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Cuando queremos controlar a Dios
El alma, inquieta, grita a Dios

Solo nos queda mirar a Cristo crucificado: también Él tuvo que pasar por un cáliz amargo, por una pena que deseaba evitar.


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net




Varios meses de sequía. Una oración intensa para que llueva. Procesiones, rosarios, misas. La mirada al cielo. Nada. Ni siquiera una nube que anime los corazones.

 

Una enfermedad imprevista. La madre llora, suplica, va de un hospital a otro. Anhela encontrar una puerta hacia la curación, un médico que dé confianza. Reza y reza. Silencio.

 

La ruina de la propia patria. Un gobierno pésimo, un pueblo dividido, grupos políticos que promueven odio y sangre. Oraciones por la paz, la concordia, la justicia. Un día trágico explota la guerra civil que tantos temían.



 

A veces parece que quisiéramos controlar a Dios. Si es Bueno, si busca ayudar a sus hijos, si tantas veces ha intervenido en la historia humana, ¿por qué no esperar que repita ahora un milagro?

 

La respuesta, sin embargo, no llega. Hacemos nuestra la oración de Sión: “Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado” (Is 49,14). O la que leemos en el Sirácide: “Renueva las señales, repite tus maravillas, glorifica tu mano y tu brazo derecho” (Si 36,5).

 

Su consuelo no llega, aunque leemos en la Escritura: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada, tus muros están ante mí perpetuamente” (Is 49,15 16).

 

Pero el silencio nos abruma. La lluvia no llega. El hijo empeora. La guerra civil destruye miles de familias. ¿Por qué ese extraño silencio? El alma, inquieta, grita a Dios: “¿Hasta cuándo, Yahveh, me olvidarás? ¿Por siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?” (Sal 13,2)

 

Es cierto: no podemos controlar tus designios, como Tú tampoco puedes suprimir la libertad de quienes provocan tantas lágrimas. Solo nos queda mirar a Cristo crucificado: también Él tuvo que pasar por un cáliz amargo, por una pena que deseaba evitar.

 

Cuando llegue el día de la Pascua de cada uno comprenderemos. Ahora nos queda abandonarnos entre tus manos y confiar. Lo que Tú decidas es parte de un plan misterioso. No podemos controlarlo, pero sí podemos vivirlo como el Hijo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,46). Hágase, Señor, tu voluntad...




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