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Odiarse a si mismo
SI, todo hombre debe dar dos pasos: el primero, aceptarse a sí mismo; el segundo, exigirse a sí mismo


Por: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor



Cada vez me impresiona más el número de muchachos que me encuentro en la vida que se odian a si mismos. No digo que «estén descontentos de sí mismos» (cosa que me parece natural y magnífica), sino muchachos que no se soportan tal y como son, que se rechazan a sí mismos, y lo que es mucho peor, que se odian y se desprecian cruelmente.

Los muchachos, ya lo sé, son todos -fuimos todos también- un poco melodramáticos, y cuando se autodefinen como «basura», como «un idiota de mierda» o aseguran que «se dan asco», hay que rebajarles siempre un poquito. Pero hay que aceptar que su sufrimiento es verdadero. Y que pocos hay tan serios como este de que los que no se aceptan a sí mismos.

¿De dónde viene este autodesprecio? A veces llega de hechos objetivos, graves, aunque no invencibles, como podría ser el haberse encontrado atrapados por la droga o el descubrir en si tendencias -sexuales menos normales. Otras, el desprecio surge de anécdotas transitorias, pero para ellos tremendas: un fracaso amoroso o un trabajo que tarda en encontrarse. Pero con frecuencia viene también de dolores imaginarios: gente que no se acepta porque es gorda, o porque es fea, o porque hubiera querido añadir un palmo a su estatura, o porque se experimentan cobardes o perezosos.

Yo sé, naturalmente, que cada caso es cada caso y que es absurdo generalizar, pero por si a alguien le sirve me gustaría contar algunas cosas.

La primera es que nadie es un bicho raro, aunque «todos» en la adolescencia nos hayamos creído que lo éramos. A los diecisiete-veinte años nos nace la personalidad y brotan dentro dos aspiraciones contradictorias: una según la cual quisiéramos ser como los demás y otra que nos empuja a realizar nuestra individualidad. Sólo el paso del tiempo nos va descubriendo que hay que elegir lo esencial de lo segundo y lo accidental de lo primero, de modo que seamos lo que somos sin, por ello, convertirnos en bichos raros. Pero quedando claro que la fidelidad a si mismos es fundamental.

¿Y cuando «ese hombre» que nosotros somos nos resulta odioso? Recuerdo que tendría yo dieciocho años cuando leí una frase que fue fundamental en mi madurar. Era de Bernanos y decía así: «Hay que amarse a sí mismos lo mismo que a cualquier otro pobre miembro del Cuerpo místico de Cristo.» Dicho, si se quiere, con palabras menos teológicas: hay que aprender a mirarnos a nosotros mismos con la misma ternura con que nos miraríamos si fuéramos nuestro propio padre. Entonces descubriríamos que nadie es odioso, que desde cualquier naturaleza, desde cualquier modo de ser, se puede saltar a la felicidad, aupándose sobre si mismos.

SI, todo hombre debe dar dos pasos: el primero, aceptarse a sí mismo; el segundo, exigirse a sí mismo. Sin el primero caminamos hacia la amargura. Sin el segundo, hacia la mediocridad. Todos podemos ser felices y mejores, pero «desde» lo que somos, podando nuestros excesos, desde la fidelidad a lo interior: como el escultor -que quita los pedazos que le sobran a un bloque para convertirse en estatua-, mas no intentando pegarnos trozos postizos, robados aquí o allá. Aceptando lo que viene de fuera, pero sólo después de haberlo convertido -como el alimento- en nuestra sustancia.

Ahora voy a aclarar que cuando hablo de «ser fiel a si mismo» no lo confundo con «encerrarse en si mismo». Pasarse la vida ante el propio espejo ternúna siempre llevando al odio hacia nuestra alma. Lo que no se airea se pudre. Y sobre todo en la adolescencia es imprescindible tener alguien en quien confiar. No se puede ser joven sin amistad. Y es cierto que al entregarnos a otros nos llevarnos bastantes batacazos. Pero también descubrimos que en el mundo hay mucha más comprensión y mucho más amor del que nos imaginamos. Encontrarlo es a veces un milagro. Pero por fortuna los milagros existen.

Tengo aún que añadir una segunda aclaración: que cuando hablo de «ser lo que soy» no olvido que soy «para» los demás o para «algo». Ser para ser felices es poquita cosa. Ser para ser útiles es mucho más serio, con la superventaja de que siendo úti- les se nos dará, por añadidura, el ser felices. Por eso generalmente la mejor manera de aprender a arriarse a sí mismo puede ser dedicarse a amar a los demás. Por eso ya he hablado alguna vez en este «Cuaderno de apuntes» de la vida entendida corno un trampolín: hay que asentar bien los pies en lo que somos para poder saltar mucho mejor y mucho más lejos hacia lo que queremos ser y hacia la realidad que nos rodea.

Todo menos encerrarse en la madriguera del alma. Todo me- nos mecerse como un feto en nuestro propio vinagre. Todo menos pasarnos la vida lamiendo nuestras heridas. Recordando que el mandamiento que dice «amarás al prójimo como a ti mismo» lo que manda es empezar a amamos a nosotros mismos para luego tener más amor que repartir.

 

 

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