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Misericordia ante el Aborto
Reflexiones sobre la Carta Apostólica

El Papa amplió a los sacerdotes la facultad, concedida durante el año jubilar, de perdonar a quienes hayan procurado el pecado de aborto sin necesidad de recurrir a otra instancia para obtener el perdón


Por: P. Eugenio Martín, LC | Fuente: Catholic.net



 En la entrevista que el Papa Francisco concedió a TV200 en la conclusión del año de la misericordia comenta que la peor enfermedad de nuestra época, con su cultura del descarte, es la cardioesclerosis y la mejor medicina para combatirla es la misericordia. Por eso quiso convocar un año extraordinario jubilar de la misericordia y escribir al final la carta apostólica “Misericordia et miseria”. En la misma, amplía a los sacerdotes la facultad, concedida durante el año jubilar, de perdonar a quienes hayan procurado el pecado de aborto sin necesidad de recurrir a otra instancia para obtener el perdón.

Esto no significa, como han señalado algunos, que el Papa Francisco pretenda restar importancia a la gravedad del pecado del aborto, que nunca dejará de ser la muerte de un inocente. Hubo un momento en que el Papa Juan Pablo II vio conveniente ligar a este pecado una pena canónica con una finalidad medicinal. Ahora Francisco busca aplicar, desde su condición de pastor supremo de la comunidad católica, un tratamiento que en este momento juzga más adecuado. Pero sus palabras son claras: 

 “Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre. Por tanto, que cada sacerdote sea guía, apoyo y alivio a la hora de acompañar a los penitentes en este camino de reconciliación especial” (Misericordia et misera, 12).

Cuando el Papa usó el término “cardioesclerosis” (que en griego significa: “dureza de corazón”) me evocó de inmediato el pasaje de Mt 19,8: “Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así”.

Por la dureza del corazón –aclara Jesucristo- Moisés les permitió esta concesión. Pero no coincide con el plan original de Dios: “¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra; y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.



Dios no excluye a nadie y está siempre dispuesto a perdonarnos. Pero lo que no podemos pretender es cambiar su plan originario, y jugar a sustituir a Dios, ni en éste ni en otros temas. ¿Cuál fue el propósito original de Dios respecto a la vida, el matrimonio y el ser humano? “Al principio no fue así…” En su plan maravilloso pensó un orden natural, con un fin específico, que los griegos llamaban “télos”. Es fácil generar una contraposición artificial entre lo humano y lo religioso, entre la sociedad cristiana y la sociedad laica, olvidando que estamos hablando de verdades a la luz de la razón, y que además los cristianos también somos laicos, es decir ciudadanos (“laos” en griego significa pueblo).

La gran mentira que nos quiere vender la sociedad postmoderna es que el aborto es una cuestión confesional, pero me parece más abominable quien además invoca una fe, “con derecho a decidir”, para justificar este monstruoso acto de eliminar a uno de nosotros. Aunque haya sociedades civiles que despenalicen el aborto, y quien lo procure no caiga en ninguna pena canónica, este acto jamás será bueno, porque “al principio no era así”.

Dios quiso que una mujer lleve a su hijo nueve meses en su seno, dos años en sus brazos y toda la vida en su corazón. Pero cuando por la enfermedad “dureza de corazón”, la forzamos a cargar toda la vida con una tumba,  la que debería haber sido la cuna de su propio hijo, sólo Dios puede inventar una medicina para sobrellevar este dolor, y se llama misericordia.





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