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Silencios que hablan: aborto
En esa cultura vibra también hoy la voz profética de san Juan Pablo II

Cada año, millones de hijos no llegan, por culpa del aborto provocado, a ese momento magnífico del parto.


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Hay silencios que hablan porque muchos callan. Por ejemplo, cuando miles de personas no pueden o no quieren ver ciertos aspectos de la realidad.

 

Eso ocurre cuando se protesta contra unos despidos y se guarda silencio ante contratos injustos.

O cuando la prensa grita contra la agresión a una persona de ciertas tendencias mientras guarda silencio por los abortos orientados a eliminar a los niños con síndrome de Down.

O cuando los políticos dicen defender el derecho de los débiles mientras permiten que se escandalice a los niños con programas de deseducación sexual.



O cuando unos padres de familia corrigen al hijo porque quiere comer con las manos sucias mientras luego le dejan ver películas llenas de violencia.

O cuando un educador está más preocupado por corregir un error en matemáticas y no dice nada ante los insultos de unos alumnos a un compañero.

O cuando un escritor ridiculiza y exagera los desmanes de algunos cruzados mientras omite por completo cualquier alusión a los crímenes de algunos musulmanes.

O cuando grupos de presión exaltan la libertad de prensa mientras guardan un silencio cómplice cuando se busca prohibir propaganda para ayudar a las mujeres a no abortar.

O cuando se insiste continuamente sobre escándalos de sacerdotes y una extraña oscuridad envuelve los escándalos de otras categorías.



O cuando en una guerra se amplifican las “noticias” generadas a favor de un bando y se omite cualquier alusión a las víctimas y sufrimientos de los del otro bando.

Sí: hay silencios que hablan, en un mundo donde abundan las palabras sobre ciertos temas y donde otros temas parecen casi sepultados en una ignorancia cómplice o perezosa.

Esos silencios, por desgracia, no hacen nada por erradicar grandes injusticias de nuestro mundo ni permiten comprender correctamente el pasado o el presente.

Por eso, frente a tantos silencios que describen la apatía, la indiferencia o la deformación de sociedades arbitrarias en sus inclusiones y en sus exclusiones, hacen falta voces que griten lo que muchos desean ocultar pero merece ser conocido.

Para contrarrestar tantos silencios que hablan, necesitamos hombres y mujeres que defiendan a los hijos antes de nacer, a los ancianos abandonados, a los niños con alguna diferencia genética, a los hambrientos y perseguidos injustamente.

Esas voces ayudarán a ver un poco mejor los rostros y las historias de los olvidados y perseguidos, y a trabajar para que sus derechos básicos sean respetados en un mundo que deseamos más acogedor, sobre todo respecto de los más débiles y abandonados.

Es de loar cualquier esfuerzo por dar de comer a los niños malnutridos, por defender a los niños esclavizados, por rescatar a los niños abandonados.

También hay que alabar cualquier esfuerzo por salvar la vida de millones de hijos antes de nacer.

Porque, a pesar de tantos programas mundiales que buscan proteger a la infancia, todavía hoy existe un silencio cómplice en muchos ante la grave injusticia del aborto.

Ese silencio surge a causa de la inconsciencia de quienes no conocen la gravedad de lo que pasa, ni se preocupan por analizar las dimensiones del aborto y las tipologías de las víctimas.

Ese silencio es cómplice cuando, aun conociendo las cifras enormes de los millones de abortos anuales, muchos miran a otra parte y omiten cualquier palabra ante esta situación.

Gracias a Dios, hay miles de voluntarios y personas de buena voluntad que ayudan a las mujeres para que no aborten, y que promueven una cultura en defensa de la vida de los hijos antes de nacer.

En esa cultura vibra también hoy la voz profética de san Juan Pablo II, con sus discursos valientes y con su encíclica “Evangelium vitae”.

Entre las muchas sugerencias de ese documento, que conserva una actualidad sorprendente, están las que se refieren a la promoción de una “cultura de la vida”, en la que se reconozca la dignidad de cada ser humano, especialmente de los más vulnerables.

En palabras del Juan Pablo II, promover un “nuevo estilo de vida implica también pasar de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a su acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia” (“Evangelium vitae”, n. 98).

Cada año, millones de hijos no llegan, por culpa del aborto provocado, a ese momento magnífico del parto. Si les damos voz, si defendemos su dignidad, si apoyamos a las madres en dificultad, será posible un cambio cultural que permita a esos hijos participar, con plenos derechos, en la maravillosa aventura de la existencia humana.

 





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