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Confesar a Cristo
En el mundo millones de personas no conocen a Cristo, ni saben que vino para salvarnos, ni perciben la fuerza de su Muerte y de su Resurrección


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net



Confesar a Cristo es una necesidad del corazón. Quien ama, no puede ocultar su amor. Quien desea el bien de los demás, no puede dejar de ofrecerles lo mejor.

Por eso todo católico necesita confesar a Cristo. No solo con sus palabras, pues un anuncio pierde su fuerza sin el apoyo del testimonio. No solo con su vida: el ejemplo queda embellecido por las palabras sinceras.

En el mundo millones de personas no conocen a Cristo, ni saben que vino para salvarnos, ni perciben la fuerza de su Muerte y de su Resurrección.

Mientras la desesperación destruye a muchos, mientras el pecado ahoga a muchos otros, mientras la avaricia avanza despiadadamente, los bautizados sentimos la misma urgencia que dominaba el corazón de san Pablo.

“Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio” (1Co 9,16 18).



También san Juan Pablo II sentía en su interior un fuego que lo llevaba a viajar, a enseñar, a escribir, a hablar con unos y con otros para que el mensaje de la salvación llegase a más seres humanos. En su encíclica sobre la misión de la Iglesia escribía:

“La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (“Redemptoris missio”, n.1).

El tiempo pasa veloz. Cada día miles de seres humanos buscan el sentido de la vida y anhelan, quizá sin saberlo, una mano que les ayude a descubrir el mensaje que salva y que conduce a la dicha eterna.

Dios me concede un nuevo día. Espera, casi suplica mi amor. Me acaricia y purifica con su misericordia. Y me invita, respetuosa pero firmemente, a que no cierre los ojos ante las necesidades de tantos seres humanos.

Si soy generoso y acepto su invitación, saldré de mí mismo y dedicaré lo mejor de mi mente y de mi corazón para anunciar a Cristo a mis hermanos.







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