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La soberbia: una lucha constante
Esforcémonos con la gracia de Dios, para luchar contra nuestra soberbia, y humildemente vivir la verdad


Por: Pablo Augusto Perazzo | Fuente: CEC



10 noviembre, 2015

Con humildad debemos reconocernos pequeños y limitados, indignos y pecadores. Queriendo hacer el bien, queriendo una felicidad infinita, anhelando la inmortalidad, constatamos nuestra condición de miseria. Es realmente una paradoja. Lo explica muy bien el Apóstol San Pablo en su carta a los Romanos: «…no acabo de comprender mi conducta, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Rom 7, 15).

Frente a esta realidad nos toca aceptar la condición real de indignos pecadores. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no habita en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Dios, que es justo y fiel, perdonará nuestros pecados y nos purificará e toda maldad» (1Jn 1, 8-9). Sólo entonces nos hacemos capaces de superar el pecado. «Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad. Gustosamente, pues, seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Co 12, 9-10).

Por lo tanto, no podemos ser autosuficientes. Tampoco creer que podemos resolver todos los problemas. Nosotros, si estamos solos, no somos capaces de superar nuestras limitaciones físicas, y menos aún nuestra debilidad moral. «¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que me lleva a la muerte? ¡Tendré que agradecérselo a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor!» (Rom 7, 24-25). Si nos creemos capaces de resolver todo con nuestras propias fuerzas, entonces la ayuda de los demás y la ayuda de Dios no “tienen lugar”. No tienen razón de ser en nuestras vidas.

La autosuficiencia se manifiesta en cada uno de distintas formas, pero hay un denominador común: creer que se tiene todo manejado y controlado; que se está por encima de los demás. Es una aproximación totalmente inmadura, de alguien que no quiere reconocer sus limitaciones. Hay una idea de creerse “inmaculado” o “perfecto”. Nada más lejano a la realidad. Ya lo decía Shakespeare en Hamlet: “There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy.”



Creerse perfecto, o mejor que los demás, –lo que es señal inequívoca de soberbia– es mirar solamente lo “demasiado bueno” que soy. Esa soberbia no permite que aceptemos y reconozcamos los problemas, defectos o pecados que podemos tener. Todos sabemos que es imposible ser perfectos, pero el soberbio cree que lo es, o por lo menos, está muy cerca de serlo.

La respuesta frente a la soberbia es el camino de la humildad. Empieza por la aceptación de quiénes realmente somos. Tener un problema no nos hace más ni menos. Nuestro valor no está en tener cualidades extraordinarias, o en tener menos problemas que los demás. La humildad nos lleva a reconocer dónde está nuestro valor. «Dijo Dios: “Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza, y dominen (…)» (Gen 1, 26). «En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. (…) recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre! El Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (…)» (Rom 8, 14-17).

Hay una ironía en todo esto. El soberbio tiene la necesidad de demostrar, no sólo a los demás, sino incluso a sí mismo, que es alguien superior, a quien se le tiene que rendir culto, pues se cree digno de alabanzas y aplausos. En realidad, no necesitamos hacerlo. En realidad, cada uno tiene mucho valor y es muy importante – como se puede apreciar en el pasaje arriba ya mencionado. Pero la única manera cómo podemos descubrir eso es con Dios. Necesitamos de Dios. Mientras más autosuficientes y soberbios seamos, más nos alejamos de Dios. Y cuanto más lejos de Dios estamos, más perdemos de vista lo realmente importantes y valiosos que somos. Debemos reconocer nuestro origen divino. Que somos fruto del amor de Dios. No sólo somos creaturas e hijos de Dios en Cristo, sino que sabemos que Cristo murió en la Cruz por nosotros. Esa es la más grande demostración del valor que tenemos. Valemos el precio de la sangre de Dios. No nos debemos a nosotros mismos. Toda nuestra vida está en las manos de Dios. Él es quien nos sostiene en esta vida. Vivimos gracias a Él. Esto nos debería llevar a pensar que lo bueno que tenemos proviene del amor y bondad divina.

Por lo tanto, esforcémonos con la gracia de Dios, para luchar contra nuestra soberbia, y humildemente vivir la verdad. Ese es el único camino que nos permite descubrir el verdadero valor e importancia que tenemos para Dios y para los demás.

 







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