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Muéstranos al Padre
Retiro La mirada de la misericordia


Por: P. Manolo Pérez |



La parábola de Jesús se podría llamar del Padre misericordioso; este tierno anciano del cuadro es su imagen. El es el único en quien el amor es sin condiciones. Amor que se conmueve, que va al encuentro, vulnerable, que se resiente por la ruptura, que se regocija por estar juntos. 

Jesús nos dijo: “quien me ve a mí ve al Padre” (Jn 14, 8-9), nos lo reveló con sus pala-bras y hasta dar su vida. Nos revela: un Dios Padre que ama con amor paciente e in-destructible, incondicionalmente fiel y apasionado. Un Dios que sufre por el amor tan inmenso que siente hacia sus hijos, que es rico en bondad y misericordia (Rm 2,4; Ef 2,4).  

El evangelista Lucas describe el padre como un hombre muy rico. Rembrandt lo resalta en su pintura: los trajes de los personajes y la habitación así lo muestran. Al mismo tiempo contrastan con el rostro del anciano encorvado y triste. 

Es un padre anciano cuyos ojos, casi ciegos, están húmedos de tristeza por escrutar la noche ante el posible retorno del hijo y llorar en silencio esperando. Vestido con una ropa bordada en oro y un manto de un rojo intenso, imponiendo sus largas manos sobre los hombros del hijo recién llegado. Su rostro está surcado por los años de espera del hijo, el amado de su corazón y consuelo de sus últimos años. 

Lo que da al retrato del padre un poder tan irresistible es que lo más divino está captado en lo más humano: compasión infinita, amor incondicional, perdón eterno. Cada detalle de la figura del padre: la expresión de su cara, la postura de su cuerpo, los colores de su ropa, y sobre todo, el gesto tranquilo de sus manos, hablan del amor divino hacia la humanidad, un amor que existe desde el principio y para siempre. Pecado y perdón, lo divino y lo humano, lo frágil y lo poderoso se hacen uno. Es imagen de tu padre-Dios, encarna la máxima ternura y fuerza de quien te ha dado la vida y siempre ha estado a tu lado.



Los ojos están cerrados, ven con el corazón, están "ciegos" por amor. Sus ojos se han fortalecido esperando, con el fuego del amor, a través de los sufrimientos de tantos años. Su mirada comprende el extravío, conoce con inmensa compasión el sufrimiento de quien había elegido irse de casa, que ha llorado atrapado por la angustia y la agonía. Ahora arde el corazón del padre que da la bienvenida al hijo que ha vuelto a casa.

El hogar es el centro de tu ser, allí donde puedes oír su voz que te dice:” Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17), liberándote de vivir en un mundo sin amor. Es la voz del amor del Padre que no deja de nombrarte desde que te dio la vida, no deja de darte amor dondequiera que estés. Cuando oyes su voz tienes la certeza que estás en casa y no tienes que tener miedo a nada, como dice el salmo: “aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré”. (Salmo 23,4)

Dejar el hogar es mucho más que un simple acontecimiento ligado a un lugar y a un momento. Es la negación de tu realidad espiritual: perteneces a Dios con todo tu ser. 
Dejar el hogar significa ignorar que es verdad que Dios te ha moldeado en secreto, te ha formado en las profundidades de la tierra y te ha tejido en el seno de tu madre (Salmo 139, 13-15). Dejar el hogar significa vivir como si no tuvieras casa y tuvieras que ir de un lado a otro tratando de encontrar una.

El amor del padre no te fuerza, ni te obliga o empuja; te da libertad para rechazar ese amor o para responder a él. El Padre quiere ser impotente ante la libertad que él te dio como hijo: escoger o rechazar su amor. Como Padre, quiere que como hijo seas libre, libre para amar; incluye la posibilidad que te vayas de casa, a “un país lejano” y allí pierdas todo. Como Padre, quiere que quien esté en casa disfrute de su presencia y de su afecto, pero sólo quiere ofrecer amor que pueda ser recibido libremente. La única autoridad que reclama para sí es la compasión, dejar que los pecados de su hijo penetren en su corazón de Padre. No hay lujuria, codicia, ira, resentimiento, celos o venganza de su hijo que él no lo abrace con su amor. 
Este es el Padre: tierno y compasivo, el que lo reconoció volviendo y se conmovieron sus entrañas. (Is 49,15; Jer 31,20; Sal 103,13).

Parece que las manos que tocan la espalda del hijo recién llegado son la mirada interior del padre, que casi ciego, ve mucho más. El Padre extendiendo sus manos sobre él, quiere decir más con sus manos que con sus labios: “Tú eres mi amado, en ti descansa mi amor”. En él se concentra toda la luz; a ellas se dirigen las miradas de los curiosos; en ellas la misericordia se hace carne; en ellas se unen perdón, reconciliación y sanación.



Las manos que lo tienen estrechado no son iguales. Se posan con ternura sobre la espalda del hijo acercándolo a su corazón, como el yugo ligero del que habla Jesús. Son masculinas y femeninas al mismo tiempo. 

A la derecha, la mano izquierda del Padre, la de Dios creador y providente, ruda, musculosa y marcada por el trabajo, con uñas sucias y rotas,  y una muñeca robusta de hombre. Los dedos están separados y cubren gran parte del hombro y de la espalda del hijo. El pulgar hace cierta presión, esta mano no sólo toca sino que sostiene con fuerza.

¡Qué diferente es la mano derecha! No sostiene ni sujeta, fina, suave y muy tierna, con dedos largos, unidos y sensibles, un puño delgado y uñas cuidadas, se apoyan tier-namente sobre el hombro. Quiere acariciar, mimar, consolar y confortar. Es la mano de una madre que te toca el corazón con su ternura. “En ellas la misericordia se hace carne; en ellas se unen perdón, reconciliación y sanación, y a través de ellas encuen-tran descanso no sólo el hijo cansado sino también el padre anciano”. Dios no es sólo el Padre que fortalece y da seguridad, sino también la madre que mima y consuela, “que acaricia a su niño, que lo envuelve con el calor de su cuerpo, que lo aprieta contra el seno del que salió” (H Nouwen). 

El Padre no es sólo el gran patriarca. Es madre y padre. Toca a su hijo con una mano masculina y otra femenina que sostienen y acarician, dan seguridad y consuelan. Es, sin lugar a dudas, Dios en quien maternidad y paternidad, están plenamente presentes. Esta mano derecha suave y tierna te hace recordar las palabras de Isaías: “¿Acaso olvida una mujer a su hijo y no se apiada del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Fíjate en mis manos: te llevo tatuado en mis palmas” (Is 49, 15-16).

La mano femenina y tierna del padre está en posición paralela al pie desnudo y herido del hijo, mientras que la mano fuerte masculina está en posición paralela al pie calzado con la sandalia. ¿Sería mucho suponer que una mano protege al hijo vulnerable, mientras que la otra potencia su fuerza y deseo de seguir adelante en la vida?

Estas manos siempre han estado tendidas, incluso cuando no había hombros sobre los que apoyarlas. El padre de Rembrandt es un padre que se ha ido vaciando de sí mismo por el sufrimiento. A través de muchas muertes se hizo completamente libre para recibir y para dar. Sus manos extendidas no mendigan, no atan, no exigen, no advierten, no juzgan ni condenan. Son manos que sólo bendicen, que lo dan todo sin esperar nada. 
Estas manos te están sosteniendo desde el momento mismo de tu concepción, te die-ron la bienvenida el día en que naciste, te sostuvieron cerca del pecho de tu madre, te alimentaron  y te dieron calor. Te han protegido en momentos de peligro, y te han con-solado en momentos de dolor. Te han dicho adiós y te han dado la bienvenida. Estas manos, son las manos de Dios y de cuantos Dios ha puesto en tu camino para recor-darte su amor.

El padre ni siquiera da al hijo la oportunidad de disculparse: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión. Corrió a echarse a su cuello y lo abrazó” (Lc 14, 20). Corrió perdiendo su soberanía y compostura patriarcales, para abrazar al hijo herido y profanado. Hace suya la súplica de su hijo perdonándolo espontáneamente y dejando a un lado sus ruegos, lo que cuenta es la alegría de su vuelta, ha recuperado al hijo que estaba muerto. “Se lanzó al cuello”, es el encuentro de dos necesitados de amor, pero es el Padre que toma la iniciativa, no al revés. “Cubriéndolo de besos así el hijo es tratado como tal, regenerado por el Padre. 

El Padre es el que ha extendido sus brazos en una bendición llena de misericordia, sin forzar a nadie, pero siempre aguardando; sin dejar que sus brazos caigan y esperando siempre que su hijo vuelva para poder hablarle con palabras de amor, para dejar que sus brazos cansados descansen en sus hombros. 

Por eso el reencuentro de corazón a corazón, es motivo de fiesta. Hay más: está im-paciente y nada le parece suficiente: la túnica reservada para el invitado de honor, el anillo de familia y las sandalias de dueño de casa, son los signos de volver a ser el heredero. Por eso el banquete con lo mejor: el ternero cebado, el baile y la música que se oye por todas partes.

padrem.perez@gmail.com

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