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Y tú... ¿quién eres?
Podemos realizar cosas grandes en nuestra vida, porque sabremos quiénes somos, cómo funcionamos, cuánto podemos dar


Por: Vicente D. Yanes | Fuente: .



Puede parecernos una pregunta descabellada y sin sentido. Curiosamente, la repuesta no se satisface con un simple: “Me llamo José Sánchez Botello, de profesión peluquero, y para los amigos “Pepe Navajas”; y añadir el tradicional “pa’ servirle a usté y a Dios”. La pregunta es mucho más profunda y tampoco vale la salida rápida y “filosófica”: “Yo soy yo (y mis circunstancias)”.

“Y tú, ¿quién eres?”, es una pregunta de suma importancia y trascendencia. Supone un atento examen sobre uno mismo, sobre las propias aptitudes y deficiencias.

Para cualquier evento que quiera realizarse seriamente en la vida (esto es, para las cosas que valen y que te interesan) es preciso cuestionarse sobre los medios que se tienen para conseguir el fin. Lo primero, lógicamente, será saber en qué situación te encuentras. Conocerte de la “A a la Z”: tus reacciones, tus gustos, tus temores, tus tendencias, tus aficiones, tu modo de pensar.

“Conócete a ti mismo” era para los antiguos griegos la máxima sabiduría, la piedra angular para la construcción del hombre íntegro. Verdaderamente, quien quiera que sea el autor de esta máxima, escrita en el templo de Delfos, se sacó un diez redondo.

Siguiendo con los mismos griegos, te presento brevemente el testimonio de uno de sus personajes favoritos en el “cine” de su tiempo que era el teatro. Se trata de Edipo.

Edipo, es rey de Tebas. Es el matador de la esfinge y también el hombre desgraciado que mata a su padre, comparte el lecho son su madre sin saberlo y hace caer sobre sí su propia maldición. El héroe trágico por excelencia.

Al inicio de la obra más célebre de Sófocles se nos presenta a Edipo como rey y a la vez padre preocupado por la peste que azota a su pueblo. Comparte su dolor pero no se conforma con derramar un llanto estéril. Busca los medios para encontrar la solución a los males de Tebas. Edipo es un hombre coherente que llega a las realizaciones efectivas y no se queda atrapado en las selvas de los “quisiera”, “me gustaría”, “me preocupa”. Su cuñado Creonte regresa del oráculo de Delfos con la solución: desterrar al asesino de Layo (el antiguo rey de Tebas y esposo de Yocasta). ¿Pero quién era ese hombre?

Después de interrogar al adivino Tiresias y a un mensajero de Corinto, Edipo descubre con la mayor de las angustias que él es el asesino de Layo, su padre, y que vive en incestuoso trato con su madre. Quiso saber su origen a toda costa y lo pagó caro, pero llegó a conocerse tal como era.

No es de extrañar que el final de Edipo fuera trágico. Desesperado, después de encontrar a su esposa y madre colgada, se priva voluntariamente de la vista clavándose en los ojos los broches de su vestido Y tal desenlace nos ofrece una interrogante. ¿Qué habría sido mejor para Edipo: una ignorancia feliz, o una sabiduría desgraciada? En nuestros días son pocos los hombres que arriesgan la comodidad de su vida para descubrir la verdad sobre sí mismos.

La historia de Edipo es un caso límite. Es una tragedia, por tanto, una ficción. Pero la lección es clara: es importante conocerse. Es más peligrosa una vida de sueños, que en definitiva no es más que un engaño, que al final nos conduce a una farsa de existencia.. Él, conociéndose, se desesperó. Pero andando el mismo camino hacia la verdad, ¿por qué no concluir con un bello final? Podemos realizar cosas grandes en nuestra vida, porque sabremos quiénes somos, cómo funcionamos, cuánto podemos dar. Conocerse a fondo, es el preludio de toda vida que desea vivirse en plenitud.

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