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Cómo defender la fe ante los escándalos
El escándalo es posible porque todo ser humano, desde su libertad, puede hacer el bien o hacer el mal, construir o destruir, amar u odiar


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Cristo lo habrá dicho con tristeza: “Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen!” (Lc 17,1).

El escándalo es posible porque todo ser humano, desde su libertad, puede hacer el bien o hacer el mal, construir o destruir, amar u odiar.

Quien llega a conocer un mal comportamiento siente pena, amargura, rabia. Otras veces llega a dudar de aquellos principios sobre los que había construido su vida.

Entre los católicos, descubrir un escándalo hace que algunos se aparten de los sacramentos, empiecen a desconfiar de los sacerdotes y de los demás bautizados, dejen de luchar contra el pecado. Otros católicos empiezan a vivir según las normas del mundo: si quienes debían ser ejemplo para los demás han cometido pecados muy grandes, ¿por qué no permitirme pecados “pequeños”, infidelidades en la familia o en el trabajo que, en el fondo, no son tan “escandalosas”?

La verdadera fe necesita inmunizarse contra el escándalo. Para eso, ayuda mucho afrontar los hechos con un sano realismo: ha habido, hay, y tristemente seguirá habiendo en el futuro, escándalos.



Fueron escándalos la traición de Judas, la negación de Pedro, la codicia de Ananías y Safira. Fueron escándalos las numerosas herejías, durante los primeros siglos de la Iglesia (y también después), defendidas por simples bautizados, por sacerdotes, incluso por obispos.

San Agustín explicaba, a los que iban a ser bautizados, que encontrarían en la Iglesia a personas buenas, a personas mediocres, y a personas malas. Por eso, no debían escandalizarse, sino tomar una actitud serena y constructiva. El consejo de Agustín vale para ayer, para hoy y para siempre: “Imita, pues, a los buenos, tolera a los malos y ama a todos, pues no sabes qué ha de ser mañana el que hoy es malo. Y no ames su injusticia, sino ámalos a ellos precisamente para que aprendan la justicia” (“La catequesis de los principiantes”, 27,55).

Ser realista no significa cruzarse de brazos. Ante situaciones recientes de escándalo, provocados por errores concretos en la formación sacerdotal y en la manera de afrontar malos comportamientos de algunos sacerdotes, el Papa Benedicto XVI exhortaba: “Hay que actuar con urgencia para contrarrestar estos factores, que han tenido consecuencias tan trágicas para la vida de las víctimas y sus familias y han obscurecido la luz del Evangelio como no lo habían logrado ni siquiera siglos de persecución” (Carta pastoral a los católicos de Irlanda, 19 de marzo de 2010).

Además de buscar caminos para corregir el mal y para evitarlo, el católico sabe rezar. Reza por quienes han causado el escándalo, para que se conviertan y reparen el daño cometido. Reza por quienes sufren como víctimas, para que descubran que hay un Dios bueno que enjuga sus lágrimas y que exige la justicia verdadera. Reza por sí mismo, porque todos somos del mismo barro, todos podemos llegar a caer en aquello mismo que ahora condenamos en otros.

Realismo, búsqueda de soluciones, oración. Son pasos importantes, imprescindibles, para afrontar con fe y con serenidad los escándalos, para conservar y acrecentar nuestra fe en Jesucristo Salvador.



 





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