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Padre me pongo en tus manos
Retiro La mirada de la misericordia


Por: P. Manolo Pérez |



Las dos figuras centrales del cuadro están rodeadas por la noche, en la que el hijo menor ha vivido gran parte de su vida. Rembrandt presenta a la contemplación esta relación entre la humanidad y Dios: un crepúsculo rodea el borde de las figuras: evoca la luz de Dios que llega y una nueva creación se realiza en el hijo.

En el hijo se nota la ropa rústica de los esclavos, ropa frecuente de la humanidad: guerras, hambre, explotación... El actuó como si el Padre no existiera, sólo después de dilapidar todo el patrimonio vuelve a pensar en el Padre. Aunque el hijo hubiera perdido todo: dinero, amigos, reputación, dignidad, paz interior y alegría, seguía siendo el hijo de su padre.

En el exilio, en la inminencia de morir de hambre, el hijo reconoce la verdadera causa de su miseria: la ruptura de la comunión con el Padre. Se dice a sí mismo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra mientras que yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros” (Lc 15, 17-19). El significado de la vuelta del hijo menor está expresado en las palabras: “Padre..., ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Por más que se crea indigno, en el texto de Lucas la palabra Padre está doce veces, y varias de ellas la dice el hijo menor; significativamente nunca el hijo mayor.

Por un lado, el hijo menor se da cuenta que ha perdido la dignidad de su vínculo filial pero, al mismo tiempo, esa conciencia de la pérdida de su dignidad lo hace consciente que, por ser hijo, tenía una dignidad que perder. La pérdida de todo fue lo que le llevó al fondo de su identidad; por eso conservaba su espada, signo del vínculo con su familia. Cuando deseó ser tratado como un cerdo, comiendo lo que ellos comían, se dio cuenta que no era un cerdo sino hijo de su padre. Fue el principio de su opción por vivir en vez de morir.

Esta conciencia de la confianza en el amor de su padre, aunque borrosa, le dio la fuerza para reclamar su condición de hijo, aunque esa reclamación no estuviera basada en mérito alguno: “ya no soy digno de llamarme hijo tuyo (Lc 15,19). A partir del momento en que asoció su situación de perdición con el recuerdo del padre y la posibilidad de volver junto a él, quedó abierto el camino de su salvación. El recuerdo del padre fue el principio del fin de su perdición. Fue, aunque él no lo percibió, el comienzo de un nuevo nacimiento, de una vida nueva de comunión y alegría.



Decidir recorrer el camino en la dirección contraria expresa la conversión. Pero abandonar la tierra extraña es sólo el principio, el camino a casa es largo y difícil. ¿Qué hacer? El hijo prepara un escenario: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”.

El regreso del hijo está lleno de ambigüedades. Va por el camino correcto, pero reconoce que estaría mejor tratado como jornalero y así poder al menos sobrevivir; aún está lejos de fiarse del amor de su padre. Se aferra a sus prejuicios e imagina un lugar lejos del que le corresponde como hijo.

La realidad es muy otra, la vemos en el cuadro. En el centro del conjunto Padre/hijo, hay como una forma de corazón, formado por la cabeza del hijo en el seno del padre que lo estrecha; es casi imposible distinguir donde termina una figura y comienza la otra. Se asemeja también al seno materno que envuelve con el calor de su cuerpo la cabeza de un bebé recién nacido y lo aprieta contra el vientre del que salió. ¿Puede ser la evocación del regreso al Padre como el retorno al vientre de Dios que es Madre y Padre? El regreso a los orígenes mismos del ser, aquello de Jesús a Nicodemo: “el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Jn 3,3). ¿Será evocación del verdadero camino para llegar a casa, a ser hijo?

El cuerpo destrozado del hijo se convierte en el cuerpo destrozado de la humanidad, y la cara del bebé se convierte en el rostro de la gente que sufre deseando volver a Dios a quien busca en su dolor. No hay sentimentalismo o romanticismo, ni se cuenta un cuento con final feliz. Lo que se muestra es a Dios, recibiendo en su seno a aquel a quien hizo a su propia imagen.

La expresión del rostro del hijo es de extrema paz. La paz que sobrepasa todo cálculo, se ha revelado antes que la busquemos. El tradicional saludo hebreo: Shalom, se ha transformado en la contraseña del perfecto pacto entre Dios y la humanidad. "Les doy la paz, aquella que el mundo no puede dar", nos dijo Jesús (Jn 14,27).



Rembrandt ha creado una extraña relación entre los rasgos con que ha presentado al hijo y sus pies desnudos. Lleva una túnica que cubre su cuerpo deteriorado, las sandalias con las que había caminado hasta tan lejos, están gastadas y ya no sirven más. El hijo se había desligado tanto de su identidad que el próximo paso era la autodestrucción, la muerte. En un momento tan crítico, ¿qué fue lo que le hizo optar por la vida? Sin duda, el redescubrimiento de su identidad más profunda. Por eso está postrado, de rodillas, ante quien le puede dar la vida nuevamente.

Con estos pies el padre, le enseñó alegremente y con ternura a caminar, a jugar, a soñar... Corrieron bien calzados… Cuando joven, partieron para conquistar el mundo, y ahora regresan heridos y sangrantes, arrastrándose y cansados hacia el hogar de sus primeros años.

No se puede mirar los pies del hijo menor sin interrogarse no sólo sobre su caminar hacia la casa, sino también su vagabundeo y disipación que ha distinguido su juventud desperdiciada. Fue el joven autosuficiente que “recogió sus cosas, se marchó a un país lejano y allí despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino”. ( Lc 15, 13 ). Había dejado la casa paterna vestido con ropas finas, lleno de salud, de dinero y de sí mismo. Fue un joven descarado, manirroto, sensual y muy arrogante, ansioso de conocer todo lo que el mundo tenía para ofrecerle, insensible a cuantos lo rodeaban. Ahora sus pies, son de alguien que ha sufrido mucho rodando por la vida. No es muy difícil imaginar las dificultades en su viaje: regresa totalmente despojado, sin dinero, harapiento, hambriento y sin dignidad.

A la pérdida de los bienes recibidos del padre, causada por el mal uso de su libertad, se sigue la imposibilidad de satisfacer las necesidades más elementales: “comenzó a  pasar dificultades” (Lc 15, 14); “Yo aquí me muero de hambre” (Lc 15, 17). Se ve obligado a vender lo único que le queda: su fuerza de trabajo a un pagano, cosa que estaba prohibida a los judíos (Hch 10,28). El trabajo es el más humillante, “fue entonces a buscar trabajo con uno de los hombres de la región, que lo envió al campo a cuidar cerdos” (Lc 15,15), o sea alimentar lo más inmundo cuyo contacto le estaba prohibido como judío (Lev 11,7; Dt 14,8).

Las consecuencias: la pérdida de la santidad al no cumplir con la Ley judía, y la apostasía de su religión sirviendo a un pagano... No es sólo una experiencia materialmente humillante, sino que implica una experiencia de fracaso, vacío, soledad... Es un estado de miseria material y de degradación moral: “quería llenar el estómago con las bellotas que los cerdos comían, pero nadie se las daba” (Lc 15, 16).

padrem.perez@gmail.com

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