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Padre me pongo en tus manos, meditación
Retiro La mirada de la misericordia


Por: P. Manolo Pérez |



Este tipo de noche y de tinieblas que envuelve la imagen, es la que Jesús ha vencido. La expresión máxima de este rechazo fue la crucifixión del Hijo muy amado. El profeta Isaías describe al Siervo de Yahvé como "el hombre delante del cual uno se tapa la cara; era despreciado y no era estimado por nadie" (Is 53 ). 

El amor indestructible y siempre fiel de Dios convirtió, sin embargo, ese rechazo en la expresión máxima de su amor hacia tí. Así se comporta el Dios revelado por Jesús, cuyo amor te invita a vivir como hijo. El es el Padre del perdón y de la misericordia, de la alegría y de la comunión, no el de la ley, de la discriminación, de la acusación y de la exclusión de los pecadores.

¿Qué es la oscuridad y a luz? ¿Qué es la muerte y qué la vida? La muerte es estar lejos de la casa del Padre: lejos de su amor, de su misericordia, de su perdón. Vida es la comunión con el Padre, estar en su casa, nutriéndose diariamente de su presencia y de su cariño. El que está muerto sólo puede volver a vivir, a renacer, por la fuerza re-creadora del amor de Dios al devolverle la filiación perdida.

En las tres parábolas en las que Jesús responde a la pregunta por qué come con los pecadores (la moneda perdida, la oveja perdida, el hijo perdido), El pone el énfasis en la iniciativa de Dios. El es el pastor que sale en busca de la oveja perdida (Lc 15,4), la mujer que enciende una lámpara, limpia la casa y busca hasta encontrar la moneda (Lc 15, 8). Dios es el padre que busca a sus hijos, vela por ellos, corre a su encuentro, los abraza, les ruega, les suplica y los anima a que vuelvan a casa (Lc 15, 20).

Puede sonar raro, pero Dios desea encontrarte tanto, si no más, de cómo tú deseas encontrarlo a El. Dios no es el patriarca que se queda en casa inmóvil, esperando a que sus hijos vuelvan a él, esperando a que pidan disculpas por su comportamiento, que pidan perdón, y prometan cambiar. Al contrario, abandona su casa, sin hacer caso de su dignidad para correr en tu busca, ignorando las disculpas y promesas de cambiar, y te conduce a la mesa del banquete preparado para ti. Es El que te busca mientras tú te escondes. Cuando seas capaz de mirar con los ojos de Dios y descubras su alegría por tu vuelta a casa, entonces en tu vida habrá menos angustia y más confianza.



El verdadero pecado es negar el amor de Dios hacia tí, ignorar tu valía personal, porque pierdes el contacto con tu ser hijo y comienzas a buscar en lugares lejos de la casa del Padre. La parábola del hijo perdido, es la historia del amor que existía antes de cualquier rechazo y que sigue presente después de los rechazos. Es el amor primero y duradero de un Dios que es Padre y Madre. Toda la vida y predicación de Jesús tuvo un solo fin: revelar el inagotable e ilimitado amor materno y paterno de Dios y mostrar el camino para dejar que ese amor dirija tu vida diaria. El dijo: “les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa... los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho” (Jn15, 11.15) 

Convertirse significa literalmente cambiar de manera de pensar y de actuar, dar un viraje en el camino recorrido y desandarlo. Tanto la estrategia del placer (el hijo menor) como del deber (el hijo mayor) no dan la verdadera felicidad. Convertirse es entregarse al amor misericordioso y liberador del Padre. La historia del hijo menor muestra que no hay situación que no tenga salida. Implica: dejarte atraer por el Padre y tomar concien-cia de la situación de distanciamiento, tomar la decisión de desandar el camino y hacerlo, y por último entregarte a los brazos del Padre. El hijo imagina el encuentro y por eso le falta confianza en el amor y perdón del Padre, sólo lo experimenta en el abrazo. Ya no es sólo el pecador arrepentido, sino la humanidad entera volviendo a Dios.

La luz envolviendo a padre e hijo habla ahora de la gloria que aguarda a los hijos de Dios. Dice san Juan: “... ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3,2). El claro oscuro en esta zona mezcla los contornos entre la humanidad y la divinidad, de manera que no sabemos, sino en nuestro corazón, dónde comienza o termina uno u otro, o por lo mismo dónde comenzamos o ter-minamos nosotros, sino en Dios. 

Los ídolos esclavizan y destruyen implacablemente a sus adoradores. Puesto que fuiste creado por Dios y para Dios, en el fondo, nunca puedes llegar a ser un verdadero ateo. Cuando rechazas a Dios, te conviertes en adorador de ídolos, sea cual sea el nombre con que es invocado y servido por su adorador.

Cuando el hijo menor decidió salir de la casa a un país lejano, el padre, aunque le sangraba el corazón, respetó su libertad. La comunión sólo puede vivirse en libertad, por eso el regreso se vive con la misma libertad: es amor visceral, acogida total, perdón incondicional.



Es importante expresar el arrepentimiento ante el Padre que escucha en silencio. El hijo necesita decirlo y decírselo. El silencio y la elocuencia de los gestos del Padre, que conoce todo, expresan la gratuidad del perdón que supera todas las expectativas. Lo que resta al hijo es acoger su amor y dejarse nutrir y recrear por él.

El amor del Padre es paciente, sabe esperar; y al mismo tiempo inquieto, apresurado porque el hijo no puede seguir privado de su dignidad de hijo, de ahí las órdenes y la prisa de la fiesta. El Padre actúa con bondad y compasión y al mismo tiempo con auto-ridad total. Es significativo que las órdenes las de en público: que todos sepan que el hijo sigue siendo lo que era y más todavía: “rápido, tráiganle la mejor ropa y pónganse-la, colóquenle un anillo en el dedo y zapatos en los pies...” (Lc 15, 22).

El mejor vestido: el vestido precioso era signo de la dignidad de quien lo llevaba.

El anillo: el de la familia, el sello del heredero.

Las sandalias: calzado como hombre libre y señor de la casa, los huéspedes y los es-clavos eran los que se descalzaban.

padrem.perez@gmail.com

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