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Adoraciones al Santísimo Sacramento
Libro de meditaciones personales sobre la Eucarstía


Por: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net



Primer modelo:

 

Lectura del texto evangélico: Visita de Jesús a Marta y María (Lc 10,38-42)

 

Reflexión contemplativa del texto:



 

  1. Ver los personajes:
    • Jesús cansado que pasa un fin de semana en casa de sus amigos, Lázaro, Marta y María. ¡Qué faceta tan humana de Jesús! Está cansado de recorrer los caminos de Palestina. Necesita un lugar para reponer sus fuerzas físicas y abrir su corazón lleno de amor y lastimado por las ingratitudes de tantos hombres. Y ahí va, a la casa de sus amigos de Betania.
    • María es el prototipo de alma contemplativa, absorbida en escuchar la Palabra de Jesús, intimar con Él a través de una oración personal, sabrosa y profunda. Todo cristiano debe adquirir en su vida esta dimensión contemplativa, buscando tiempo al día y a la semana para estar a solas con el Señor, sea en un rincón de su propia casa, sea en la capilla del Santísimo de su iglesia.
    • Marta es el prototipo de alma de acción. También necesitamos en la Iglesia de Dios este tipo de almas que saben moverse y dar lo mejor a Cristo. Pero hay que hacerlo con serenidad, con paz, con amor, sin querer que todos se dediquen a lo mismo. Cada uno tiene su parte dentro de la Iglesia: unos a la contemplación, otros a la acción. Así construimos la Iglesia de Dios.

 

  1. Escuchar sus palabras:
    • Jesús abre su corazón ante sus amigos. ¿De qué hablaría? De los misterios de su corazón, del Padre lleno de ternura y misericordia, de las ansias de llevar a todos la salvación. Contaría también las penas de su corazón herido por la indiferencia y el rechazo de algunos a su mensaje de salvación.
    • María hablaba poco; sobre todo escuchaba. Sólo asentía con sus ojos, con su corazón rendido de gratitud y lleno de amor: “Señor, ¿qué puedo hacer yo para saciar tu sed de salvación? ¡Cuenta conmigo!”.
    • Marta sí hablaba, pero para quejarse del mucho trabajo que tenía en casa para dar a Jesús lo mejor. Y quejándose de que su hermana no la ayudase. Sus palabras deben ser purificadas en los momentos de oración personal con Cristo. Sólo en la oración nuestro corazón se pacifica y sale a la acción como remanso de paz y bondad.

 

  1. Contemplar las acciones:
  • Jesús: está a gusto, saluda con afecto sincero y amable a sus amigos. Se sienta sereno, y agradece la hospitalidad de esta familia. Tiene detalles de delicadeza con Marta y con María, interesándose por ellos, por su salud, por sus inquietudes. Y después comienza a hablar, a abrir el corazón de amigo. Está feliz y radiante entre amigos.
  • María: se sienta en el suelo. Escucha atenta. No pierde una sola palabra de Cristo. Ahora está emocionada. Ahora una lágrima furtiva asoma por sus ojos. Ahora sonríe. Ahora está asombrada. ¡Qué Maestro tiene delante de sus ojos!
  • Marta: llena de detalles para que Cristo esté a gusto. Ya barrió la casa, la perfumó. Ya le ofreció a Cristo algo de comer y de beber. Está lavando los platos. Le ofrece algunos dátiles. Y le preparó el cuarto de huéspedes para que Cristo pueda descansar de su fatiga apostólica y reponer sus fuerzas para seguir su camino, pues es el eterno peregrino.

 

Peticiones: Señor, Jesús, Maestro interior de nuestras almas, te pedimos:



 

  • que, a ejemplo de santa María de Betania, sepamos rescatar en nuestra vida la dimensión contemplativa para escuchar y saborear tus Palabras recogidas en los santos evangelios. Te rogamos, óyenos.
  • que, a ejemplo de santa Marta,  también estemos dispuestos a colaborar con paz, amor y serenidad en todos los quehaceres y ministerios de nuestra parroquia. Te rogamos, óyenos.
  • que siempre te demos a ti, Cristo, lo mejor de nuestro día y no las sobras ni las migajas de nuestro cansancio. Te rogamos, óyenos.
  • que todos los hombres y mujeres, a través de la oración humilde, abran sus oídos interiores a las Palabras de gracia y de verdad que pronuncias continuamente desde el evangelio, la eucaristía y la cruz. Te rogamos, óyenos.
  • que, a ejemplo de Marta y María, estemos dispuestos a acogerte en nuestros hermanos más necesitados, mediante nuestra caridad generosa, atenta y delicada. Te rogamos, óyenos.

 

Oración final: Señor, gracias por habernos hecho tus amigos. Que cada día valoremos el don de tu amistad, y no permitas que lastimemos este regalo con nuestro egoísmo e indiferencia. Por Cristo Nuestro Señor.

 

Segundo modelo:

 

Lectura del texto evangélico: Jesús y la samaritana (Juan 4, 7-42)

 

Reflexión contemplativa del texto:

 

  1. Ver los personajes:
  • Jesús: llega a Samaria cansado de su trabajo apostólico. Pero llega feliz porque sabe que tiene un encuentro de salvación con esa mujer pecadora. Ha preparado este encuentro en la oración con su Padre. Ahí está radiante, esperando a esa alma necesitada y sedienta de salvación.
  • Samaritana: llega con el cántaro vacío, por no decir roto. Insatisfecha, infeliz, triste. Llega con su pasado y presente a cuestas: es adúltera, pecadora. Pero tiene sed. Por eso acude al pozo. Pero, ¡oh sorpresa!, ahí se encuentra con Jesús a quien no conocía, pero lo necesitaba y secretamente lo buscaba por caminos tortuosos y equivocados.
  • Discípulos: realmente cansados y tal vez molestos y con mucha hambre. Lo único que hacen es ir a buscar comida. Van poco a poco comprendiendo el misterio de Jesús. Le acompañan, le escuchan, le observan, hablan con Él. Pero todavía no entienden todo. Pero le son fieles. Son los amigos y compañeros de Jesús. Sus apóstoles a quienes prepara con infinito amor y paciencia.
  • Los samaritanos: están bien tranquilos en su ciudad. Ni pena ni gloria. Hasta que viene la samaritana, a quien conocían muy bien…y despiertan de su letargo. Y se deciden a buscar a Jesús, gracias al testimonio de esta samaritana, ya convertida y conquistada por Jesús.

 

  1. Escuchar sus palabras:
  • Jesús: “Dame de beber”…Jesús nos pide un poco del agua de nuestro amor. Está sediento de nuestra conversión. Y morirá de sed, si no le saciamos esa infinita sed que le atormenta. “Si conocieras el don de Dios”…Y Él es el don de Dios bajado del cielo para la salud de nuestra alma, para la satisfacción de nuestros anhelos más profundos. “El que bebe de esta agua que yo le daré, no tendrá más sed”: sí, Cristo, y sólo Él es quien realmente sacia nuestra sed de amar y ser amados, nuestra sed profunda de felicidad y realización personal, familiar y profesional. Sin el Agua viva que es Cristo estaremos buscando satisfacernos en otros pozos del mundo y de la carne. “Cierto no tienes marido…”: Cristo pide conversión, cambio de vida, rectificar camino equivocado. Sólo así podrá Él entrar en el corazón del hombre y sanarlo y reconstruirlo y saciarlo. “Soy yo, el que contigo habla”: ¡qué profunda revelación! Es la revelación de quién es Jesús a quien se abre a su gracia y a la conversión.
  • Samaritana: “¿Cómo es que tú siendo judío me pides a mí, mujer samaritana…?” Ella reconoce su condición de mala fama y de excluida por los judíos “cumplidores”. “Ni siquiera tienes con qué sacar el agua…”: todavía no entiende, está a un nivel natural, no ha dado al salto de la fe, desde donde sólo se comprende a Cristo. Cristo va poco a poco haciéndola subir al nivel de la fe y del espíritu. “Dame de esa agua…”: lista la mujer, pues no quiere estar viniendo más al pozo. Pero todavía no se ha aupado al nivel sobrenatural. Pero ya va entendiendo un poco, va entrando en el diálogo de Jesús. “No tengo marido…”: al menos es honesta y sincera. Y ante la revelación completa de Cristo y la invitación a cambiar de ruta, ella se abre totalmente y entonces sí llena de agua viva el cubo de su vida.  “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo”: quien ha encontrado a Cristo no puede quedarse con Él a solas, siente un deseo inmenso de comunicarlo a los demás, para que también puedan gozar de la alegría profunda que Él da. Comunicarlo en casa, entre sus amigos, en la universidad, en la calle…
  • Discípulos: “Maestro, come algo”: es un detalle de los apóstoles. Cada día aman más a Jesús. Y será este inmenso amor quien les  llevará a conocerle más y mejor, pues todavía no lo comprenden del todo. “¿Será que alguien le ha traído de comer?”: ellos también están en un nivel humano. Tal vez el cansancio, tal vez el hambre…tal vez todavía la falta de una fe profunda en el Maestro…les impide adentrarse en el misterio del Dios encarnado en Jesús. Pero ahí están, fieles al Maestro de Nazaret. Y escuchan atentos a Jesús: “Levantad la vista y mirad los sembrados, que están ya maduros para la siega”: ¿Habrán entendido a Cristo? No lo creo, pero intuyen que son palabras serias y profundas. Ellos callan, y rumian este mensaje. Ya lo comprenderán después.
  • Los samaritanos: “Ya no creemos en Él por tus palabras…nosotros mismos le hemos oído y estamos convencidos”: el encuentro de estos samaritanos con Jesús se debió al testimonio de la samaritana. La samaritana hizo de instrumento y canal. Pero después ellos tuvieron que hacer la experiencia por sí mismos. Y quedaron saciados. Unos le seguirían. Otros tal vez, no. Pero nadie quedó indiferente.

 

  1. Contemplar las acciones:
  • Jesús: Jesús se sienta, pues está cansado. De vez en cuando se levanta, para ver si ya está viniendo esa mujer, de la que su Padre le habló en la oración matutina. En esto, se alegra: ¡ahí viene! Se levanta Jesús y saluda a la samaritana. Jesús observa atentamente y con respeto a esta mujer pecadora que está delante de Él. ¡Qué santa ternura y qué compasión sintió por ella: oveja sin pastor! Jesús espera la reacción de la samaritana. Jesús busca en su corazón los mejores gestos, palabras y ademanes para iluminar a esta mujer tan necesitada. Los ojos de Jesús están emocionados al ver cómo se abre el alma de esta mujer. Tal vez Jesús colocaría su mano sobre la cabeza de la samaritana, la bendice.
  • Samaritana: al inicio tal vez indiferente, un tanto tosca y brusca. Lanza el cubo en el pozo con gesto de fastidio. Deja la soga y clava sus ojos en Jesús que le habla. Se pone nerviosa. Se atrabanca en las palabras. Pero se anima al ver que este judío es especial y no la trata con desprecio, sino con profundo respeto y bondad. Ya no le importa su cubo ni su agua ni nada. Sólo le importa Jesús: escucharlo, empaparse de sus palabras que iban calando y curando y sanando su corazón quebrado y enfermo. Ya, por fin, sabe con quién está hablando. Y salta de alegría y agradece, y tal vez besa la mano de Jesús, y corre al pueblo para que otros tengan la experiencia pacificadora y sanadora que ella ha tenido. ¡Ya es de los de Jesús! Y está feliz y radiante. No volvió a las “andadas”…Ya no necesitó saciar su sed en los pozos de la carne. Encontró el Agua viva de Jesús y no quiere otra agua.
  • Discípulos: perplejos al ver a Jesús hablando con una mujer. Estaban todavía con las categorías judías. Asombrados porque Jesús no quiere comer. Pero, ¡ahí están, fieles al Maestro! Cada día aprendiendo alguna cosa nueva y meditándola en su corazón.
  • Los samaritanos: al inicio curiosos y desconfiados acuden a donde está Jesús. Después, se acercan con confianza, movidos por el ejemplo de la samaritana. Y finalmente, se abren al mensaje de Jesús. Y algunos creen en Él. Y sin duda hablarían a otros de lo que oyeron y vieron.

 

Peticiones: Señor, con fe y humildad te pedimos:

 

  • que, como la samaritana, nos reconozcamos pecadores y necesitados de tu gracia, en la confesión y en la eucaristía. Te rogamos, óyenos.
  • que, como la samaritana, nos abramos a tu palabra que nos transmitieron los santos evangelios y que nos invita a la conversión. Te rogamos, óyenos.
  • que, como la samaritana, nos dejemos convertir convertir por ti sin poner obstáculos. Te rogamos, óyenos.
  • que, como la samaritana, sepamos comunicar nuestra experiencia contigo a quienes están a nuestro alrededor, en nuestra cosa, en nuestro trabajo, con nuestras amistades. Te rogamos, óyenos.

 

Oración final: Señor, me acerco a Ti sediento de amor, de paz y felicidad. Tú eres el Agua viva que sacia mis anhelos más profundos. Aquí tienes mi cántaro. Lo dejo a tus pies para que lo reconstruyas, pues tal vez está un poco quebrado. Y lo llenes de tu amor y tu bondad, para que pueda llevar a los demás un sorbo de esta agua viva que sacia mi alma y mi corazón, para que también ellos puedan encontrarse contigo y hacer la experiencia sanadora y santificadora de tu gracia. Por Cristo Nuestro Señor.

 

 

 

 

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