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La confesión como un bautismo continuo
Bautismo y confesión son, así, dos lazos de amor

La Sangre de Jesucristo es la que hace deslizar la absolución del sacerdote por el semblante del alma.


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net



Dios es Padre. Por eso conoce muy bien a cada uno de sus hijos. Nos ama desde toda la eternidad. Nos ofrece su perdón con una infinita ternura. Nos envía a su Hijo. Nos rescata del pecado. Nos convierte, con el bautismo, en miembros de la Iglesia.

 

Los seres humanos, sin embargo, estamos heridos por una debilidad que nos acecha continuamente. El bautismo limpia la culpa original, pero a lo largo del camino las tentaciones abundan. Mundo, demonio y carne nos amenazan. Si abrimos la puerta al mal, pecamos.

 

Por eso Dios nos ofrece nuevas oportunidades. Tras el pecado siguen abiertas las puertas de la misericordia. Cada día es una nueva oportunidad para volver a casa. Basta con dejarnos perdonar.



 

En el “Diálogo” de santa Catalina de Siena encontramos un texto que refleja estas ideas con un modo sorprendente, pues considera al sacramento de la penitencia como un “bautismo continuo”. Estas son sus palabras, expresadas como si Dios Padre se las hubiera dicho:

 

“Yo conocía la debilidad y fragilidad del hombre, que le lleva a ofenderme. No que se vea forzado por ella ni por ninguna otra cosa a cometer la culpa, si él no quiere, sino que, como frágil, cae en culpa de pecado mortal, por la que pierde la gracia que recibió en el santo bautismo en virtud de la Sangre de mi Hijo.

 

Por esto fue necesario que mi Caridad divina proveyese a dejarles un bautismo continuo, el cual se recibe con la contrición del corazón y con la santa confesión, hecha a los pies de mis ministros. La Sangre de Jesucristo es la que hace deslizar la absolución del sacerdote por el semblante del alma.

 

Si la confesión es imposible, basta la contrición del corazón. Entonces es mi clemencia la que os da el fruto de esta preciosa sangre. Mas, pudiendo confesaros, quiero que lo hagáis. Quien pudiendo no se confiesa, se ha privado del precio de la Sangre del Cordero” (Santa Catalina de Siena, “El diálogo”).

 

También el Concilio de Trento presenta la confesión como una segunda oportunidad, como una muestra concreta del Amor fiel de un Dios que acude a rescatarnos de nuestras debilidades. En el decreto sobre la Penitencia y la Extremaunción (25 de noviembre de 1551) leemos lo siguiente:

 

“Si tuviesen todos los reengendrados tanto agradecimiento a Dios, que constantemente conservasen la santidad que por su beneficio y gracia recibieron en el Bautismo, no habría sido necesario que se hubiese instituido otro sacramento distinto de este, para lograr el perdón de los pecados.

 

Mas como Dios, abundante en su misericordia, conoció nuestra debilidad, estableció también remedio para la vida de aquellos que después se entregasen a la servidumbre del pecado, y al poder o esclavitud del demonio; es a saber, el sacramento de la Penitencia, por cuyo medio se aplica a los que pecan después del Bautismo el beneficio de la muerte de Cristo.

 

Fue en efecto necesaria la penitencia en todos tiempos para conseguir la gracia y justificación a todos los hombres que hubiesen incurrido en la mancha de algún pecado mortal, y aun a los que pretendiesen purificarse con el sacramento del Bautismo; de suerte que abominando su maldad, y enmendándose de ella, detestasen tan grave ofensa de Dios, reuniendo el aborrecimiento del pecado con el piadoso dolor de su corazón”.

 

Bautismo y confesión son, así, dos lazos de amor (cf. Os 11,4) con los que Dios nos atrae hacia sí, a través del sacrificio pascual de su Hijo. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

 

Ante tanto amor, solo nos queda cantar continuamente la misericordia del Padre, con el coro magnífico de los redimidos, con la voz de tantos pecadores perdonados, con las palabras de sus mejores amigos. Hacemos nuestras las palabras de Santa Catalina de Siena:

 

“¡Oh Misericordia, que nace de tu Divinidad, Padre Eterno, y que gobierna el mundo entero! En tu misericordia fuimos creados; en tu misericordia fuimos creados de nuevo en la sangre de tu Hijo. Tu misericordia nos conserva. Tu misericordia puso a tu Hijo en los brazos de la cruz, luchando la muerte con la vida, y la vida con la muerte. La vida entonces derrotó a la muerte de nuestra culpa y la muerte de la culpa arrancó la vida corporal al Cordero inmaculado. ¿Quién quedó vencido? La muerte. ¿Cuál fue la causa de ello? Tu misericordia.

 

Tu misericordia vivifica e ilumina. Mediante ella conocemos tu clemencia para con todos, justos y pecadores. Con tu misericordia mitigas la justicia; por misericordia nos has lavado en la Sangre; por pura misericordia quisiste convivir con tus criaturas.

 

¡Oh loco de amor! ¿No te bastó encarnarte? ¡Quisiste morir! Tu misericordia te empuja a hacer por el hombre más todavía. Te quedas en comida para que nosotros, débiles, tengamos sustento, y los ignorantes, olvidadizos, no pierdan el recuerdo de tus beneficios. Por eso se lo das al hombre todos los días, haciéndote presente en el sacramento del altar dentro del Cuerpo místico de la santa Iglesia. Y esto, ¿quién lo ha hecho? Tu misericordia. ¡Oh Misericordia! A cualquier parte que me vuelva, no hallo sino misericordia” (Santa Catalina de Siena, “El diálogo”).

 





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