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Sarai Llamas
Sara Llamas narra su testimonio sobre una de las situación más complicadas en su vida.


Por: Les comparto mi historia | Fuente: https://islasdemisericordia.wordpress.com



Hace algo más de dos años, en el primer trimestre de mi segundo embarazo, recibí una noticia escalofriante: uno de los mellizos de los cuales estaba embarazada podría nacer con malformaciones y con “graves” defectos a nivel cognitivo. Las probabilidades, nos dijeron, eran bastante altas. Consultamos con otros profesionales y todos coincidían en el fatídico diagnóstico, incluso algunos nos llegaron a hablar de la posibilidad de un aborto selectivo o de incluso un aborto total. Tal noticia supuso para nuestra familia un auténtico shock, que pronto fue acompañado de una profunda sensación de incertidumbre, preocupación, rabia y tristeza… Hoy en día puedo decir que ésta ha sido una de las pruebas más duras que hemos afrontado como familia.

La intensidad de las emociones vividas en esos momentos hacían prácticamente imposible el seguir con nuestra rutina y con nuestra vida habitual. Recuerdo aún como incluso llegamos a cancelar la fiesta del tercer cumpleaños de nuestro hijo mayor y celebrarlo únicamente en familia porque, obviamente, no nos sentíamos con fuerzas para sonreír como si nada nos estuviese sucediendo.

No obstante, con el pasar de los días, la tristeza, la negación, la culpabilidad, la rabia… eran sentimientos menos presentes, y la rutina (que en este caso era bienvenida) nos hacía ver las cosas de otra manera.

Era hora de volver a tomar la vida, nuestra vida, por las riendas y, sí, era hora también de disfrutar de la increíble sensación de estar embarazada, de tener dos vidas en el vientre. Habíamos dejado escapar buena parte del verano sumidos en la preocupación. Era hora de escapar de las arenas movedizas, de buscar una isla en la que poner nuevamente los pies en tierra firme. Y fueron las palabras de Papa Francesco en el Angelus del domingo 8 de septiembre del 2013 las que, como una caricia, nos dieron el consuelo, el alivio y la esperanza que en esos momentos tanto necesitábamos:

En el Evangelio de hoy Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por Él, cargar la propia cruz y seguirle. En efecto, mucha gente se acercaba a Jesús, quería estar entre sus seguidores; y esto sucedía especialmente tras algún signo prodigioso, que le acreditaba como el Mesías, el Rey de Israel. Pero Jesús no quiere engañar a nadie. Él sabe bien lo que le espera en Jerusalén, cuál es el camino que el Padre le pide que recorra: es el camino de la cruz, del sacrificio de sí mismo para el perdón de nuestros pecados. Seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa compartir su amor misericordioso, entrar en su gran obra de misericordia por cada hombre y por todos los hombres. La obra de Jesús es precisamente una obra de misericordia, de perdón, de amor. ¡Es tan misericordioso Jesús! Y este perdón universal, esta misericordia, pasa a través de la cruz.



Fue así como me dí cuenta de que había llegado la hora de cargar y abrazar mi cruz, de no tener miedo, de confiar plenamente en Él. Fue así como encontré mi “Isla de Misericordia” en un mar de auténtica desesperación. Y fue un sueño el que me convenció que todo iba a ir bien si no perdía la esperanza, si me entregaba completamente a Él y a Su infinita Misericordia: el sueño de un abrazo con el que varios días antes me había “abrazado con sus palabras”, con unas palabras que tanto necesitaba en esos momentos, el sueño con el abrazo de Papa Francesco y su bendición a los niños que llevaba en mi vientre. Fue el sueño de una noche, unos segundos… pero para mí fue mucho, mucho más: fue la respuesta a una infinidad de preguntas, fue el bálsamo que necesitaban mis heridas, fue mi ancla de la esperanza…

El día posterior a ese gran Sueño me sometían a una amniocentesis doble y teníamos que esperar alrededor de veinte días para saber los resultados. Recuerdo que fueron veinte días en los que la oración, la entrega y la confianza en la gran Misericordia del Padre fueron los auténticos protagonistas.

Y un mes después sucedió algo extraordinario. Un mes después pudimos comprobar como la Misericordia Divina va mucho más allá, no se puede encerrar en nuestros esquemas ni en nuestros límites, no se puede ni siquiera comprender y, mucho menos, expresar con palabras. Un mes después, llamamos al hospital donde me habían practicado la amniocentesis para saber los resultados y la doctora al otro lado del teléfono nos dijo algo sorprendente para nosotros: ambos bebés estaban bien, no tenían ningún defecto congénito ¡AMBOS! ¡LOS DOS ESTABAN BIEN! Y además pudimos saber que eran un niño y una niña. Fue tal la sorpresa y el desconcierto que en cuestión de media hora estábamos en el hospital para que nos diesen el resultado de los análisis en persona. Necesitábamos una prueba tángible a la que agarrarnos. Y el papel confirmó lo que la voz de la doctora nos había dicho antes. ¡AMBOS ESTABAN BIEN!

Y los dos hoy están bien. Nacieron hace casi dos años y los dos, hoy, ¡están bien!

¿Un milagro? Sí, para mí sí lo es. Pero para mí lo más milagroso es lo que la fe y la esperanza son capaces de conseguir cada día, porque no hay que esperar los milagros para tener fe, sino tener fe para esperar los milagros.



Quizás, algún día, pueda devolver a Papa Francesco ese abrazo que me brindó esa noche en un sueño. Rezo por ello.

Sarai Llamas.





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