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Ha dado todo lo que tenía para comer
Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario. Cada ofrenda debe ser signo de la entrega del corazón y del Espíritu, signo de la entrega total del hombre.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer



Del santo Evangelio según san Marcos 12, 38 -44

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía: Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa. Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

Oración introductoria
Espíritu Santo, ilumina esta oración para que no la convierta en un momento de vanidad, autocomplacencia o en un ritual sin sentido, como acostumbraban los fariseos. Dame la fortaleza para saber desprenderme de lo que me impida crecer en el amor.

Petición
Señor, dame la gracia de ser generoso, sin cálculos egoístas.

Meditación del Papa Francisco

La fe no necesita aparentar, sino ser. No necesita ser alimentada por cortesías, especialmente si son hipócritas, sino por un corazón capaz de amar de forma genuina. Jesús condena este tipo de seguridad centrada en el cumplimiento de la ley.

Jesús condena esta espiritualidad de cosmética, aparentar lo bueno, lo bello, ¡pero la verdad por dentro es otra cosa! Jesús condena a las personas de buenas maneras pero de malas costumbres, esas costumbres que no se ven pero se hacen a escondidas. Pero la apariencia es justa: esta gente a la que le gustaba pasearse en las plazas, hacerse ver rezando, 'maquillarse' con un poco de debilidad cuando ayunaban... ¿Por qué el Señor es así? Vean que son dos los adjetivos que usa aquí, pero unidos: avaricia y maldad. […]



Jesús nos aconseja esto: no tocar la trompeta. El segundo consejo que nos da: no dar solamente lo que nos sobra. Y nos habla de esa viejecita que ha dado todo lo que tenía para vivir. Y alaba a esa mujer por haber hecho esto. Y lo hace de una forma un poco escondida, quizá porque se avergonzaba de no poder dar más. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 14 de octubre de 2014, en Santa Marta).

Reflexión
El Evangelio que acabamos de escuchar, destaca la novedad del Reino de Dios que Jesús va anunciando. Clasifica a los hombres por lo que son y no por lo que tienen, por la pureza de sus intenciones más que por las apariencias de sus obras.

La pobre viuda, con su ofrenda, da cumplimiento al primero y más grande de los mandamientos del que se habló inmediatamente antes. Ella abandona en Dios la preocupación por su vida. Le da de lo que vive, de lo que necesita para su subsistencia - mientras que los demás dan algo de lo que les sobra.

Al final de la vida pública de Jesús, aparece la figura de la pobre viuda para mostrar por qué anunció el Evangelio a los pobres y cuáles son los hombres preferidos por Él. El desprendimiento de la viuda es señal de conversión, señal de la llegada del Reino de Dios.

Porque aquí no se trata de la limosna, ni de las colectas dominicales, ni siquiera de dinero. Aquí se destaca la exigencia de totalidad con que Dios reclama a cada hombre. Esa es la intención de la enseñanza. Lo que quiere decir Cristo mediante el Evangelio de hoy, es lo siguiente:

Hay quienes tienen mucho, y dan mucho - pero no dan todo. La pobre viuda tiene poco, pero da todo lo que tiene. Dios no pide poco o mucho del hombre, sino pide a todo el hombre. Cada ofrenda debe ser signo de la entrega del corazón y del Espíritu, signo de la entrega total del hombre.

Y no es solamente una entrega total a Dios, sino también una entrega total al hombre. Tenemos el ejemplo de Elías y la viuda de Sarepta, que nos cuenta la primera lectura de hoy (1Reyes 17,10-16). Le queda a la viuda no más que un poco de harina y de aceite, y se los pide el profeta. Ella no es creyente judía y existe sin duda gente rica en el lugar. Pero ella no se escabulle del encuentro con el otro que le exige lo último y único que le queda para no morir de hambre. Es, sin duda, una enseñanza maravillosa para todos nosotros.

Toda ofrenda tiende a la consagración, y ésta a la comunión con Dios y con los demás. Por eso, el dinero se convierte en maldición y excomunión cuando con él se adquiere la posibilidad de sustituir la propia persona. Es por ejemplo el caso de quien “despacha” al que pide, echándole unos guaraníes para no tener que entrar en comunión con él, mediante unas palabras, un saludo, una atención, una expresión de afecto - que era, tal vez, lo que más buscaba quien pedía.

En ese caso, el dinero es instrumento para producir la excomunión. Se usa del don de Dios para no encontrarse con Él en el hermano. Terrible poder del dinero: ¡lograr mantener alejados a los pobres! El verdadero cristianismo exige que nos pongamos nosotros mismos en juego - ¡y no nuestro dinero!

Un ejemplo extraordinario de ese Espíritu de sacrificio y entrega total encontramos en Jesús mismo. Porque Él vive primero lo que reclama de los suyos. No sólo entrega lo indispensable para la vida, sino que se entrega Él mismo por nosotros. Nuestra redención se realizó por el sacrificio de Cristo, nos recuerda la segunda lectura de hoy (Hebreos 9,24-28).

No es de extrañar, entonces, que el Señor pida ese mismo espíritu de entrega y sacrificio también de todos nosotros, de todos los que quieran seguirle.

Queridos hermanos, creo que todo esto nos invita a un serio examen de conciencia sobre nuestra actitud personal en ese sentido:

  •  ¿Estoy dispuesto a renunciar no sólo a lo superfluo, si no también si hace falta - a algo necesario, tal como la pobre viuda del Evangelio?
  •  ¿Estoy dispuesto a entregarme totalmente, es decir, sin reservas, a Dios, a su voluntad y a sus planes?
  •  ¿Estoy dispuesto a entregarme también plenamente a los hermanos, que más que mi dinero o mis bienes, me necesitan a mí como persona: mi cercanía, mi amor, mi comprensión?


Meditemos un momento sobre todo esto.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Comentarios al autor Padre Nicolás Schwizer

 







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