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Transformarse en Padre, meditación
Retiro La mirada de la misericordia


Por: P. Manolo Pérez |



Después de una larga vida de hijo, tienes la seguridad que la verdadera vocación es ser padre que sólo bendice si tienes una compasión sin límites, sin preguntar nada, siempre dando y perdonando, sin esperar nunca nada. 

Si sigues el plan del mundo en búsquedas infructuosas de seguridades, ¿quien estará en casa cuando los hijos, los prójimos, vuelvan, cansados, exhaustos, inquietos, de-silusionados, culpables o avergonzados? ¿Quién los convencerá que después de todo lo dicho y hecho, hay un lugar seguro donde ir y donde ser abrazados? La paternidad toma su nombre del Padre Dios (Ef 3, 14) y participa de su amor y soledad.

Si Jesús  te llama a ser misericordioso como su Padre, es porque El mismo se ofrece como el camino para serlo mediante el dolor, el perdón y la entrega incondicional.

El dolor: 

Es una forma de compasión, te hace reconocer los pecados del mundo, incluidos los tuyos. No hay misericordia sin dolor al mirar a tu alrededor: seres humanos que se hacen daño uno a otro, padres que perjudican a sus hijos, patrones explotadores de los obreros, mujeres abusadas, niños abandonados, familias deterioradas, cárceles, reformatorios, clínicas, gritos de los pobres...



Este dolor se hace oración, es el camino para alcanzar la libertad sin la cual el amor compasivo no puede surgir. El dolor es profundo no sólo por el pecado del hombre, sino sobre todo porque el amor misericordioso de Dios no conoce fronteras y nos impulsa a vivir nosotros también la misma actitud. 

Tu corazón está hecho para acoger a cualquier persona, no importa su trayectoria, y perdonarle desde ese corazón. El dolor te permite ver más allá de tu muro y darte cuenta del sufrimiento del extravío humano, abre tu corazón a una auténtica solidari-dad.

El perdón: 

Es a través del perdón constante cómo llegas a ser como el Padre. Perdonar de cora-zón es muy difícil… Dijo Jesús: “si tu hermano peca contra ti siete veces al día y otras siete viene a decirte: ‘me arrepiento’, perdónalo” (Lc 17,4). Puedes llegar a decir: “te perdono”, pero seguir resentido. Tal vez quieres seguir teniendo la razón, oyendo dis-culpas, recibiendo alguna alabanza a cambio. 

Sin embargo el perdón de Dios es incondicional, así está hecho tu corazón: para per-donar y no quedarte en que perdonar es una imprudencia porque se puede repetir, poco saludable porque van a seguir igual y una fragilidad porque te vuelves vulnerable.
El hermano tiene que ser perdonado no sólo “siete veces”, sino “setenta veces siete”, es decir, siempre (Lc 17,4; Mt 18,21-22).



Perdonar te desafía a pasar por encima de tu parte herida y agraviada, que desea mantener el control y poner condiciones para el perdón. A menudo tienes que saltar el muro de argumentos y sentimientos que has levantado: miedo a ser utilizado, a ser herido otra vez. Es un muro de orgullo y deseo de controlar. Cuando lo saltas entras en la casa del Padre, como pudo hacer el hermano mayor y abrazar a tu hermano con amor misericordioso. Sólo cuando recuerdas que eres el hijo amado, eres capaz de acoger con la misma misericordia con la que el Padre te acoge.
La generosidad: 

En la parábola, el Padre no sólo entrega a su hijo todo lo que le pide, sino que cuando vuelve lo cubre de abrazos, besos y regalos. Al hijo mayor le dice: “todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31). No hay nada que el Padre se guarde para sí, entrega todo a sus hijos; es más se entrega a sí mismo. Los dos hijos lo son todo para él, por eso la fiesta. 

Como trata a ambos hijos rompe todo comportamiento patriarcal, jerárquico: es el re-trato de Dios, cuya bondad, amor, perdón, cuidado, alegría y misericordia no conocen límites. Jesús deja muy claro que el distintivo del discípulo es darse: “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Esta generosidad no te es espontánea. Estás inmerso en un contexto donde el miedo, el propio interés, la codicia, el poder, la supervivencia, el instinto de conservación son lo habitual. Pero sabes que el amor ahuyenta todo miedo... 

Viviendo primero el amor y el perdón como don, te conviertes en constructor del Reino, del testimonio del amor de entrega sin límites de Dios. Darlo todo supone ganarlo todo. Jesús lo plantea cuando dice: “el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8,35). 

padrem.perez@gmail.com

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