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¿En qué momento tomé conciencia de la presencia de Dios en mi vida?

¿Por qué creo en Dios?
Quizás si tú miras para atrás también encontrarás pinceladas de tu vida y puedas encontrar ¿por qué crees en Dios?


Por: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net



Allá en Puebla, cuando Juan Pablo II visitó México, nos dijo: Dios no es una soledad, sino una familia.

Imaginemos por un momento que han pasado centenares de años y que la familia ya no existe, ya nadie que esté vivo se acuerda de ella, ¿qué pasaría? Pasaría que la humanidad la volvería a inventar. Porque  la familia es una verdad que viene de arriba, viene de lo alto y tiene la fuerza de lo alto. Dios es una familia.

Al hogar, a la familia se la llama con justicia la iglesia doméstica, porque participa de la misma fe de Jesús, iglesia domestica porque está unida al mismo amor que proviene de Dios. Dios es amor, pero... ¿cómo sabe el hombre, el vecino, el amigo, que Dios es amor?

El amor que proviene de Dios, que todo lo puede cambiar, depende del “SI” humano. Dios necesita del sí humano para manifestarse, si no, queda como un Dios teórico que está allá arriba.

El amor no puede quedar reducido al ámbito familiar. El amor de Dios se debe dar a los demás, siempre debe terminar en los demás. Si bien el refrán dice que la caridad bien entendida empieza por casa, siempre termina fuera de casa.



Para despertar en la fe, para crecer en la fe o simplemente para mantener la llama de la fe, se necesita la familia.

Recordemos lo que pasó en Rusia. El comunismo que por más de 70 años prohibió lo religioso, todo lo controló en forma rígida y muy violentamente estaba prohibido todo acto que tuviera pincelada religiosa, sin embargo no pudo evitar que al caer el muro de Berlín se viniera abajo toda su rigidez y hubiera un nuevo nacimiento de lo espiritual.

Nuevamente las iglesias fueran abiertas y la gente volvió a ellas. ¿Qué había pasado? Había pasado que la llamita de la fe había sido mantenida viva por las abuelas. Ellas fueran las que siguieron contándoles a sus nietos el nacimiento del niño Jesús en el humilde portal  de Belén, la presencia de los Reyes Magos, de los pastores. En fin toda esta parte del nacimiento cristiano que tanto impacta a los chicos cuando son chicos. El partido comunista que controló todo, se había olvidado de las abuelas.

Alejandro Solzchenitsyn. Es soviético, Premio Nobel 1970, es creyente. Muchos se creen que en Rusia todos eran comunistas. No hombre, no. En Rusia mandaban los comunistas, pero no todo el mundo era comunista. En Rusia hay mucha gente que cree en Dios. Los comunistas son ateos; pero hay montones de personas que creen en Dios, Y uno de ellos es éste: Alejandro Solzchenitsyn, que ha escrito una oración muy bonita. Dice esto: «Señor, qué fácil me es creer en Ti, porque si prescindo de Ti, el mundo está lleno de incógnitas». (Jorge Loring)

El amor de la familia es fecundo, viene de Dios, es fuente de vida. ¿De qué vida? De toda vida, no solamente de la biológica, sino también de esa vida que satisface plenamente: la vida del espíritu.



Cada uno deberá ir descubriendo el cómo le pide Dios que dé vida. Algunos se preguntan y ¿hasta cuándo uno tiene que ser sembrador de vida? Hasta que no tengas más vida, hasta que tu vida termine. Tu compromiso termina cuando tu vida termina.

Y cuando decidas repartir vida fuera del hogar, antes de comprometerte en cualquier actividad fuera de tu hogar, verifica que reine en ti, en tu relación familiar el amor mutuo, el amor que comunica, el amor hermoso, el amor que llena, el amor que comprende y entiende al otro. Si eso ocurre en tu hogar, todo lo que hagas puertas afuera, tendrá valor, servirá, serás un buen sembrador. Estarás viviendo en vivo y en directo lo que Jesús llamó el Reino de Dios.

Todo lo que hagas será agradable a Dios.

Es bueno detenerse alguna vez y preguntarse ¿por qué creo en Dios? ¿En qué momento tomé conciencia de lo que Dios hizo conmigo?

Cuando yo miro para atrás me encuentro con varias historias que están en mí caminar en la fe. Hoy veo cada momento de mí vida en la cual Dios iba poniendo su pincelada. Yo no me daba cuenta. Han tenido que pasar años, detenerme a mirar para atrás para darme cuenta. El gran misterio es cómo lo pudo hacer respetándome mi libertad.

Nací un día de Carnaval. Será por eso que en el fondo soy un tipo alegre?

La abuela ocupa un lugar con su rosario, era fervorosa oradora de rosarios. Siempre me acuerdo en aquel tren que en pleno bombardeo iba a salir de la estación de Barcelona cuando todo el mundo corría al refugio, ella me dijo:

---Salvador --yo tenía diez años en aquel entonces-- quédate sentado, yo tengo el mejor refugio y sacando su rosario nos quedamos sentados mientras todo el mundo corría.

También ocupa un lugar aquella casa de campo de aquel pequeño pueblito de Corts, en la cima de una pequeña montaña de unas veinte casas, donde nunca entendí porque todas las ventanas había chifletes que enfriaban nuestra espalda, aunque por suerte la panza estaba caliente gracias al fuego del hogar. Allí tengo que citar al abuelo aun que no era muy amigo de curas y monjas. Pero el abuelo que había vivido la guerra de Cuba, y ¡la de cosas que nos contaba!; era nuestro televisor de la infancia, protestaba, todos protestábamos, pero el abuelo lo hacía de una manera muy especial: clavando su boina al borde de la silla cuando en medio del relato a la abuela se le ocurría que había que rezar el rosario antes de irnos a dormir.

Y aquel gesto que en mi infancia, en mis ojos de chico era un gesto de protesta, un gesto de macho, con el tiempo se convirtió en un gesto de fe.  El abuelo nunca permitió que el rosario fuera rezado con la boina puesta. En el fondo... quizás muy en el fondo, el abuelo también creía en el rosario.

También tengo que poner a mi padre, religioso él, creyente él, que cuando fue movilizado para ir al frente, dijo que por aquella gente no iba a pelear, -nosotros vivimos la guerra desde el lado rojo o republicano- y cargándose una mochila al hombro, caminando de noche y escondiéndose de día, cruzó los Pirineos y eso hizo que yo a los diez años me convirtiera en el hombre de la casa.

Y ahí aparece mi madre. Poco antes que muriesen mis hermanitos mellizos que nacieron en la guerra muy delicados de salud, me los hizo bautizar. Aquel bautismo forma parte también de mi camino en la fe. ¡No te olvides de la “y”! me dijo. Yo te bautizo en nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Nunca he sabido lo importante que le daba mi madre a la “y”.

Y tendría que venir a América para casarme, tener hijos, y a los cuarenta años un cáncer casi me quita de la vida. Fue mi esposa y mis hijos quienes me acompañaron a enfrentarlo. ¡Cómo cambia tu vida cuando te dan tres meses de vida!

Como podéis ver, esto es parte de mí caminar en la fe. Podría añadirle muchas otras historias de mi caminar hoy, cuando ya estoy más cerca del arpa que de la guitarra. Pero sería hacer demasiado larga esta reflexión.

Pero me viene a la memoria algo que me acaba de suceder en mi gira por el Norte Argentino dando charlas. Mi amigo Daniel que junto con su esposa Claudia me brindó su hogar para hospedarme, así como al pasar, me preguntó: Salvador, ¿nunca pensaste en el sacerdocio? No, le contesté.

He vuelto a reflexionar sobre la pregunta. Sigue siendo no. ¡Hay demasiados agujeros en mi camiseta!

Quizás si tú miras para atrás también encontrarás  pinceladas de tu vida y puedas encontrar ¿por qué crees en Dios?





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