mayor al no estar satisfecho, teme ser excluido, no ser tenido en cuenta por sus méritos. Al no amar ni sentirse amado es desconfiado y celoso: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos...” ( Lc 15, 29).

¿Qué pensamientos y sentimientos pasan por su cabeza y su corazón? ¿Qué hará? ¿Se acercará? ¿Abrazará a su hermano como lo hace su padre, deponiendo su rencor y abriéndose al perdón y a la comunión?  ¿Se dará media vuelta enojado y se irá re-sentido, autojustificándose y consumido por la rabia y la envidia?

La parábola de Jesús en el Evangelio invita a tomar opciones propias, lo mismo hace Rembrandt con su cuadro: resume la lucha espiritual que plantea la encrucijada de tomar la decisión personal sobre la propia vida. Están los ojos críticos de los que miran sin comprometerse; impiden cualquier intento de solución a la reconciliación. El retorno del hijo menor no puede separarse del retorno del hijo mayor. El todavía puede elegir a favor o en contra del amor que se le ofrece.



Según los pintó Rembrandt, el padre y el hijo mayor se parecen mucho. Los dos tienen barba y lucen mantos rojos sobre sus hombros. Estos detalles externos revelan que padre e hijo tienen mucho en común, queda subrayado por la luz dibujada sobre el hijo mayor, que conecta directamente con la cara iluminada del padre. ¡Pero qué diferen-cia! 

La reacción del hijo es diametralmente opuesta a la del padre. En el mismo instante en que ve a su hijo menor, se le conmueven sus entrañas, e inmediatamente “corrió y se lanzó al cuello, llenándolo de besos” ( Lc 15, 20). 

El hermano está indignado, sus entrañas se conmueven por la envidia, el resentimiento, el rencor... Se queda de pie, rígido, postura que se acentúa apoyado en el largo bastón que sujeta con las manos y que llega hasta el suelo. 

El manto del padre es ancho y acogedor; el del hijo está pegado al cuerpo, rígido. Las manos del padre están extendidas y tocan al recién llegado en un gesto de bendición; las del hijo mayor están recogidas, casi a la altura del pecho. 

Hay luz en ambos rostros. La luz de la cara del padre recorre todo su cuerpo -especialmente las manos - y envuelve al hijo menor en una cálida luminosidad. La luz en el rostro del hijo mayor deja en claro que él también está llamado al encuentro, pero es una luminosidad fría, con límites bien delimitados. Su figura permanece en la oscu-ridad, sus manos en la sombra: “se puso muy triste y no quería entrar” (Lc 15, 28). 

El que se cree “justo” se queda fuera. Su conversión es más difícil del que se fue de casa, porque están mezclados enojo, celos, envidia y resentimientos con la obediencia, la responsabilidad, el trabajo... 

El que desenmascara la verdad es el comportamiento del Padre: ninguno de los dos hijos pueden volver a casa si no aceptan el abrazo del Padre y la fiesta. Sólo es bueno el padre: todo el sistema de relación construido por el hijo mayor cae por tierra ante su comportamiento. El regreso del menor lo lleva a celebrar una fiesta; el regreso del ma-yor le hace extender su invitación a una total participación de esa alegría. 

El contraste entre la cara iluminada del hijo mayor y sus manos oscuras, muestran su cautividad, pero también la posibilidad de liberación. El dilema del hijo mayor consiste en aceptar o rechazar que el amor de su padre va más allá de ser amado como él cree que debe ser amado. Lo que podría ser también un motivo de alegría para él, lo vive como amenaza a su propia seguridad. Cerrado sobre sí mismo, sólo se contempla a él, sus obras, su observancia de los preceptos. Seguro en su propia justicia, no existe en él la menor apertura a la gratuidad y a la alegría de la comunión, a la vivencia de la filiación y de la fraternidad; nunca llama al padre, padre ni al hermano, hermano.

La parábola que Rembrandt retrató podría muy bien haberse llamado “La parábola de los hijos perdidos”. No sólo se perdió el hijo menor, también el que se quedó en casa, porque cada vez era más desdichado y menos libre: “hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes...” (Lc 15, 29). 

De qué le había servido obedecer toda su vida, no tener excesos reprochables. Tal vez fue siempre responsable, hogareño, pero no tenía conciencia de sus celos, su cólera, su susceptibilidad, sus resentimientos, sus quejas y sobre todo su sutil legalismo. Ahora, en el momento de amar, no es capaz de aceptar de corazón a su hermano; en realidad el extraño es él en su propia casa. 

La causa de la alegría que puede llegar a vivir el hijo mayor es asumir que también él es hijo, que puede salir de su auto orfandad. El Padre lo llama “hijo mío”, y le agrega el “tú” como para valorizar su realidad personal: “tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc 15, 31). El padre se dona incondicionalmente, como había hecho con el hijo menor sin justificar todos los reproches que hacía el hijo mayor. 

El padre ama, y nunca deja de amar, a los dos hijos, y los ama teniendo en cuenta la realidad de cada uno. Al “jamás he transgredido” y al “nunca me diste” ( Lc 15, 29) del reproche del hijo, el padre contrapone el “siempre” y el “todo” de la comunión (Lc 15, 31); al “ese hijo tuyo”, contrapone el “este hermano tuyo (Lc 15, 32). Sin decirlo explíci-tamente rechaza la lógica del hijo mayor. El no vale, como hijo, por los servicios pres-tados, sino por la comunión. 

Lo único cierto es el corazón del padre con una misericordia infinita. Aunque está es-pontáneamente rebosante de alegría por la vuelta de su hijo menor y por eso le ha preparado una fiesta, no se ha olvidado del mayor. El padre no ama al hijo menor más que el mayor, ama a cada uno.  En cuanto lo vio llegar lo dejó todo, salió a recibirlo y le pidió que se uniera a ellos. Sale fuera a recibir al mayor igual que hizo con el menor y lo llama hijo. Los duros y amargos reproches del hijo no tropiezan con palabras de condena. El padre va más allá de cualquier valoración para subrayar su relación íntima con el hijo: “tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo...” (Lc. 15,31).

Lo decisivo para la relación con el Padre no es el lugar donde los hijos se encuentran, sino el movimiento de los hijos hacia el Padre, el camino de conversión, la decisión libre de acoger la invitación a la fiesta de la alegría ofrecida gratuitamente por el Padre. Hay fiesta cuando saliendo de la cerrazón del resentimiento y el rencor se abre al amor gratuito y generoso.

padrem.perez@gmail.com

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