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Ideas y comportamientos
Los comportamientos no nacen de las ideas, sino de la libertad de cada uno


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Es fácil leer o escuchar frases como las siguientes: “no importa lo que uno piensa, sino lo que hace”. “Ser buenos o ser malos no depende de si uno cree en Dios o no cree en nada”. “Los comportamientos no nacen de las ideas, sino de la libertad de cada uno”.

Las frases, en sus distintos matices, recogen una “idea” de fondo: el actuar de la gente no dependería de sus convicciones o creencias.

En realidad, cualquier acto responsable depende de aquello que pensamos, del modo de vernos a nosotros mismos, a los demás, al mundo, a Dios.

Ciertamente, nuestro pensar y nuestro actuar se colocan en una biografía, en un contexto cultural concreto, en una historia. Dependen de emociones y de cambios atmosféricos, de una mala digestión, de una noche de insomnio o de un éxito en el trabajo.

Dependen... pero no son un simple resultado de agentes externos. Una sana disciplina, madurez intelectual y una cultura suficiente nos permiten pensar de modo ordenado y correcto incluso en momentos anímicos adversos, y nos permiten actuar según nuestras convicciones, según nuestras “ideas”.



Uno “piensa” (es una idea) que sólo vale la pena disfrutar de la vida. Otro “cree” (es otra idea) que existe un Dios que nos invita al amor y al servicio del prójimo. Otro “siente” (en realidad, “piensa”) que el dinero es lo primero en la vida... Según estas u otras ideas, los comportamientos, las acciones, serán muy distintas.

Por eso es importante aprender a pensar bien. Sólo desde personas maduras, responsables, profundas, el mundo caminará hacia la paz y la justicia, hacia la solidaridad y el servicio, hacia el desarrollo armónico y el respeto.

No todas las ideas valen lo mismo, ni podemos decir que no importa a qué religión pertenezca cada uno. Nuestros actos son de un tipo o de otro según lo que creemos, según lo que albergamos en el corazón.

El mundo necesita corazones capaces de romper barreras de egoísmo y odios asesinos. Corazones que venzan la plaga del aborto, la usura, las injusticias de la economía globalizada, la infidelidad en los matrimonios. Corazones que construyan un mundo mejor, desde una convicción (desde una idea) profunda: cada existencia humana tiene un valor inmenso porque tiene su origen en el Amor de Dios, porque vive en el tiempo y avanza hacia lo eterno.

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