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El Roble y la Flor
El amor entre hombre y mujer en la historia de la literatura

En estas páginas pretendemos ver un poco más de cerca cómo se ha presentado el amor entre el hombre y la mujer en la literatura occidental para sacar, si es posible, alguna pincelada sobre quiénes son estos dos que se aman


Por: Alejandro Paéz, L.C | Fuente: http://www.regnumchristi.org/ Revista In-formarse 53



Dicen que en el mundo existe una sola trama. Todo lo que jamás se ha escrito en la literatura mundial no es más que una variante de ella. La única historia que el hombre ha escrito se resume en esto: «¿quién soy?». Por otro lado, el mínimo vistazo al panorama literario muestra que el tema que ha estado en boga desde que el hombre sabe escribir es otro: el amor. Bien; ambas posiciones no pueden ser correctas. ¿O sí? Quizá estas dos tramas no son en realidad más que una sola. Quizá una es la pregunta y la otra es la respuesta. Quizá todos los libros del mundo están gritando un único mensaje que solo tenemos que saber descifrar. Si esto es así, entonces la historia de la literatura se puede resumir en estas cinco palabras: «¿Quién soy? Uno que ama».

 

En estas páginas pretendemos ver un poco más de cerca cómo se ha presentado el amor entre el hombre y la mujer en la literatura occidental para sacar, si es posible, alguna pincelada sobre quiénes son estos dos que se aman. Comencemos con el parecer de un experto. El 8 de marzo de 1941 J.R.R. Tolkien escribía una carta a su hijo que luchaba en las trincheras de la Gran Guerra. El tema de la carta –por cuanto pueda parecer inusual– es precisamente el nuestro. Dice lo siguiente: «Todavía existe en nuestra cultura occidental una fuerte tradición caballeresca romántica [...]. Idealiza el “amor” – y por cuanto vale puede ser muy buena, puesto que incluye mucho más que el placer físico e impone, si no la pureza, por lo menos la fidelidad y de ese modo el sacrificio de sí, el “servicio”, la cortesía, el honor y la valentía». Según el profesor Tolkien, por tanto, el modelo de amor que ha prevalecido en la tradición occidental es el amor “romántico”»; el amor que se ha cristalizado en la imagen del caballero y la dama. Aunque esta sea el icono más típico del amor romántico, no queremos decir que toda la literatura se pueda reducir a una historia caballeresca ni que todo el amor de la literatura sea el del caballero y la dama. El amor de estos romances conserva mucha ambigüedad de ideales y a veces confunde lo sagrado con lo lascivo. Es, como bien dice Tolkien, un amor idealizado. Lo que inspira ese typos, sin embargo, es a lo que nos referimos: ese anhelo del hombre de ser un héroe para ganar a su dama y esa benevolencia de la mujer que se deja cortejar porque sabe que así nutre la grandeza en el caballero. Es esta la locomotora implícita de toda historia. En realidad no es ninguna sorpresa. El amor es el fin al que el hombre incesantemente tiende. Y si las historias son indicaciones de lo que el hombre es, aquí descubrimos una verdad fundamental.

 

El modelo de amor romántico reposa fuertemente en características marcadamente sexuadas. Nadie nunca podrá confundir el papel del caballero y de la dama. No hay espacio para ambigüedad de sexos. El caballero es definitivamente masculino y la dama es definitivamente femenina. El amor que se da entre ellos dos funciona y crece precisamente cuando cada uno asume su papel inconfundible frente al otro. Un caballero, por muy admirable que él sea, no suscita en otro caballero un fervor comparable al que inspira la dama. Es sólo la dama que asumiendo su papel puede elevar al caballero a alturas insospechadas. Lo mismo se podría decir de una dama frente a otra. Solo el caballero hace que la dama se convierta en faro y estrella guía.



 

Y esto nos lleva a la segunda observación. No solo el hombre y la mujer son inconfundiblemente masculino y femenina respectivamente, sino que existe en la tradición literaria la noción de que el hombre y la mujer, encontrándose, evocan mutuamente sus más altas características. La gloriosa escena final de Crimen y Castigo describe esto con solemnidad casi bíblica:

 

Querían hablar, pero no pudieron pronunciar una sola palabra. Las lágrimas brillaban en sus ojos. Los dos estaban delgados y pálidos, pero en aquellos rostros ajados brillaba el alba de una nueva vida, la aurora de una resurrección. El amor los resucitaba. El corazón de cada uno de ellos era un manantial de vida inagotable para el otro. [...] Raskolnikov estaba regenerado. Lo sabía, lo sentía en todo su ser. En cuanto a Sonia, sólo vivía para él.

 



Entre ellos dos se da el milagro de la elevación. Juntos parecen transportarse por encima de las circunstancias para revindicar la plena soberanía de su humanidad. En efecto, lo mejor del hombre y de la mujer se hace presente cuando se da el amor complementario. Pero como es de esperarse, en ella se realiza de un modo y en él de otro. La observación –y la literatura es testigo de esto- parece revelar que en presencia de un amor complementario, la mujer actúa en inmediata posesión de sus mejores cualidades. Ella en un momento da lo mejor de sí y echa mano de todos sus poderes de generosidad, virtud, delicadeza, etc., que el encuentro con el hombre ha hecho inmediatamente accesibles. Así describe Thomas Hardy el amor de Bethsheba Everdene que se da todo entero en un momento: «Su amor era total como el de un niño, y aunque cálido como el verano era fresco como la primavera ». La mujer es prontamente capaz de grandes sacrificios en favor del que ama. George Du Maurier en Trilby presenta a la esposa de un extraño tuberculoso que se encuentra en el tren: «[su] mujer, tierna y ansiosa (sentada a su lado) parecía que no pensaba en nada en el mundo sino en él; y sus ojos pacientes eran para él estrellas de consolación, pues tornaba a mirarlos casi a cada minuto y cada vez parecía más feliz de haberlo hecho. ¡Qué mejor observación de estrellas que esa!».

 

Estos poderes a menudo son de benevolencia, de querer mejorar al hombre, de querer nutrir en él los gérmenes de bondad que él posee. En este sentido, la mujer tiene el don especial de ver en verdad a la persona del otro, más allá de lo que el aspecto exterior o el momento presente pueden revelar. Así lo describe C. S. Lewis: «Pues este es uno de los milagros del amor; otorga— a ambos pero quizá especialmente a la mujer—el poder de reconocer sus propios encantamientos y aun así no desencantarse». Y Tolkien con más aplomo: «[Las mujeres] son capaces de tomar a un rufián con los ojos bien abiertos y, aun cuando ha fracasado el delirio de reformarlo, seguir amándolo».

 

El hombre, en cambio, no obtiene de la mujer inmediata posesión actual de sus dotes sino, inspiración y motivo para llegar a realizar sus potencias más excelentes. Ella se convierte para él en bandera y estandarte. Aunque reconozca que no es efectivamente virtuoso, el esfuerzo por alcanzar la virtud se le vuelve amable porque no es más que una oportunidad para llegar a merecer a la mujer.

 

Por eso Bradley Headstone en Our Mutual Friendde Charles Dickens dice con desesperación de amor: «Usted me podría llevar al fuego, me podría llevar al agua, me podría llevar a la horca, me podría llevar a cualquier tipo de muerte, me podría llevar a todo lo que más he evitado, me podría llevar a todo ridículo y desgracia. [...] Pero si diera una respuesta favorable a la oferta de mí mismo en matrimonio, me podría llevar a cualquier bien – a todo bien – con igual fuerza». En ella, él encuentra el poder para alcanzar tanto la gloria como la condena.

 

Ese efecto de orden y propósito que la presencia de la mujer otorga al hombre lo expresa con candor el personaje de Sixo en Beloved de Toni Morrison: «Es una amiga de mi mente. Ella me recoge; las piezas que soy. Ella las recoge y me las devuelve todas bien ordenadas. Es muy bueno – ¿sabes? – tener a una mujer que es amiga de tu mente». No es de extrañarse, entonces, que gran parte de la producción cultural occidental, sean obras literarias, composiciones musicales, etc., giren en torno al estribillo común de las promesas que un hombre hace a su amada. La mujer inspira, el hombre promete y la fábula está servida...

 

La literatura mundial, romántica y otra, está llena de ejemplos y contraejemplos de esto. Quizá el más clásico de todos es Don Quijote de la Mancha que por amor de Dulcinea pasa de ser un viejo «de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro» a ser «el Caballero de la Triste Figura» que es capaz de enfrentarse solo a leones y a gigantes. El amor de Don Quijote no sólo lo transforma a él sino también a Dulcinea quien de «moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho» se vuelve «señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón»en quien “ninguna cosa puso la naturaleza que no fuese perfecta y bien acabada”.

 

Y volvamos a Sonia y Roskolnikov. En una de las escenas más conmovedoras de toda la literatura mundial, cuando él pide la lectura del pasaje de la resurrección de Lázaro, Sonia, una prostituta, se convierte en un auténtico ángel de pureza que brilla en el mundo escuálido y claustrofóbico de Crimen y Castigo. Gracias al amor en un inicio tortuoso y torturado entre esos “dos seres malditos”, Roskolnikov se redime. Encuentra al fin el motivo para seguir viviendo y aceptar su castigo.

 

Ella se hace buena. Él descubre motivo para hacerse bueno. Dostoievsky lo refleja así:

 

Sonia [...] se sentía tan feliz y había recibido esta dicha de un modo tan inesperado, que experimentaba incluso cierto terror. [...] Raskolnikov [...] tendría que adquirir [esa vida nueva] al precio de largos y heroicos esfuerzos...

 

Podemos concluir, pues, que el amor es como la primavera en la persona humana. La mujer es como una flor y el hombre como un roble. La flor apenas vislumbra la primavera y prontamente florece. En cuestión de momentos despliega sus pétalos y exhala sus mejores perfumes. Viste todo de color y de hermosura. El roble en cambio cuando llega la primavera echa fuera solo sus primeros retoños; promesas apenas de lo que con el tiempo y la perseverancia se convertirá en robustas ramas que darán cobijo y seguridad a todo el que se acoja a ellas.

 

En un momento sublime de Guerra y Paz, el Príncipe Andrei se compara precisamente con un roble en invierno que le dice «¡No hay ni primavera ni amor ni dicha!». Poco tiempo después, frente al mismo roble siente «el corazón henchido de alegría intensa que despertaba en él la primavera con su nueva vida». ¿Qué sucedió entre medias? Natasha, «la joven encantada ante la hermosura de la noche... y aquella noche, aquella luna». Así el amor, «que no permite que no amemos»hace al hombre y a la mujer. Y esto cuentan los cuentos de los hombres, porque al fin, ¿quién es el hombre sino uno que ama? La literatura es cronista del vivir. Pero en palabras de Molière: «vivir sin amar, no es realmente vivir».

 





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