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¿Porqué confiar en Dios?
La esperanza es la virtud sobrenatural infundida por Dios en el momento del bautismo por la que tenemos firme confianza en que Dios nos dará, por los méritos de Jesucristo, la gracia que necesitamos en esta tierra para alcanzar la vida eterna.


Por: Escuela de la Fe | Fuente: Libro Tiempos de Fe.



 

¿Porqué confiar en Dios?

*Dios siempre es fiel a sus promesas
*La esperanza responde al anhelo de felicidad del hombre
* El horizonte de la esperanza es la vida eterna

La seguridad es nuestra vida moral nos viene de la esperanza, la segunda virtud teologal, un don muy importante para el cristiano. Gracias a ella, muchas realidades dolorosas de esta vida: la muerte, el sufrimiento, la traición de los hombres, adquieren un nuevo sentido, se convierten en medios de salvación, en pasos para llegar a Dios, Por ella vivimos en esta vida con la certeza de que un día vamos a recibir la felicidad eterna del encuentro definitivo con Dios. Padre amoroso que nos está esperando y nos ayuda de diversas formas a llegar hasta Él.

Esperanza: es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.



La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva de egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza es la virtud sobrenatural infundida por Dios en el momento del bautismo por la que tenemos firme confianza en que Dios nos dará, por los méritos de Jesucristo, la gracia que necesitamos en esta tierra para alcanzar la vida eterna.

Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas.

Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolver el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender el amor de Dios y provocar su castigo.

El fundamento de esta virtud lo encontramos en la bondad y el poder infinito de Dios que siempre es fiel a sus promesas.



Dios ha prometido el cielo a los que guardan sus mandamientos y ha prometido además, que Él ayudará a los que se esfuercen en guardarlos. Dios nos da la gracia divina que nos permite hacer obras meritorias y, a través de ellas, alcanzar la gloria eterna.

La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido del Antiguo Testamento, que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham, colmada en Isaac. Él esperaba el cumplimiento de las promesas de Dios y su esperanza fue purificada por la prueba de sacrificio. (cfr. Gn 17, 4-8;22, 1-18).

Dios además hizo una alianza con Israel en el Monte Sinaí y Él siempre se mantuvo fiel. El pueblo se dejó llevar por la desconfianza y llegó a adorar a otros dioses, pero Dios seguía conservando su fidelidad, su amor hacia ese pueblo elegido.

Éste es el fundamento de la esperanza: Dios siempre se mantiene fiel en su amor hacia cada hombre y, por eso, aunque los pecados sean muchos, siempre se puede acudir a Él con arrepentimiento para recuperar la relación del amor que el hombre rompe con su infidelidad.

A veces, la Iglesia se refiere a la Santísima Virgen como “Esperanza nuestra”. Esto lo decimos porque, siendo ella, Madre Nuestra, Corredentora y Medianera de todas las gracias, nos alcanza de Dios la perseverancia final y la vida eterna.  

La virtud de la esperanza es tan necesaria como la virtud de la fe para conseguir la salvación, pues el que confía llegar al fin prometido por Dios, fácilmente abandonará los medios que le conducen a Él. Es la virtud de la alegría, de la motivación de la fuerza ante la dificultad y heroísmo de los mártires. Sin ella, el hombre queda encerrado en los horizontes de este mundo sin posibilidad de abrirse a la vida eterna y esto puede llevarle a la desesperación pues no será capaz de resolver los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor (cfr.  Gaudium et Spes,n 21, 3). Sin ella, el hombre cree que está solo ante las dificultades, que no cuenta con la ayuda de Dios. Esto, unido a la constatación de su propia fragilidad, le sume en el pesimismo y en la falta de ilusión por superarse. Gran parte de la filosofía moderna existencialista olvidada de Dios sigue esta línea con terribles consecuencias para el hombre: desesperación, absurdo, suicidio.

Junto a la esperanza suele mezclarse el temor a Dios pues el hombre, sabiendo que puede ser voluntariamente infiel a la gracia y comprometer su salvación eterna, a veces encuentra mayor motivación para ser fiel a Dios en el hecho de que si no lo es, puede condenarse. Este temor de Dios es un don del Espíritu Santo que no hay que despreciar pues una esperanza sin temor  engendra presunción. Tampoco hay que exagerar, pues un terror puramente negativo puede producir desconfianza o desesperación. En definitiva, no se trata propiamente de un temor a Dios sino de un temor a perder a Dios.

El cristiano, a pesar de sus muchas faltas y pecados, confía en el Señor, recurre a la oración y a los sacramentos, a sus medios de perseverancia es sabiendo que Él cumplirá la promesa de llevarle a la vida eterna en su presencia.

Hay tres formas de pecar contra la esperanza:

1.- Desesperación: que consiste en creer que Dios ya nos perdonará a los pecados o no dará la gracia y los  medios necesarios para alcanzar la salvación. Es el pecado de Caín (Gn 4, 13) y de judas (Mt27, 3-6).

Equivale a una negación de la misericordia de Dios y lleva casi naturalmente a la pérdida de la fe. Los hábitos de pecado, la pereza espiritual que no pone ningún medio para vivir intensamente la fe, la soberbia y autosuficiencia, llevan fácilmente al espíritu a desconfiar de la gracia. Un hombre de mentalidad cristiana sana prefiere desconfiar antes de sí mismo que el inmenso poder y de la inconmensurable misericordia de Dios que tantas veces se pone de manifiesto a lo largo de la Sagrada Escritura   (ej. Lc. 15).

2.- Presunción: es un exceso de confianza que nos lleva a persuadirnos de que alcanzaremos la vida eterna sin emplear los medios previstos por Dios (la gracia o las buenas obras).

En la presunción se puede incurrir de muchas formas como el que espera salvarse sólo por las buenas obras, el que cree que se salvará sólo por la fe, el que deja la conversión para el momento de la muerte y mientras, vive como quiere, confiando temerariamente sólo en la bondad de Dios a la hora de la muerte, el que peca libremente por la  facilidad con que perdona Dios o los que se exponen fácil a las ocasiones de pecado. Aquí, en todos estos casos, se pierde de vista la justicia de Dios que pedirá cuentas a cada uno del uso de los talentos que le dio (Eclo 5,6).

3.- El pecado más habitual contra la esperanza es la Desconfianza. No se pierde por completo la virtud, sólo se debilita al constatar los obstáculos y las dificultades que aparecen cuando se quiere vivir a fondo el cristianismo. También aparece por el cansancio en la lucha por vivir las virtudes o por el olvido de que Dios es el verdadero protagonista de la santidad queriéndolo hacer todo sólo por las propias fuerzas. Da lugar al desánimo, al pesimismo o al abandono de la vida espiritual combativa. La forma más adecuada de salir de esta situación es acudir a Dios a través de la oración, los sacramentos, etc.

 

 

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