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¿Europa ha perdido la memoria?: la tentación de olvidar a Dios
El Papa Francisco :¿Qué te ha ocurrido Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de sus hermanos?


Por: Alfredo Garland Barrón | Fuente: CEC



18 agosto, 2016

Se hace difícil imaginar las pruebas y retos que enfrentan los europeos: un continente inseguro de su porvenir y de su unidad, sometido a peligros y perturbaciones anteriormente apenas vislumbradas.

Por eso, al aceptar recientemente el “Premio Europeo Carlomagno”, el Papa Francisco interrogó: «¿Qué te ha sucedido Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? (…) ¿Qué te ha ocurrido Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de sus hermanos?»1.

El Santo Padre reclamaba para los europeos la “capacidad de integrar” sinergias que se antepongan a la exclusión y a la división: un rostro que «no se distingue por oponerse a los demás, sino por llevar impresas las características de diversas culturas y la belleza de vencer todo encerramiento». A este proceso se suma la “capacidad de diálogo”, encaminado a “reconstruir el tejido social”, para edificar “una sociedad justa, memoriosa”. Y la “capacidad de generar” frutos que aseguren una vida adecuada, especialmente a los jóvenes; un reto inmenso, que implica «nuevos modelos económicos más inclusivos y equitativos, orientados, no para unos pocos, sino para el beneficio de la gente y de la sociedad»2.

Enormes retos para líderes y ciudadanos por igual, para quienes, como manifestaba un analista, “lo inimaginable se hizo realidad”: una sociedad suficiente, con logros culturales y tecnológicos portentosos, que se contemplaba a sí misma a salvo de las incertidumbres de otros continentes, pero que actualmente se ve frágil, «por enésima vez en interminable crisis»3.



La reflexión del Santo Padre bien podría proyectarse a aquellas naciones influenciadas por el transitar histórico de la civilización europea, allende sus fronteras continentales, con sus luces y sombras, sus contradicciones y sus logros. Es importante establecer que Europa requiere ser entendida desde una perspectiva histórico-cultural. En este contexto el cristianismo constituye un factor fundante. Desconocer el influjo histórico de la Cristiandad constituye uno de los grandes olvidos de los europeos, omisión que se extiende por Occidente. Fue precisamente la opción secularista la que promovió el distanciamiento de la tradición cristiana en el continente europeo.

El pensador norteamericano Robert Kaplan observaba que las elites europeas han acudido a la retórica idealista de una secularización extrema para negar la importancia de fuerzas como la tradición religiosa, minando precisamente una de las energías fundamentales que otorgaban a los estados europeos su cohesión interna4.

El Papa Francisco reprochaba aquel olvido, citando una intuición expuesta por el pensador judío Elie Wiesel, superviviente de los campos de exterminio nazis. Para Wiesel, fallecido recientemente, había ocurrido un proceso de desatención de la historia, por lo que se hacía imprescindible realizar una “transfusión de memoria”, de “hacer memoria” de los fundamentos históricos y culturales, donde las raíces cristianas europeas ocupan un lugar trascendental5.

La exclusión de los cimientos cristianos y la secularización de la cultura recorrieron un camino complejo. Podríamos afirmar que constituyó un proceso poliédrico, acaecido a través de los siglos, durante diversas conmociones espirituales, culturales, políticas e ideológicas. Uno de los impactos decisivos ocurre con el advenimiento de la Ilustración, en el siglo XVIII, cuando empiezan a oponerse, injustificadamente, fe y razón, como manera de reafirmar la secularidad.

La Ilustración constituye un movimiento cultural y social que acompasó diversos personajes e ideologías, relativamente unificadas por la creencia de que la razón bien orientada bastaba para descubrir y desentrañar los misterios de la humanidad. Se denominó a sus ideólogos “philosophes”, “ilustrados”, porque creían firmemente que podían determinar lo que era correcto y adecuado para el beneficio de la sociedad, que debía regirse exclusivamente por el conocimiento de la naturaleza, y, específicamente, por el empleo de la razón pura. «Todo fenómeno social o espiritual que no pueda ser explicado por la razón humana es, para la Ilustración, un mito o una superstición», sostiene Mariano Fazio6.



Los “ilustrados” percibieron que vivían un momento de emancipación para la razón, formando parte de una tendencia histórica que a finales del siglo XVIII recibió la denominación de “Siglo de las Luces”. Para algunos de sus proponentes la naturaleza debía reemplazar a Dios como fundamento de la ética y del gobierno político, de donde extraían leyes que creían científicas y positivas, para alcanzar el bienestar material del hombre, pero, a la vez, relativizando que la persona constituya una unidad biológica, psicológica y espiritual, necesidades y anhelos que necesitan respuesta.

Idealizaron el progreso, dinamismo con el cual sustentaron una especie de escatología laica. Su gran proyecto era construir una civilización entendida como un estadio avanzado de la sociedad, que abarcase nuevos conocimientos, valores culturales, desarrollos tecnológicos y una lozana concepción de la civilización, sustentada idealmente en la igualdad, la fraternidad y la libertad.

Paulatinamente esta afirmación de la autonomía total y absoluta de lo temporal respecto a lo trascendente dio lugar a que un segmento dirigente de la sociedad se orientase hacia la autosuficiencia y el materialismo. En su intento de exaltar la razón, estos referentes intelectuales e ideológicos intentaron establecer una especie de “absolutismo” centrado en lo que consideraban el juicio racional, apartando directamente otros valores sagrados para el ser humano. Llama la atención que aquellos personajes, tan apegados a una optimista auto-suficiencia intelectual, tan convencidos de su capacidad para construir una cultura dependiente de una confianza desmedida en el progreso impulsado por la ciencia y el dominio cultural y técnico, se hayan mostrado tan limitados para aportarle a la persona respuestas convincentes a las interrogantes fundamentales sobre el ser.

De manera un tanto artificial, los ilustrados atribuyeron los males del hombre, ya no a sus propias faltas o ignorancia, si no a la injusticia y a las corrupciones sociales. En esta dirección de pensamiento, abrieron la puerta a un escepticismo que debilitó los valores sustentadores de la convivencia colectiva.

En su deseo de acentuar el racionalismo, los “ilustrados” exhibieron un prejuicio metafísico que condujo a una aguda secularización, que entendieron como «autonomía total y absoluta de lo temporal respecto a la instancia trascendente»7. La respuesta del académico Pierre-Simon Laplace a Napoleón, cuando el Emperador le comentó sobre su obra, “La exposición de los sistemas del mundo”, ilustra aquella actitud: «Ha escrito usted este gran libro sobre el universo sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador». Respondió Laplace: «Nunca he necesitado esa hipótesis»8.

Según el historiador francés Paul Hazard, «en la Ilustración no existió una historia que no fuera discutida, ni una idea familiar que sea admitida, ni una autoridad que se dejara subsistir (…) Se demolieron todas las instituciones; se contradecía con gozo (…) Alabaron la sabiduría que reina en sus tierras, en sus tierras admirables que han perdido la noción del pecado. Dogmatizan contra los dogmas»9.

En este anhelo de independencia de la tradición cristiana, los Ilustrados denominaron al continente como “Europa”, para desentrañar al “Viejo Mundo” de su acervo cristiano. Pues hasta el siglo XVIII se empleaban indistintamente los nombres de “Europa” y la “Cristiandad”. Así lo habían hecho sabios humanistas del Renacimiento, como Eneas Silvio Piccolomini, el Papa Pío II, quien en 1458 publicó un “Tratado del Estado Europeo”, para describir una identidad particular, unificada por valores cristianos, diferenciados del Oriente por la cultura y la geografía.

La nueva civilización europea avizorada por los ideólogos de la Ilustración debía exaltar la razón como fuerza sublime del progreso, pero minimizando las consecuencias y ambigüedades del racionalismo, centrando el ejercicio del intelecto en la persona independiente. Bastaba la razón para guiar hacia la sabiduría, por lo que se procedió a relativizar la objetividad de quien razonaba. Se subestimaron las distorsiones del intelecto, que también podían actuar como creadoras de una realidad subjetiva, absoluta y egoísta.

Sin negar los valores de la Ilustración, como la avidez por interrogarse por las cosas que propone la ciencia, se intentó sustentar una sociedad que marginaba a Dios. Entre las contradicciones del “Siglo de las Luces”, precursor de la Modernidad, cuyo impacto se extendió a la civilización Occidental en los siglos XX y XXI, se constatan «amargas experiencias a gran escala, que han hecho que se empiece a cuestionar seriamente en Occidente, por primera vez, la fe ilustrada. Estas experiencias han sido las catástrofes totalitarias en nombre del hombre nuevo; la barbarie bélica que se ha servido de una ciencia extraordinariamente eficiente; y la amenaza de la alteración difícilmente reversible del equilibrio ecológico»10.

En este proceso contestatario, los “ilustrados” relegaron, en mayor o menor medida, sus raíces y su tradición cultural cristiana. Esta rebeldía los colocaba en una situación de incoherencia, porque se hace imposible negar las bases aportadas por la Cristiandad a la Modernidad. Thomas E. Woods ha destacado los elementos que permitieron la “Revolución Científica” en Occidente: «La valoración de la razón humana y sus capacidades, el compromiso con el riguroso debate racional, la promoción de la investigación intelectual y el intercambio académico. Todas estas iniciativas fueron promovidas por la Iglesia católica»11.

Aunque la Ilustración lo soslaye, fue en la escuela de la cultura cristiana donde los europeos aprendieron sobre la dignidad de lo secular. De acuerdo con la tradición católica, el esfuerzo civilizador debía centrarse en la humanización del mundo.

Indudablemente la Ilustración impulsó desarrollos notables en el plano científico y técnico; en el ansia por conocer y experimentar, allende las fronteras de las culturas y las naciones; y en el derecho, donde se propuso un sistema constitucional de controles y balances para refrenar el poder absoluto de los gobernantes. Pero este progreso trajo consigo una ilusión de emancipación que fue disipando los fundamentos del ser, para suplantarlos por una tendencia hacia la auto-suficiencia. «El hombre, que comenzaba a “vencer” la naturaleza, se sentía hechizado, quizá de una nueva manera, por ella»12.

Entre otras notables debilidades del “Siglo de las Luces” hallamos una inadecuada comprensión de la pluralidad, en oposición a la firmeza por conocer y perpetuar la verdad. Los “philosophes” creyeron que el entendimiento y la adhesión a la verdad constituían formas de intolerancia; de allí su oposición a las enseñanzas teológicas, particularmente hacia la doctrina católica, que juzgaban como una disciplina carente de rigor científico. Se mostraban reacios a aceptar que la exclusión de la verdad ya significaba, en sí misma, una forma de intolerancia, que reducía elementos esenciales de la existencia humana al subjetivismo.

Otra consecuencia de lo que se entendió como reafirmación de la razón fue la tendencia a realinear todo conocimiento con el método empírico, la única senda que correspondía al saber experimental y científico. Para esta dinámica el tema de Dios estaba excluido porque representaba una materia a-científica o pre-científica, visión que confinaba a la opinión personal la reflexión metafísica sobre los interrogantes esenciales de la existencia humana: ¿Qué ocurre con las preguntas sobre el ser, su identidad, procedencia y destino? Son cuestiones que corresponde responder a la metafísica, a la religión y a la ética, pero que, en el contexto empirista de la Ilustración, no podían hallar un espacio en la investigación científica, por lo que fueron desplazadas al ámbito subjetivo.

En su siempre actual “Lección de Ratisbona”, el Papa Benedicto XVI llamó precisamente la atención sobre estas cuestiones fundamentales13. La conciencia subjetiva se convierte en la única instancia ética, indicándole al individuo lo que es sostenible y verdadero, particularmente en el ámbito religioso. En este proceso la ética y la religión pierden su capacidad de crear una comunidad, posibilitando los subjetivismos acríticos y las patologías que amenazan la religión y a la razón (pensemos en los recientes acontecimientos de violencia terrorista). En una mente “patologizada”, la racionalidad pierde vigencia, y las cuestiones de la religión y de la ética ya no interesan, comprobándose la insuficiencia de los proyectos que intentaron construir una ética y una moral desde las reglas de la evolución, la psicología, o la sociología.

Una cultura edificada desde esta simiente secularista podría considerar foráneas e incomprensibles las propuestas del Papa Francisco, para que la Iglesia despliegue su misión de anunciar el Evangelio, saliendo «al encuentro de las heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su misericordia que consuela y anima». La actualización de la memoria histórica constituye una gran oportunidad, dando «acceso a aquellos logros que ayudaron a nuestros pueblos a superar positivamente las encrucijadas históricas que fueron encontrando»14. Pero la tendencia a vaciar, a ausentar a Dios del mundo, constituye una tensión siempre presente.

© 2016 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC







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