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Silencio

El silencio de la mente
Se debe aprender a callar para saber hablar a tiempo. El silencio que medita no es egoísmo intelectual. El silencio ha de ser preparación fecunda para hablar. El que calla y medita para aprender a hablar y para saber hablar a tiempo, tiene siempre el pensamiento despierto, activo, abierto a la creatividad.


Por: P. Juan Carlos Ortega, L.C. | Fuente: Catholic.net



Escuchar todo para descubrir la verdad

Hemos hablado del silencio de la memoria, recuerdo del pasado, y del silencio de la imaginación, anticipo del futuro. Ahora reflexionemos sobre el presente: el silencio de los juicios.

Del mismo modo que se dijo de las facultades de la memoria y de la imaginación, el silencio mental no es parálisis ni pobreza de ideas. Silenciar la mente no es inhibirla o bloquearla, sino darle la capacidad de recibir y producir, capacidad de escuchar todo y seleccionar lo que se desea.

La mente ruidosa es una mente cerrada, que no deja oír otras cosas distintas de las que ya posee. Pensamientos ruidosos son los pensamientos o ideas que se vuelven repetitivas u obsesivas. Para evitarlo hay que hacer silencio de estos ruidos.

Silencio de los prejuicios

Uno de los principales aspectos de la higiene mental es la eliminación de los prejuicios, que son juicios anticipados de las personas y cosas, sin haber tomado en cuenta, primero, la realidad. Los prejuicios son ruidos poderosos que nos impiden llegar a la verdad y al amor. En efecto, los prejuicios predeterminan la visión sobre las personas, impidiendo descubrir la acción transformante de la gracia en ellas. “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” es un típico prejuicio humano. Ahora sabemos que aunque la ciudad de Galilea era despreciable en aquella época, de allá salió el Salvador del mundo.

Silencio de las preocupaciones

La confusión, la distracción y la dispersión mental son señales de una mente ruidosa. Los hechos golpean con tal fuerza nuestros sentimientos que nos impiden reflexionar. Lo sabemos muy bien, ante una emergencia el modo normal de actuar es con pánico. En cambio, enseñan la necesidad de controlar el nerviosismo provocado por el incidente para actuar y escapar de la situación creada. En la vida ordinaria, debemos controlar la provocación que producen los acontecimientos, para obrar en cada momento del modo más prudente. No hay que preocuparse, sino ocuparse. En efecto, la mente silenciosa es libre y sabe gobernar, es disciplinada, sabe poner orden y unidad en el pensamiento. La tempestad calmada es un ejemplo de silencio de las preocupaciones. Los apóstoles estaban angustiados cuando tenían en sus manos la solución: el maestro que dormía. Jesús, sin alterarse, dio la paz externa e interna que sus apóstoles necesitaban.



El ruido de las propias opiniones

Tener opinión propia de personas y acontecimientos es señal de cierta madurez. Pero el inmovilismo en la propia opinión es signo de pobreza y de mucho ruido interior. Hay un principio claro: cada uno tiene razón en lo que piensa, pero no toda la razón, cosa que corresponde solo a Dios. Nosotros solamente participamos en cierta media de la razón divina. Por lo tanto, sin negar la parte de razón que tengamos, debemos hacer silencio de nuestras opiniones para abrirnos a la razón que pueda haber en las opiniones ajenas. Solamente así podremos crecer y perfeccionar la propia razón y opinión. Los discípulos de Emaús son un ejemplo paradigmático de falta del silencio de las propias opiniones. Ante los acontecimientos vividos, se habían formado la opinión de que todo lo de Jesús de Nazaret fue una ilusión. Ni la promesa de resurrección del maestro, ni las palabras de las mujeres, ni el testimonio apostólico del sepulcro vacío, ni la conversación ardiente con el desconocido caminante lograban silenciar sus propias opiniones.

El silencio de las quejas

Ni las mejores vacaciones que puedas nunca soñar, ni las consultas con el mejor terapeuta, podrán darte paz y felicidad, como el dejar de quejarte por todo y durante todo el tiempo. Renegamos del tráfico, del clima, del exceso de trabajo, del peso, de la comida, de las empleadas… de todo. Para colmo, el ruido de las quejas en vez de hacernos sentir mejor, genera más ansiedad en uno mismo y en las personas que nos rodean. El Evangelio nos muestra las quejas de Judas. Su queja por el mal uso que se hace del ungüento derramado sobre los cabellos de Jesús no le permite descubrir el amor de dos corazones que se unen por el arrepentimiento y la misericordia. Hay que hacer silencio de quejas, y si algo está mal y se prevé que puede mejorar, se hablará directamente y solo con la persona que puede proveer el cambio que se está buscando, esto no es quejarse.

El silencio es creativo

Los prejuicios, las preocupaciones, las propias opiniones, las quejas son pensamientos ruidosos, cerrados en sí mismos y que, con facilidad, caen en el riesgo de repetir frases hechas, consecuencia de juicios premeditados y lamentos insuperables. Por el contrario, el silencio es creativo. No se puede ser creativo si no se silencia lo que ya poseemos.

Sabemos muy bien que la virtud del silencio no se puede reducir a sus aspectos restrictivos. El que calla oye las voces que armónicamente hablan en su interior. El silencio es expresión de un estado interior que prepara a la elaboración del pensamiento. El pensamiento es un diálogo interior y silencioso del alma consigo misma. Surge la palabra interior, silenciosa y secreta, que oímos nosotros solos.

En otras palabras, silenciados los pensamientos ruidosos, la mente inicia un trabajo positivo. A partir de ahora, silenciar la mente es poner en orden y paz los pensamientos. Para lograr este silencio hay que reflexionar, es decir, captar una idea y tomar distancia de ella para acomodarla en su lugar propio, no dejando que ocupe un lugar importante o exclusivo sólo porque grita más que las demás.



Frutos del silencio de la mente

Cuando la mente ha hecho el silencio de los pensamientos ruidosos, y ha dejado resonar nuevos pensamientos, se alcanza la capacidad de comprender nuevas verdades. En este silencio somos capaces de escuchar al otro, descubrir las razones que incluyen sus palabras, haciendo el silencio de las apariencias, y acogerlas. Comprender algo es captarlo en su totalidad y en su realidad misma. Solamente si hay silencio de nuestro propio pensar seremos capaces de comprender, y si es oportuno acoger, las razones del otro.

Es entonces cuando la mente silenciosa es libre y sabe gobernar lo que pasa en su corazón, es disciplinada porque sabe poner orden y unidad en sus pensamientos. Y, en consecuencia, el silencio nos hace señores de nuestras decisiones importantes.

Obviamente, si dijimos antes que los pensamientos ruidosos llevan a la repetición de las mismas frases y quejas, el silencio de la mente, al acoger otros pensamientos y descubrir otros aspectos de la verdad, genera en la propia mente una riqueza nueva de pensamientos, que antes no existían ni eran reconocidos por nuestra mente.

Por el mismo motivo, el silencio de la mente ayuda a ser tolerante con las opiniones ajenas, no impone el propio parecer. ¿Por qué? Porque sabe que verdaderamente sus palabras serán acogidas en la medida que su interlocutor haga silencio en su interior. Y para ello, necesita que, una vez expuestas las propias razones, le deje en paz para que alcance el silencio necesario.

Se debe aprender a callar para saber hablar a tiempo. El silencio que medita no es egoísmo intelectual. El silencio ha de ser preparación fecunda para hablar. El que calla y medita para aprender a hablar y para saber hablar a tiempo, tiene siempre el pensamiento despierto, activo, abierto a la creatividad.

En resumen, la mente silenciosa está siempre abierta al diálogo interior y exterior. Silenciar una idea, recuerdo o imaginación, no es negarlos ni condenarlos, sino tomar conciencia de ellos, reconocerlos, aceptar su realidad y luego darles su lugar.

 

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