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11o. Plática: La Eucaristía
¿Como hubiese amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo?


Por: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net



Viendo Jesús que le quedaban pocas horas,  menos de un día, se apresuró a hacer su testamento, que  comienza con aquellas palabras de Juan: ¿Como hubiese amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo?. En menos de un día iba a darnos la Eucaristía y el Sacerdocio, su Madre, su vida y su preciosa sangre.
 

Cristo quiso amarnos como Él sólo puede hacerlo, a lo divino, con toda su potencia, con toda su grandeza, olvidando que íbamos a ser ingratos, infieles, cobardes y aún traidores.
Nos dio todo. Es importante reflexionar en esto a la hora de decir: ¿qué le voy a dar yo a Jesucristo? Se trata de dar a Dios, a un Dios que a mí antes me ha dado todo.

La Eucaristía es una triple donación de Dios a nosotros :
1.    Se nos da como Víctima.
2.    Se nos da como Pan de Vida.  
3.    Se nos da como Compañero de camino.

Vamos a reflexionar un poco juntos sobre estas maravillosas verdades:
Primero: Se nos da como Víctima. Como  víctima perenne de nuestra redención.  Recordemos la escena verdaderamente dramática del sacrificio de Isaac: Su padre Abraham, el hombre de fe y el hombre obediente, había recibido el encargo de Dios de sacrificar a su hijo, su único hijo que había nacido de manera milagrosa,  y que era el único heredero, heredero de una descendencia más grande que las estrellas del cielo y que las arenas del mar. Dios parecía contradecirse. Sin embargo este buen hombre, hombre de fe, tomó un burrito, dos siervos, la leña, el fuego, el cuchillo y se fue con su hijo rumbo al monte Moria.

Mientras caminaban, el muchacho, que no era tonto, preguntó: -¿padre, tenemos todo, pero nos falta una cosa   -y esa cosa era la más importante -  ¡nos falta la víctima! Abraham, comiéndose las lágrimas, dijo: -Dios proveerá la víctima, hijo mío. Y siguieron adelante. Cuando ya estaban en la falda del monte, dejó al burrito, a los criados y subió solo a la montaña llevando el fuego, el cuchillo y la leña a espaldas de Isaac.

Al llegar a la cima, apiló una piedras en forma de altar y ahora sí se dirigió a Isaac; le ató las manos y los pies como a un corderito, lo puso sobre el altar y tomó el cuchillo para degollarlo. Él ya veía el cuchillo clavado en el cuello de su hijo, veía brotar la sangre... En ese mismo instante le llaman: -¿Abraham, Abraham?-, y él responde:  - Aquí estoy-. Dios le dijo: -¿Has sido realmente muy obediente, no le hagas daño al niño?-. Y encontró un carnero enredado en las zarzas y fue la víctima del sacrificio.

Pues bien, el cuchillo que Dios no quiso que Abraham clavara en el cuello de Isaac Dios permitió que lo clavaran en las manos, en los pies y en el corazón de su propio hijo. Y eso por amor a nosotros y por nada más. Ahí podemos adivinar hasta dónde llega el amor de Dios a nosotros.

Ir a la misa es ir cada día al Calvario  para ver cómo un Dios muere por los hombres: por ti y por mí. Por eso, el ir a misa o el no ir a misa tiene este significado: yo sé que Dios ha muerto por mí, o yo no sé que Dios ha muerto por mí.  

Todos los días tenemos que ser redimidos. Tenemos que ser redimidos de nuestra soberbia, egoísmo, sensualidad  y mil cosas más.  Ir a la misa significa ir a pedir esa redención a Cristo.
Si yo en el Calvario o en la última cena no hubiera sido un indiferente, no debo serlo en la Eucaristía, en la misa, ya que se trata de lo mismo.

Se nos da como Víctima perenne. Es decir, Jesús se está ofreciendo al Padre todos los días en mi lugar como una víctima que asume lo que yo debería sufrir; todos los castigos, todas las penitencias que yo debería asumir,  Él las toma sobre sí. Dios cargó sobre Él nuestros dolores, nuestros sufrimientos, nuestros pecados, más aún, según la Biblia dice: Dios lo hizo pecado por amor a nosotros.

En segundo lugar: Se nos da como Pan de vida. Eso es la Eucaristía: Un Dios que se regala  como se regala un pedazo de pan. Cristo nos vio, y nos ve, y tal vez nos seguirá viendo con hambre, mucha hambre y sed. Hambre y sed de felicidad, de vida, de paz y de amor. Hambre, también, de cambiar, de ser fiel, de ser distinto.   Entonces pensó: ¿Necesitan un pan espiritual, un pan especial, y, si yo me hago ese pan, calmarán su hambre de todo?.  Y así, Cristo es la vida, y comemos la vida; Cristo es la verdad, la felicidad, la paz, y, al comerlo a Él, comemos la vida, le verdad, la felicidad y la paz.

Tenemos todo en ese pan de la Eucaristía, pero hay que tomarlo con fe. Yo preguntaría a tantos jóvenes y adultos hambrientos, angustiados,  desesperanzados, buscadores de la verdad, del amor y de la felicidad: ¿Dónde van a buscar eso que necesitan?  ¿Por qué no le dan a Cristo Eucaristía la oportunidad de que realmente sacie su hambre y su sed? Porque  Él nos dijo: ¿Venid a mí todos los que andáis fatigados y agobiados por la carga, y yo os aliviaré?.

¿Creemos, o no creemos en esas palabras de Dios? Porque, cuando nos sentimos enfermos, vamos al médico; cuando tenemos hambre, vamos a buscar pan; cuando tenemos sed, vamos a buscar agua. Y, cuando en el alma sentimos hambre y sed, ¿a dónde vamos? ¿a Jesucristo? ¿a ese Pan de la Vida?

¿Qué es el Sagrario para ti?, ¿qué sacas de allí?, ¿sacas paz, energía, valor, amor, celo apostólico? Uno podría decir, si ha comulgado el día de hoy, si de veras he recibido ese Pan de Vida ¡qué felicidad, qué fuerza y qué horno de amor!

En tercer lugar:  Jesucristo se nos da en la Eucaristía  como Compañero de camino.  Recordemos aquel pasaje de los dos discípulos de Emaús que se iban de Jerusalén a su pueblito,  tal vez con la convicción de que no había ya nada que hacer. Regresaban  a lo de antes, regresaban a su vida antigua. Y, de pronto, un caminante se les acerca, un caminante que no quería, no permitía que lo reconocieran; era Jesús. Comienza una conversación más o menos larga, un poco difícil al principio, porque hasta le dicen: ¿Eres tú el único forastero  que no sabe lo que ha pasado en Jerusalén? Y Él pregunta: ¿qué?, ¿qué ha pasado? Después... les explica con la Biblia en la mano todos los pasajes que se referían a Él; dando obviamente a esta explicación un calor, una vitalidad que tuvo efecto.  

Cuando ya llegaron a Emaús, Jesús hizo ademán de seguir adelante,  como queriendo decir: ¡si me necesitan, díganmelo! Entonces le dijeron: ¡Quédate con nosotros! Lo invitan a cenar.  Y  a lo que voy es a esto, que cuando están cenando, Él permite que lo reconozcan: se les abren los ojos, y en ese momento desaparece.  La frase en la que me quiero fijar ahora es ésta, la que dijeron ellos: ¿No ardía nuestro corazón mientas nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?   Eso es lo que pasa con los cristianos, con las personas que tienen fe en la Eucaristía, en los que saben reconocer que en el camino de su vida nunca van solos; Jesús va con ellos. ¡Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo!

La vida puede ser dura, puede tener muchas lágrimas, muchas amarguras, mucho sufrimiento, pero es muy distinto sufrir solos que sufrir con Jesús; es muy diferente caminar solos por la vida que caminar codo con codo con Jesús de Nazareth; su presencia transforma el mismo sufrimiento en una cosa distinta. Pero muchas veces nosotros nos empeñamos en caminar solos por la vida;  nos hacemos una vida amarga, dura, demasiado difícil, y Jesús nos podría decir:
¿No estoy yo aquí? ¿por qué no me llamas? ¿por qué no crees en Mí?
¡Venid a mí todos: los leprosos, los tullidos, los endemoniados!. Todos cabemos  ahí. ¿Pero, dónde estás, dónde das cita? Y Él nos dice: ¡En todos los Sagrarios del mundo!- En tu parroquia,  de día y de noche, sin horas de citas, con ganas enormes de darnos lo que nos ha regalado a precio de su sangre.

No cabe duda que  se le queman las manos y el corazón por ayudarnos. Ojalá que vayamos muchas veces, aunque sea con el alma destrozada, tristes, cansados, y sepamos  hallar allí la paz y el consuelo prometidos.  

El que queda más contento es Él, porque Cristo encuentra su felicidad  en curarnos, en salvarnos, en darnos la paz. ¡Hagamos feliz a Cristo! Podemos entristecerlo o alegrarlo, si vamos a Él con fe, o si huimos de Él como el joven rico. Zaqueo hizo feliz a Jesús en día de su conversión; María Magdalena hizo feliz a Jesús el día de su cambio de vida. El Hijo pródigo hizo feliz al Padre Celestial, al regresar; pero el joven rico lo puso muy triste. Cuando tú te vas, ten la certeza de que Jesús llora, y, cuando regresas, ten la certeza de que Jesús está muy contento.
Pensemos, por otra parte, en aquellos que no vienen a la Eucaristía. ¡Cuantos hombres infelices, desgraciados, desesperados, cuantos jóvenes, sobre todo, que están en la primavera de la vida, y están viviendo la crueldad y la dureza de un invierno! Estando el remedio tan cerca. La fuente a unos pasos, y morirse de sed. Además, siendo tan fácil, porque ¿qué hace falta para acercarnos a Cristo en la Eucaristía? Tener un alma dispuesta,  ser humildes, un precio bastante pequeño.

Es necesario llegar a ese Cristo, a ese compañero de camino y decirle desde el corazón: ¡Tengo un hambre y  una sed incontenibles. Vengo cansado de buscar por mil caminos... No he encontrado paz, ni amor verdadero; no he encontrado sentido a la vida... lejos de ti.   Y tú has dicho que eres el camino, la verdad y la vida ¡Por eso vengo a pedirte ese maravilloso Pan  de tu Eucaristía, quiero comer de ese pan para encontrar la paz, la vida verdadera, el amor y la felicidad auténticos! ¡Señor, danos siempre de ese pan y acompáñanos siempre en nuestro caminar!.  

Decíamos, entonces, que Jesús se nos da en la Eucaristía. El amor es entrega; por tanto, en la Eucaristía encontramos el amor perfecto de Dios que se nos da bajo esa triple realidad. Se nos da como una Víctima que sufre en nuestro lugar. Como un Pan de Vida que tiene todos los sabores y todas las virtualidades para saciar el hambre y la sed. Se nos da como ese compañero de camino, maravilloso compañero que transforma nuestra vida en algo digno de vivirse a pesar de los sufrimientos y a pesar de las dificultades.

Sigamos reflexionando sobre esto: Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo. Los suyos entonces eran los que le veían: Juan y Pedro y los demás compañeros. Hoy los suyos somos tú y yo, todos nosotros; por lo tanto: ¡Habiendo amado a los suyos, es decir, a los que hoy están en el mundo, los ama hasta el extremo!. Esto es la Eucaristía: el amor de Cristo hasta el extremo para ti, para mí, durante toda la vida. Porque la Eucaristía es poner a tu disposición toda la omnipotencia, bondad, amor y misericordia de Dios, todos los días y todas las horas de tu vida. En cada sagrario del mundo Cristo está para ti todos los días de tu vida. Según sus mismas palabras: ¡Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo!. Al decir con vosotros, es decir contigo, conmigo.
El sol no te alumbra o calienta menos a ti cuando alumbra o calienta a muchos. Si tú solo disfrutas del sol, o hay millones de gentes bajo sus rayos, el sol te calienta lo mismo... te calienta con toda su fuerza.

Así, Cristo se ha quedado solo para ti en la Eucaristía, como si tú solo lo visitaras, tú solo comulgaras, tú solo asistieras a la misa. Allí esta, pues, Cristo, medicina de tus males; pero pide como  el leproso: ¡Señor, si quieres, puedes curarme!. Pide como Bartimeo: Hijo de David, ten compasión de mí. Pide como el buen ladrón: Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino. Allí está a todas horas, solo para ti, el único bien verdadero, el único bien perdurable, el único amigo sincero, el único amigo fiel; el único que nos tiende la mano y nos ayuda y nos ama en la juventud, en la edad madura, en la la vejez, en la tumba y en la eternidad. Cada uno tiene sus problemas, fallos, miedos, soberbia... tráelos aquí; verás cómo se solucionan.  Cristo tiene soluciones.

¿Quieres,  necesitas consuelo, fortaleza, santidad, alguna gracia en especial? Sólo pídela con fe, y no tengas miedo de pedir milagros, porque todo es posible para el que cree.

Jesús ha querido quedarse en el Sagrario para darnos una ayuda permanente. Quiero citar aquí unas hermosas palabras de un hombre santo que comienzan así: Les invito a abrir el Evangelio y a descubrir eso que Cristo quiere ser para ustedes, Él quiere ser tu amigo, tu compañero, tu vida, tu camino... Vamos a detenernos en cada una de estas expresiones:
El quiere ser tu amigo. Como lo fue de Cleofás y de su compañero. Nosotros buscamos estima... nadie nos estima como Él. Buscamos aplauso. ¿Quién nos aplaude más que Él? Buscamos, sobre todo, afecto; nadie nos ama ni nos amará jamás como Jesús. ¿No ardía nuestro corazón...? Es necesario que tú digas lo mismo, ¡que sientas lo mismo! Como Cleofás y su amigo. Claro que es un amor que nos eleva, es un amor que no nos deja en paz, porque no exigir de la persona amada que sea lo mejor que puede ser sería indiferencia, lo contrario del amor. Por eso, unos  padres que aman de verdad a sus hijos no se conforman con que éstos sean unos mediocres, o que  lleven unas calificaciones de cincos o seises; quieren dieces, a pesar de que son unos padres imperfectos. Dios, que es el verdadero Padre, el mejor de todos, no puede conformarse con tener unos hijos mediocres,  y por eso nos pide, nos exige el diez, es decir, que seamos santos.

Él quiere ser tu compañero. No es lo mismo trabajar por Él, que trabajar con Él. Y así, en la vida o en el apostolado o en el trabajo estamos juntos. Y, además, nos da otra compañía, la de su propia Madre. ¿No le decía Ella a Juan Diego? - ahora San Juan Diego- ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? Palabras dichas a él y palabras dichas a cada uno de nosotros, palabras dichas a ti... Si Ella es también llamada causa de nuestra alegría ¿realmente lo es? ¡Qué hermosa realidad! ¡María, causa de nuestra alegría!  ¿Por qué? ¡Porque nos ha dado la gran razón  de la felicidad que es Jesús!

Él quiere ser tu vida. La vida es entusiasmo, amor, felicidad, ideales, triunfos, satisfacciones, juventud perenne. Él quiere ser todo eso para ti; Él tiene todo eso en la Eucaristía... Si, por falta de fe, no lo crees, un día te arrepentirás terriblemente por no haber hecho la prueba, únicamente porque hay gente que dice: ¿Qué vas a encontrar ahí?, o porque tu imaginación te pinta que ni en la misa,  ni en la Eucaristía, ni en Jesús vas a encontrar esas cosas. Entonces, cuando veas que Jesús pudo haber sido todo eso para ti, y tú te lo negaste, vas a  llorar a mares...

Él quiere ser tu camino. El camino en la vida. ¿Qué significa esto? Todos queremos ser alguien, realizarnos, valer para algo, hacer grandes cosas, ser líderes.  ¿Cómo lo lograremos? Con aquella invitación de María en las bodas de Caná: Haced lo que Él os diga. Yo no sé si los siervos se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, pero obedecieron. Haced lo que Él os diga. ¿Qué les dijo? Traigan el agua, llévenla al mayordomo. Obedecieron. De esta manera se resolvió el gran problema: porque en una boda en la que falta el vino ¡se acabó la fiesta! Pues bien, el mejor vino del mundo se bebió en aquellas bodas de Caná. ¿Por qué? Porque siguieron el consejo: Haced lo que Él os diga.

Él quiere ser tu verdad. La verdad de la vida y de las cosas, es decir, el sentido, la razón y la felicidad de tu vida. Mi vida -puedes decir- tiene una verdad, voy rumbo al puerto; mi vida tiene frutos, tiene realizaciones tiene plenitud. Eso significa que Jesús quiere ser tu verdad. ¿Cuántos nos llenan la mente, el corazón y la vida de mentiras? Jesús es la verdad, tu verdad.

Él, además, quiere ser tu resurrección. Resurrección de todas las ilusiones muertas o moribundas; también en el aspecto humano o intelectual: Todo  lo que es digno se estar vivo, Jesucristo lo resucita.  Soy la resurrección y la vida... pero no en abstracto: ¡es tu resurrección y tu vida! Resurrección de los grandes ideales y metas de la vida. Cuantas veces los hemos tenido, nos han ilusionado, han tirado de nosotros, y un día los hemos matado y hemos dado la espalda a esos grandes ideales.  Jesús resucita  esos ideales.

El quiere ser, también, tu alegría. La tristeza no es cristiana, la amargura y el desaliento tienen otro dueño. Por eso, tu tristeza y amargura son la cadena que te tiene amarrado al demonio.  A Cristo le gusta abrir jaulas, romper cadenas, abrir puertas de cárceles, tender puentes en el abismo. Decía una vez un alma: ¡He encontrado a Cristo y por tanto la alegría de vivir! ¡Qué bien dicho y qué bien vivido por ella! ¡A qué poco sabe el mosto y la cerveza al lado de Cristo!
Él quiere ser  amor, tu amor. El deseo más fuerte del hombre: amar y ser amado. En el cielo este anhelo se convierte en éxtasis. Por la calle y por la vida pasan amores que acalambran por unos segundos, amores que engañan, que prometen la felicidad total, y te dejan con unos pétalos marchitos en las manos. Cristo es el amor eterno que te ama desde siempre y para siempre. Sabes que  cuentas con este amor eterno de Dios siempre.

Él quiere ser roca, tu roca, es decir, un rompeolas, una muralla que defiende de todo. Esto indica voluntad, valor, certeza, fuerza, ímpetu juvenil, audacia, pasión por los grandes ideales.
¡Él quiere ser todas estas cosas! Antes de seguir adelante, porque todavía no acabamos las cosas que quiere ser Jesús para nosotros, uno podría decir: -¡Mentira! ¡Mentira!- ¿Por qué?  -Porque son demasiadas cosas y demasiado hermosas, y nadie las puede ofrecer-.  ¡Como quieras! Pero Jesús ofrece lo más grande, y es verdad. La prueba está en los que se han fiado de Jesús, es decir, los santos que han llegado a sentir, no con la cabeza sino con el corazón, que Cristo es todas estas cosas. Y, si no, dime si hay una vida más maravillosa que ésta en la que se experimentan todas estas realidades.

Él quiere ser paz, tu paz. Quiere que luches, pero en paz interior. Recuerdo una frase hermosa de un hombre que para mí es un santo : Este día he estado triste, he estado solo, lloro... y aquí me sorprende la realidad más radiante que vivimos los cristianos: tengo a Dios  en medio de mi corazón... adiós soledad, adiós tristeza, adiós lágrimas; lo tengo todo. La vida del alma es hermosa, minuto a minuto, porque está la presencia de Cristo; pero la vida del alma, minuto a minuto, es triste amarga, insufrible, cuando Él es un ausente. Si Cristo es en mi vida un ausente o es un huésped bienvenido depende de mí. Porque Él pasa por mi puerta y toca, y yo puedo decirle que entre o  puedo cerrarle la puerta.

Él quiere ser pan. Pan espiritual que me da la vida eterna ... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna; esto quiere decir que cuantas más veces recibo su cuerpo y su sangre, más aseguro esa felicidad eterna del cielo. Pan de la ilusión, del entusiasmo por los grandes ideales; el pan de la victoria y de los resultados, el pan de la perseverancia. Un pan para repartir a los hambrientos de Dios.

Y, por último, Él quiere ser perdón. Faltaba esta hermosa palabra para completar un cuadro verdaderamente fantástico. Si hay alguien que puede prometer esto y cumplirlo, es admirable, quiero ser amigo de Él, ¿Dónde está? ¿Díganme donde está? Porque necesito  conocerlo, necesito amarlo, necesito ser su amigo, ¿Dónde está? - ¡En la Eucaristía!-  ¿Cómo se llama?  - Jesús de Nazareth-.

Un perdón eterno de todo, de siempre. Mucho me tiene que querer quien me ha perdonado tanto. El que siempre nos soporta y nos perdona, olvidando nuestras pequeñas o tremendas ofensas a su amor. Cuando dijo: Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen, esta expresión le salió de lo más profundo de su corazón.

Cada uno en su propio estilo, con sus propias palabras, puede decirle a Jesús cómo se siente; puede pedirle como hemos visto hacerlo en el Evangelio  a aquellos necesitados.  Tú tienes tu propia necesidad, tienes tu manera de decirlo; con tus palabras pídele: Estás ahí en la Eucaristía, me estás mirando, conoces mi situación interior. Me has acompañado el día de hoy, y estás conmigo desde el primer día de mi vida. Me has acompañado siempre, cuando he sido fiel y cuando he sido infiel. Estás ahí.  ¿Por qué estás en la Eucaristía? Te quedaste por amor -me lo han dicho otros-, pero quiero que me lo digas tú, Señor.

¡Qué bien que lo sabes! Me quedé en la Eucaristía por amor. Me quedé, en primer lugar, para ayudarte. Sé muy bien que eres débil y  que caes con facilidad. Ven a visitarme; yo soy tu fortaleza; pídeme fuerza. Ven a verme los días que no sientes nada, los días que estás desanimado del todo; ven a verme ese día que quieres salirte de mi Iglesia, yo te daré ánimos y nuevas fuerzas; ven ese día en que has caído gravemente, no tengas pena, ¡ven! Que todo tiene remedio, si vienes a mí. Ven a visitarme cuando hayas tenido un gran fracaso, cuando un grave problema te robe la paz. Venid a mí todos los que andáis fatigados y agobiados. Mi yugo es suave y mi carga ligera. Me quedé para ayudarte todos los días de tu vida, no porque lo merezcas, sino porque te amo como nadie te ha amado ni te amará jamás.

En segundo lugar, me quedé para amarte; para amarte desde aquí con un amor infinito, yo solo amo así. No te pido que lo merezcas, sino que lo aceptes: déjate querer por tu Dios, por tu Redentor: Ya sé que te sientes indigno, que tus pecados y faltas tratan de apartarte de mí. Yo te amo con tus pecados, faltas e infidelidades y con tus buenas acciones, con tus buenos deseos y propósitos, aunque muchos de ellos no los cumplas. El amor hace felices a los hombres. Tú necesitas sentirte amado. Yo te ofrezco el amor infinito de todo un Dios, y te lo ofrezco no solo hoy, sino todos los días de tu vida: mañana y dentro de un año y toda la eternidad; siempre que vengas a mí encontrarás un amor vigilante, siempre fiel, el mismo amor de siempre. He decidido amarte a pesar de todas tus faltas, de todos tus pecados, e ingratitudes.

En tercer lugar, me quedé para perdonarte. Sabía muy bien que en tu vida habría muchos pecados, muchas infidelidades, y me propuse desde un principio perdonarte todo. Hasta el día de hoy todo está perdonado y olvidado. No importa qué hiciste o dejaste de hacer hasta el día de hoy, lo que me interesa  y muchísimo es lo que vas a hacer de ahora en adelante. No dudes de mi perdón jamás. Puedes dudar de ti mismo. Puedes dar de tus promesas, pero jamás dudes de mi perdón. Yo te he perdonado siempre, te perdono todo, y estoy dispuesto a perdonarte hasta el ultimo pecado, si vienes a mí con arrepentimiento.

Estoy aquí, también, para recibir tu amor de cada día. Dame tu corazón, dame tus amor, tus delicadezas, tus detalles de ternura. Una genuflexión hecha con devoción me honra mucho; una señal de la cruz bien hecha, me hace pensar en ti. Unas posturas correctas en la Iglesia me hacen ver que me estimas y sabes que estoy aquí. Una misa en la que participas con el corazón me da tanta alegría; una visita ferviente, una hora eucarística me recuerda que me quedé en la Eucaristía para  ayudarte, perdonarte, amarte. Y me digo: Valió  la pena.

Una comunión llena de amor, no sabes cuánto representa para mí.  El que come mi carne y bebe mi sangre, mora en mí y yo en él: esto ocurre en la comunión, en cada comunión. Estoy aquí en esta Iglesia  para ayudarte a tener éxito en tu vida, el éxito fundamental que es tu salvación eterna, y, también, todos los demás éxitos humanos que realmente valgan la pena. ¡Espero tanto de ti! Desde este Sagrario te seguiré a lo largo de cada día; desde aquí te mando las gracias que necesitas. ¿No has notado el influjo de esas  gracias?

Y te quiero dar mucho más de lo que me pides. Me has pedido poco. Yo te voy a dar mucho más de lo que te has atrevido a pedirme. Y así, vas a salir de una Misa, de una Eucaristía, de una Hora Eucarística, si tu quieres, si tu me dejas, vas a salir muy contento, muy motivado, decidido a un gran cambio en tu vida. ¿Cómo vas a salir de estos Ejercicios? Si sales como yo quiero, serás un hombre nuevo, serás una mujer nueva, y quiero que salgas así. Me dirás que soy el Agua Viva que está llenando tu cántaro hora tras hora y día tras día: déjame llenar tu cántaro, déjame llenar tu vida hasta rebosar de paz, de alegría de generosidad, de amor, de felicidad.  

Yo soy la felicidad y el amor. Yo no necesito de ti, pero tú sí me necesitas: Sin mí eres como una flor marchita, deshojada, triste.

A cambio de mis dones, voy a pedirte una cosa: Algo relacionado con mis almas: quiero que seas mi apóstol, mi mensajero. Quiero pedirte algo relacionado con tu santidad: quiero que seas santo. Algo relacionado con el amor: quisiera ser, entre tus amores, el primero, el más hermoso que se cruce en tu camino. Quiero un día llevarte al cielo para estrecharte contra mi corazón, para que goces de la eterna felicidad de mi amor sin fin.

Recuerda: Estoy aquí en el Sagrario, en la Eucaristía, para ayudarte, ¡Me necesitas tanto! Estoy aquí para amarte con un infinito amor, como nadie te amará jamás; estoy aquí para perdonarte todo y siempre, desde el primer pecado hasta el último: mi perdón es infinitamente mayor que todos  tus pecados. Y estoy aquí para recibir tu amor de todos los días: Tu amor me satisface, aunque sea pequeño, si es sincero. Busco en ti una sola cosa: tu amor y tu felicidad.

Estoy aquí para pedirte algo, algo para mí muy importante: Que seas santo, que seas mi apóstol, que me ayudes con tu fidelidad a salvar al mundo. ¿Qué piensas? ¿qué dices? ¿qué respondes? Tu respuesta la estaré esperando a lo largo de estos ejercicios espirituales.
¡Es tanto lo que espero de ti! ¡Es tanto lo que puedes hacer por las almas, por tu santificación, por tu Jesús!





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