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Una nueva luz baña al famoso Moisés de Miguel Ángel
Moisés mira hacia un lado porque buscaba esta fuente de luz hoy extinta. Ahora se la han devuelto unas pequeñas bombillas led perfectamente disimuladas.


Por: Redacción | Fuente: Rome Reports



Parecía imposible que pudiera lucir mejor pero ahora el Moisés de Miguel Ángel resulta sencillamente impresionante. Y ha sido todo gracias a una nueva luz que le ha devuelto el aspecto con la que el propio Miguel Ángel la concibió.

 

FRANCESCO PROSPERETTI
Responsable área arqueológica del Coliseo
"Hablamos de un trabajo innovador. Más allá de la restauración y la conservación hemos afrontado un tema tan importante como tan descuidado: El aspecto de la percepción de la obra a través de la luz”.

Roma le robó la luz al Moisés. Las exigencias urbanísticas de una ciudad en constante expansión hicieron que se tuviera que construir alrededor de esta basílica. Por eso, la ventana que iluminaba a esta obra maestra quedó tapada.

Moisés mira hacia un lado porque buscaba esta fuente de luz hoy extinta. Ahora se la han devuelto unas pequeñas bombillas led perfectamente disimuladas.



 

ANTONIO FORCELLINO
Restaurador
"Sabíamos que existía esta ventana hacia la que Moisés gira el rostro y nos parecía algo inexplicable desde el punto de vista técnico pero Miguel Ángel lo logró porque en ese momento porque en ese momento la luz tenía un gran valor como símbolo de la relación directa con Dios”.

 

También se ha llevado a cabo una minuciosa limpieza para que el mármol, seleccionado en Carrara por el propio Miguel Ángel, pudiera brillar como el primer día. Hacía 15 años que la famosa escultura no se sometía a una limpieza así.

 



En 1505 el Papa Julio II encargó a Miguel Ángel la construcción de su tumba que estaría en la basílica de San Pedro. Tras muchas vicisitudes, el conjunto escultórico terminó en esta otra basílica romana, San Pietro in Vincoli.

 

Un basílica en la que, por cierto, también se conserva esta reliquia cristiana, las cadenas con las que apresaron a San Pedro en Jerusalén. La tradición asegura que cuando en el siglo IV Leon I el Magno las puso junto a las que retuvieron a san Pedro en la cárcel Mamertina de Roma, ambas partes se unieron milagrosamente.





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