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Capítulo 16: De los ejercicios básicos durante un retiro o experiencia inducida
Es posible y útil recoger de la experiencia propia y ajena algunos de los ejercicios que suelen hacer gran bien a nuestro espíritu.


Por: Fr. Nelson M. | Fuente: fraynelson.com



Es posible y útil recoger de la experiencia propia y ajena algunos de los ejercicios que suelen hacer gran bien a nuestro espíritu. Entre el los se cuentan:

1. Darnos tiempo suficiente de silencio . Esto va unido al descanso, incluso corporal. Implica suspender comunicaciones; tomar distancia, aliviar sustancialmente o cambiar por completo la agenda. Buscar un ritmo diferente, que deje espacio para que las voces. no sólo exteriores sino también interiores, se sosieguen.

2. Dejar a un lado las actitudes defensivas o acusatorias . Este es uno de los pasos más
difíciles. La manera como lo formulamos es propia del lenguaje reciente pero en
realidad viene de una larga y frondosa tradición. La formulación más común está en dos grandes preceptos: "conócete a ti mismo" y "examina tu conciencia." En ambos casos lo esencial es: deja de buscar culpas afuera y deja de esperar que los demás estén contentos contigo. En principio esto puede sonar a egoísmo: alguien que se encierra en su mundo o que quiere que todas las explicaciones salgan de su sola historia. El propósito en realidad es lo ya dicho: resulta estéril mantener la cabeza ocupada en la tarea de defenderse uno de reales o supuestas acusaciones; más estéril aún es embrollarse en juicios de culpa que incriminan a gente que ni siquiera está ahí presente. Hay que liberarse de todo eso y centrarse en lo que uno puede cambiar, que se reduce básicamente a la propia vida.

3. Escuchar a fondo la Palabra de Dios . Nuestros pensamientos no pueden reemplazar a los
pensamientos de Dios. Siempre me ha chocado ver la poca fe que solemos tener en el poder de la Palabra como tal. Pero yo no voy a decir aquí muchas palabras para defender a la Palabra. Sólo indico que la lectura o la escucha prolongada y amorosa de la Palabra trae luz, dirección, consuelo, reprensión, esperanza, gozo espiritual. Los antiguos monjes buscaban el camino de la santidad ante todo por el ejercicio de "rumiar" la Palabra según un método sencillo de escucha, memorización, repetición atenta, apertura a la iluminación de Dios. Este ejercicio, con algunas variantes, suele recibir el nombre de Lectio Divina.

4. Oración personal y comunitaria . Tal vez este es el ejercicio espiritual por excelencia.
Nada puede reemplazar a la oración. La oración nos pone en el ámbito del poder de Dios; por contraste, todo lo demás que hagamos nos deja siempre en el rango de lo que nosotros u otros seres humanos pueden. Los análisis de las causas de nuestros males, o las más brillantes terapias, o los consejos más sabios, o las resoluciones más fuertes...todo eso es válido e incluso necesario, pero la fuerza para permanecer deseando el bien que uno mismo descubre que es bueno y trabajando con humildad y perseverancia por él, esa fuerza no está en el corazón humano. Todo el Antiguo Testamento se puede resumir en eso: hemos aprendido que necesitamos de Dios. Tal es la precondición de una oración sincera, prolongada y enamorada. Sobre la oración hablaremos más en
extenso más adelante.



5. Mirada seria pero serena a la eternidad . Ha sido el camino de multitud de santos.
Recordar que nuestro destino trasciende el umbral de la muerte resta poder a las cosas que nos seducen demasiado o nos preocupan demasiado en esta tierra. ¡Cuántas conversiones suceden al borde de una tumba, cuando es ya evidente qué cosas perduran y cuáles se desvanecen sin remedio! Tales consideraciones, sin embargo, han de ir sazonadas con el don de la esperanza. La predicación de la disolución que trae la muerte o de los riesgos de la muerte eterna es importante,pero no conducirá a Cristo si no anuncia a Cristo como aquel que trae la Vida.

6. Alcanzar la referencia sacramental . Desde antiguo ha sido tentación el gnosticismo:
volver a la fe una idea. Para disimular el engaño se dirán cosas elogiosas sobre esa idea o se la intentará vestir con términos de tradición cristiana como "iluminación." Pero la fe no es una idea. El gran descubrimiento que uno hace al convertirse no es que hay algo que uno no sabía sino que Alguien con el que uno no había querido o podido o sabido encontrarse. Nuestra fe es fe en Alguien, y nuestra oración es diálogo. Ese Alguien, sin embargo, se vuelve de nuevo idea si no toca la concreción de nuestra carne y nuestra historia. Eso precisamente es lo que hacen los sacramentos. El agua con la que me bautizaron, la absolución cuando me confesé, el crisma que ungió mi frente no son ideas: son hechos vitales, marcados por mi propia historia. Hablan de lugares, acentos y personas: tienen el sabor, aroma y tacto de Alguien . Sin sacramentos la fe resbala a pura idea y se deshace en gnosticismo abstracto y anodino. Con los sacramentos la fe se levanta, interpela, embellece, transforma irreversiblemente la historia personal y comunitaria.

7.  Resoluciones firmes, realistas y compasivas . Este ejercicio viene a ser como la consecuencia natural de muchos o todos los anterior es. Nuestras resoluciones no son simples anhelos. Van más allá del terreno bello pero brumoso y estéril del "¡Qué bonito sería!" La concreción de los sacramentos, especialmente de la confesión, deja su sello cuando uno descubre que sí puede hacer cosas especí
ficas para mejorar la propia vida, no en la soledad orgullosa de quien quiere halagar su vanidad sabiéndose más y más perfecto, sino en la gratitud humilde de quien ahora se sabe acompañado por el que es Dueño y Señor de todo y de todos.

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