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Despierta tras 15 años en coma.
Tras sufrir un accidente de tráfico, a los seis meses los médicos aconsejaron a los padres de Miguel Parrondo que valorarán la posibilidad de “apagar” a su hijo, pero ellos se nega

Caso extraordinario Mathew Taylor, un ciudadano británico al que la voz de su novia despertó tras pasar casi un año en coma.


Por: http://es.aleteia.org | Fuente: http://es.aleteia.org



Entre los riesgos que contempla la legalización de la llamada “muerte digna”, cabe destacar el que corren aquellas personas que, habiendo entrado en coma durante un largo periodo de tiempo, pueden ser desconectadas de los aparatos que las mantienen con vida, en muchos casos por decisión de los propios familiares aconsejados por los médicos.

Un ejemplo de ello es el de Mathew Taylor, un ciudadano británico al que la voz de su novia despertó tras pasar casi un año en coma.

Ahora, se ha dado a conocer un caso aún más espectacular: Miguel Parrondo, que quedó en coma tras sufrir un accidente de tráfico en 1987, despertó en 2002 gracias a la constancia, amor y fe de sus familiares.

Su padre, dermatólogo en el mismo centro en que fue ingresado, se negó en redondo a que le “apagaran” a los seis meses de tener el accidente.

De hecho, cuando Miguel llegó al hospital Juan Canalejo de A Coruña ningún médico albergaba esperanzas de que pudiese salir adelante. Ni siquiera su propio padre, que cuando llegó y vio el estado en el que se encontraba su hijo pidió al sacerdote del hospital que le diese la unión de los enfermos.



Los hechos ocurrieron en, 1987, cuando Miguel, a sus 32 años, regresaba de una noche de fiesta en compañía de dos chicas. Todo se truncó al salirse de una curva y estrellarse contra un muro con su Renault 5 GT Turbo. De repente, su vida se fundió en negro durante 15 años en la UVI.

“La vida sólo la puede quitar Dios”

Durante esos quince años en la UVI, su madre, su padre y su hija Almudena, con una dedicación exclusiva, no se separaron de su lado. El principal motor de esa maratoniana lucha fue su fe. Estuvieron más de una década de su vida mirando por un cristal a Miguel.

Meses y años de lágrimas, de agotamiento y de momentos duros, como cuando los médicos les sugirieron que valoraran la opción de ‘apagar’ a Miguel.

“Me querían desenchufar y mi padre reunió a los compañeros del hospital y les dijo: la vida sólo la puede quitar Dios. Si no es por eso, no estaba aquí porque no daban por mí ni un pavo. Mi padre tuvo fe”. Así se expresa Miguel cuando lo recuerda.



Despertó una mañana de 2002. Sin saber cómo, abrió los ojos y lo primero que vio tras el cristal de la UVI fue a su madre y a su hija. “Yo no me enteraba de nada. Abrí los ojos y estaban mi hija y mi madre. Miré a mi hija y le pregunté ¿eres Almudena? Porque sí me acordaba que tenía una hija que se llamaba así. Y me dijo: sí. Y yo la respondí: soy tu padre. Mi madre lloraba como un bebé y mi padre no se lo creía”.

De hecho no hay explicación médica alguna para su caso. Miguel había vuelto de un sueño de quince años y empezaba una nueva vida. Entró en coma con 32 años y despertó con 47.

“Fue como si me durmiera y me despertara al día siguiente. Cuando vi a mi hija flipé. La recuperé con carrera y todo y ya me hizo abuelo. Tiene ahora 38 años”.

La vuelta a la vida

Tras el despertar, su propia familia le contó todos los detalles de cómo pasaron esos 12 años: “Calcula cómo estaría para que un padre, médico, le diga al cura que me dé la unión de los enfermos”, dice.

“Después, cuando desperté no se lo creía y me llevó a la Universidad de Santiago para que me vieran. Nos dijeron que era un caso entre un millón. O sea, soy un bicho raro. Y mi madre, la pobriña que ya murió, se pasaba todos los días en la UVI viéndome a través del cristal y comía allí, dormía allí, no se separaba de mi”, agradece.

Retornar a la vida no fue fácil, “un shock”, reconoce. Con secuelas físicas, decenas de operaciones y un mundo totalmente nuevo, que se había movido a una velocidad difícil de asimilar para Miguel.

“Parezco un mapa de carreteras. Me quitaron el bazo, llevo una prótesis en el hombro, lesiones cranoencefálicas severas que me provocaron una hemiparepsia (dolencia que disminuye la fuerza motora y paraliza parcialmente una parte del cuerpo) por culpa de las cicatrices del cerebro. Estuve más muerto que vivo”.

La memoria de Miguel alcanza hasta la trágica noche de 1987. Del accidente “me acuerdo donde fue, en una curva y fue por exceso de velocidad porque me enseñó mi padre el parte de accidente y pone que iba a 200 con un R5 GT Turbo. De eso me acuerdo de todo”. Esa noche viajaba con dos chicas. Una de ellas falleció.

“Desgraciadamente murió una chica que iba conmigo. Y le cuento lo que me pasó hace poco: Iba por la calle y una señora se quedó mirándome fijamente de arriba a abajo. Yo pensé, soy guapo pero no tanto. Entonces me dijo: ¿eres Miguel’ Y yo, sí soy Miguel. Y se me abraza y se pone a llorar. Yo no sabía qué pasaba y resulta que era la otra chica que iba en el coche”.

No había vuelto a saber nada de ellas, “eran dos chicas que había conocido en una noche loca”, confiesa.

La primera vez que salió a la calle cuando dejó el hospital le pareció estar soñando. Quería volver a dormirse, dice; y empieza a contar las miles de anécdotas que han escuchado sus amigos y tertulianos en los cafés del barrio de Riazor, donde pasa las horas “aburrido” por su invalidez permanente que le impide trabajar.

“Lo primero que dije es: ¡que es esto del euro! Yo no sabía nada del euro, me había quedado en la pesetiñas. Cuando me subí por primera vez a un coche me puse a buscar el starter para arrancar, antes siempre tirábamos del aire”.

“El mundo cambió mucho –explica-. Cuando empecé a salir a la calle pensaba: la gente está loca, habla sola y resulta que es que hablaban por los móviles. O veía un coche de policía con una mujer al volante y alucinaba y pensaba que estamos en carnavales”.

“Yo es que cuando salí a la calle flipé –continúa-. En el coche yo tenía cassette y ahora con CD y pendrive. En la casa donde viven mis padres eran 16 vecinos y sólo quedaban dos, murieron todos. La mitad de La Coruña no la conozco, donde ahora está el barrio de Los Rosales era todo monte y ahí iba a entrenar yo motocross. La autovía ni existía, sólo estaba la nacional”.

Y cuenta otra anécdota: Cuando fui al banco y entré en la sala pregunté: ¿Dónde está el ordenador?, que en mi tiempos era un monstruo y ahora resulta que son cosas pequeñitas. El primer día que me puse a leer el periódico me dije: tengo que ir al colegio a aprender geografía. Chequia, Montenegro, Eslovenia. ¡Pero qué países son esos! Yo me quedé con la URSS y Yugoslavia. Alemania ya era una sola”.

“Tuve el accidente con Felipe Gónzalez y me desperté con ‘zapatitos’. Fueron unos años brutales en la tecnología en todo. Las televisiones de antes eran armarios y sólo había dos canales. En Coruña no están los cines que yo conocí. Así todo de golpe. Decía, qué pasó aquí, yo me vuelvo a dormir. Los primeros meses son muy duros”, añade.

“Nunca hay que perder la fe”

Antes del accidente Miguel trabajaba como informático, programador concretamente, en el Banco Pastor. Para los tiempos tenía un buen puesto y un muy buen salario. Eran los primeros ordenadores y los pioneros en la informática. Cobraba 300.000 pesetas al mes.

Gracias a su padre sus finanzas se mantuvieron y su cuenta corriente subió como la espuma: “Él me ahorraba todos los meses la pensión y cuando desperté tenía un montón de pasta. Me compré un piso y todo”.

La pasión por el mundo del motor no la ha perdido. Le impacta lo de Schumacher y está convencido de que “se va a recuperar bien, con fisioterapia y todo eso. Yo me recuperé bien”.

Ahora ya conduce “un coche normal, sin adaptar” y presume de todos los trofeos que ganó en el mundo del motocross. Le molesta haberse perdido los éxitos del Liceo porque es un “fanático del hockey”, igual que la época dorada del Súperdepor, la Liga, las Copas del Rey, o los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Miguel comenta que casos como el suyo hay muchos, con familias desesperadas que dudan, que han perdido la esperanza. Por eso su experiencia le hace renegar y estar en contra de la eutanasia.

“Nunca hay que perder la fe. Estuve con una señora hace poco que tenía al hijo desde hace cuatro años en coma y estaba rota –declara-. Y le conté mi historia y a la señora la llené de esperanza”.

Ahora vive tranquilo, disfrutando de la oportunidad que le ha brindado la vida, aunque “un poco desesperado por estar todo el día sin hacer nada. Yo soy hiperactivo y los días me parecen semanas”. Pero no se queja. No tiene ni un solo motivo: “Como yo digo: Ahora tengo doce añitos porque nací dos veces”.

 





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