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El perdón tras las rejas
Cristo perdona siempre y con mucho gusto. Ahí encontrarás siempre al mismo Dios con el perdón en la mano y en el corazón, un perdón siempre del tamaño del pecado.


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net



- I -

"No nos hable de eso, porque ya no se usa", "no nos gusta", "mire que cambio de canal"...

Bien, aunque cambies de canal, creo que puede hacerte bien oír algo sobre este asunto, y usarlo al menos una vez en la vida. Yo le llamo el "sacramento del susto" y todavía más, "el sacramento del sustísimo".

El hecho es que la gente cada día se confiesa menos; y sucede lo que en las ciudades, cuando no se recoge la basura. ¿Hay razones?, ¡claro que hay razones para haber abandonado esto!

En primer lugar, ¿a quién le gusta reconocer que es un egoísta, orgulloso, sensual, tibio, mediocre? Porque una cosa es serlo, y otra saber aceptarlo ante sí mismo. Pero, ¿a quién le gusta reconocerlo ante otro, quienquiera que sea, no digamos ante el ministro del perdón?

En segundo lugar, la confesión nos pone en un predicamento: nos tenemos que arrepentir y no caer de nuevo. Pero, muchas veces, ni estamos arrepentidos de lo que hicimos, ni estamos suficientemente decididos a no reincidir.

Tercero: el "después me confieso", también nos atañe. Ese "después" es una fuga de la pena que siento ahora por la humillación que representa decir mis faltas con sinceridad doliente. Creemos que luego nos costará menos, pero siempre constatamos que nos cuesta más. La receta para estos titubeos y después es: ¡Ahora mismo!

¿Qué nos sucede cuando tú y yo dejamos la confesión para más adelante?

No nos sentimos a gusto ni en paz, hay una espina clavada que molesta, que duele, que fastidia; luego nos falta la gasolina y el aceite, y comienzan a fallar los frenos, y cualquier día en una curva en carretera abierta, un trastazo; se desbieló la máquina.

Es mejor arreglar la pieza que el motor entero. Si ayer no tenía ganas de hacerlo, hoy tengo menos, y mañana tendré menos aún.

Se va acumulando el polvo primero, luego el barro, y, al final, los escombros. Para el polvo se requiere un plumero, para el barro una pala y para el escombro un bulldozer.

Perdemos cantidades nada despreciables de gracias, gracias que son tan necesarias para nuestra salud espiritual, como lo son el aire, el sol, el sueño y las vitaminas para el cuerpo.

No nos lamentemos luego, si los virus del orgullo, del egoísmo, de la mediocridad hacen presa fácil de nosotros. La confesión frecuente es un remedio nada común y un preventivo de muchas caídas y fallas. Pecamos diariamente, debemos convertirnos diariamente.

El que dice que no comete pecado, ¡miente!, se nos dice en la Biblia. Y es que el hombre viejo no ha muerto ni morirá del todo en este mundo. Sus asaltos los sufrimos todos los días; está enquistado en nuestro tejido espiritual, está vivo, puede ganarnos muchas batallas parciales. Hacemos lo que no queremos muchas veces, caemos una y otra vez; de ahí que tenemos que arrepentirnos a todas horas, debemos convertirnos permanentemente, salir de los caminos torcidos, y volver a la recta vía, no sólo en la cuaresma, que es el tiempo oficial de conversión y penitencia, sino en todo tiempo. Por eso estoy de acuerdo con aquél que dijo: "Si la confesión no existiera, habría que inventarla".


El que menos se confiesa durante la vida es el que más fácilmente morirá impenitente. El que nunca se decide a confesarse, cada día tendrá más pecados, más vergüenza y menos ganas de confesarse.


- II -


Una de las mayores necesidades del hombre es la de sentirse perdonado. Pues bien, hay por ahí arrumbado en las sacristías un sacramento que se llama el sacramento del perdón. Y se da gratis, no cuesta nada, pero la gente ya casi no lo pide.

Yo quisiera decir que la confesión es un encuentro con Dios. Un encuentro auténtico con Él no deja igual, ¡transforma! Así como los encuentros de la Samaritana, de Zaqueo, de Pablo, etc. En esos encuentros hay un algo que hace saltar la chispa de sentir a Dios como la medicina adecuada, la solución, el sentido de la vida, lo que andaba buscando, lo que más necesitaba. La medicina toca en la llaga abierta, pero no para abrirla más, sino para curarla.

El pecador ante Dios no se siente descubierto, sino perdonado. Ante Cristo Crucificado el pecador no debe sentir vergüenza sino amor. La confesión es un encuentro peculiar: la miseria choca con la misericordia, el pecador y el redentor se abrazan, el hijo pródigo y el padre se vuelven a encontrar. Pero, ¡qué manía de confesarse con el hombre y no con Dios! Porque las sogas que me atan son de esta estopa: "¿Qué va a pensar el padre, el hombre?" El Padre no piensa nada, no debe de pensar nada. "¿Cómo le digo esto sin descomponerme? No me atrevo, mañana me confieso, para lo mismo responder mañana."

Y ¡qué manía de confesarse consigo mismo! : "He fallado; he caído muy bajo, muy hondo. ¡Qué vergüenza!, ¿Para qué me confieso otra vez, si voy a volver a fallar?" Te confiesas tú mismo ante tu orgullo herido, que supura rabia, desesperanza, porque no aceptas ser un pecador más, de los que tienen que llorar y arrepentirse como todos.

Confesarse con Dios es mejor que confesarse con el hombre o consigo mismo. Duele, ¡sí!, pero ese dolor es de otra clase: duele haber herido un amor, haber ofendido a una Padre, haber roto una amistad. Dolor redentor y humilde que cura, que trae la paz de Dios. ¡Confiésate con Él!, dile tus pecados. Llórale a Dios tu arrepentimiento. Prométele que vas a cambiar, que vas a levantarte de nuevo.

Lo que quiero decir es que, cuando vayas a confesarte con el sacerdote, no pienses en el hombre que te confiesa sino en Cristo que te perdona por medio de él.


Cuando te confieses, sube la cuesta del Calvario y plántate delante de ese gran Cristo Crucificado, sangrante, que está muriendo por ti. Ahí, ante ese Cristo confiésate, cuéntale, llórale tus pecados, y a Él pídele perdón.

El encuentro con el hombre provoca vergüenza, el encuentro con uno mismo provoca orgullo herido y desesperación, el encuentro con Cristo Crucificado produce la paz del perdón.

Hoy haz una cita con el Redentor. Soy el hijo pródigo, me siento pecador; no necesito inventar pecados, ahí están, son muchos, llevan mi nombre, pero el perdón de Dios es infinitamente mayor.

Cristo perdona siempre y con mucho gusto. Ahí encontrarás siempre al mismo Dios con el perdón en la mano y en el corazón, un perdón siempre del tamaño del pecado.

A Cristo le gusta, le fascina perdonar. Con terminología humana podríamos decir que se siente realizado perdonando, perdonándote a ti y a mí. Se trata de un encuentro con Dios muy especial.

El médico que va con el enfermo sabe muy bien qué medicina recetarle, tiene medicina para todos los males; las hay dulces, las hay pequeñas, las hay grandes, hay medicinas para todos los males.

La verdad es que, cuando uno se confiesa bien, se siente curado. Es el encuentro del hombre cansado y triste con Dios Omnipotente que restaura sus fuerzas. Hay en la penitencia vitaminas para la tristeza y el cansancio, males de quien diariamente debe recorrer un largo camino.

La verdad es que la confesión restaura esas fuerzas y nos brinda paz. Es el encuentro del amigo que ha fallado a la amistad con el Amigo, con Cristo, con Dios, con ese Padre misericordioso que siempre trae en las manos algo para ti.

La confesión frecuente reafirma mi amistad con Dios, con el Cristo de mis días felices y mis grandes momentos. Por eso, si al confesarme me asiste un poco de fe como un grano de mostaza, debería ser un encuentro regocijante y un gran acontecimiento cada vez.


La forma mejor de confesarse es hacerlo a la puerta del infierno, para llenarnos de susto o frente a un crucifijo, para llenarnos de amor.










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