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Uno de los títulos más bellos de María: Madre Admirable (II Parte)
Tomado del libro "El Corazón Admirable de María", de san Juan Eudes, Libro I, Cap. 1.


Por: San Juan Eudes | Fuente: Unidad de Espiritualidad Eudista



[Tú, Dulcísima María eres:]

  • Admirable por la parte privilegiada que tuviste en la triunfante Ascensión de Jesús.
  • Admirable en las divinas disposiciones con las que recibiste el Espíritu Santo el día de Pentecostés y en los efectos prodigiosos que obró en tu alma.
  • Admirable en el celo ardentísimo y en la caridad incomparable que ejerciste en la Iglesia naciente, mientras estuviste en la tierra, después de la Ascensión de tu Hijo.
  • Admirable en todos los momentos de tu vida, plenos de prodigios, empleados en el servicio y el amor del Rey de los siglos.
  • Admirable en tu santa muerte, mejor llamada vida que muerte.
  • Admirable en tu milagrosa resurrección, en tu gloriosa Asunción, en tu maravillosa entronización a la derecha de tu Hijo y en tu augusta coronación como Reina eterna del cielo y soberana Emperatriz del universo.
  • Admirable en el poder absoluto que tu Hijo te ha dado sobre todos los seres corporales y espirituales, temporales y eternos, que dependen de él.
  • Admirable en la parte infinita que tienes en el Santísimo Sacramentos del altar. ¿Por qué digo parte, si lo tienes todo allí?
  • Admirable en la caridad incomprensible con la que continuaste a darnos, con tu Hijo, por este divino sacramento, los inmensos tesoros que diste a todos los hombres en general por el misterio de la encarnación.
  • Admirable en la vida soberanamente gloriosa e infinitamente dichosa que tienes en el cielo desde que estás allí y que tendrás por toda la eternidad.
  • Admirable por todas las virtudes que practicaste en este mundo, en el grado más alto que es se puede pensar.
  • Admirable en tu vivísima fe en Dios, en tu perfecta caridad a los hombres, en tu profunda humildad y en tu obediencia exacta, en tu invencible paciencia y en todas las demás virtudes cristianas.
  • Admirable en todas las calidades muy eminentes con que Dios te enriqueció: en la calidad de Hija mayor e infinitamente amada del Padre eterno, de Madre del Dios Hijo, de esposa del Espíritu Santo, de santuario de la santísima Trinidad, de tesorera y dispensadora de las gracias divinas, de reina de los ángeles y de los hombres, de Madre de los cristianos, de consoladora de los afligidos, de abogada de los pecadores, de refugio de los infortunados, de señora, soberana y universal, de todas las criaturas.
  • Admirable finalmente por todos los privilegios muy singulares y las prerrogativas exclusivas, con que Dios te honró.

Es algo singularmente admirable y admirablemente singular, ver a una criatura que hace nacer a quien la creó, y que da el ser al que es, y la vida a aquel de quien ella la recibió. Ver una estrella que produce un sol, una virgen que da a luz y que es Virgen antes del parto, en el parto y después del parto, y que es la hermana y la esposa, la hija y la madre, al mismo tiempo, de su Padre.

¿No es prodigio extraordinario ver a una hija de Adán pecador que engendra al Santo de los santos, que engendra a un Dios, que es Madre del mismo Hijo del que Dios es Padre, y puede decir: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy? (Heb 5, 5).

¿No está por encima de toda ponderación ver a una criatura mortal y pasible hacer lo que el mismo Dios no puede hacer?¿Acaso no es cierto que Dios no puede, por sí mismo, y por su propio y natural poder, engendrar un Hijo que sea Dios como él y que sea hombre como nosotros: Dios infinito, inmenso, inmortal, inmutable, eterno, invisible, impasible, y también hombre mortal, visible y pasible? Ciertamente es imposible a Dios hacer esto. Y sin embargo ¿no es cierto que nuestra admirable María, al engendrar a este mismo Hijo, engendra al mismo tiempo un Dios y un hombre: Dios, igual a su Padre en grandeza, poder y majestad, y un hombre semejante a nosotros en fragilidad, indigencia y debilidad?

Contemplar a una Virgen, de quince años, que encierra en su vientre a quien los cielos de los cielos no pueden contener debe sumir en arrobamiento eterno al cielo y a la tierra. Que con su leche virginal nutra y alimente a quien es la vida eterna y el principio de toda vida; que haga reposar en su regazo a quien es el poder de Dios y que reposa desde toda eternidad en el seno adorable de su Padre; que lleve en sus brazos a quien sostiene todo por su poder y su palabra; que conserve, gobierne y conduzca a quien es el creador, conservador y gobernante del universo; que tenga poder y autoridad de Madre sobre el Hijo único de Dios, Dios como su Padre, que por una eternidad ha estado sin ninguna dependencia de su Padre; que desde su encarnación, está sometido a su Padre como lo está a su Madre, según estas palabras evangélicas: Les estaba sumiso (Lc 2, 51). Por él, el Padre divino asumió sobre él una autoridad que antes no tenía pues ella le dio lo que hizo posible que se sometiera a él. ¡Cuántos prodigios, milagros y grandezas sorprendentes!



Ciertamente, no sin motivo el Espíritu Santo llama a María: Signo grande (Ap 12, 1). Y no sin razón los santos Padres le dan diversas calidades como éstas.

San Ignacio mártir la llama: Prodigio celestial, espectáculo sacratísimo, digno de los ojos de Dios y de la admiración de hombres y de ángeles. San Germán, patriarca de Constantinopla, le habla en los siguientes términos: En ti todo es grande, oh Madre de Dios, todo admirable. Tus maravillas sobrepasan todo lo que es posible decir y pensar.

Escucha a san Juan Crisóstomo que proclama, con fuerte voz, que esta divina María, ha sido siempre y eternamente será Milagro grande. Y san Epifanio nos anuncia que ella es Misterio milagroso del cielo y de la tierra y prodigioso milagro. Y añade; Oh Virgen sacratísima, pusiste en éxtasis todos los ejércitos de los ángeles porque contemplar en el cielo una mujer revestida del sol es prodigio que sumerge en arrobamiento a todos los habitantes del cielo; contemplar en la tierra a una mujer que lleva un sol en sus brazos, es maravilla quedebe asombrar todo el universo.

Oye también a Basilio, obispo de Seleucia, que así se expresa: Se ha visto en la tierra un prodigio sin igual: un hijo que es el padre de su madre y un hijo que es infinitamente más antiguo que la madre que lo engendró.

Oigo a san Juan Damasceno que nos dice que la madre del Salvador es el milagro de los milagros, tesoro y fuente de los milagros, abismo de portentos, que el divino poder hizo obras grandiosas antes de la bienaventurada Virgen, pero que era apenas minúsculos ensayos, si es dable decirlo, solo preparaciones para llegar al milagro de los milagros que hizo en esta divina María; era preciso pasar por todos estos prodigios para llegar a la maravilla de las maravillas.

Finalmente, Andrés, obispo de Candia, nos asegura que después de Dios, ella es la fuente de todas las maravillas que se han obrado en el universo; que Dios ha hecho en ella tan grandes prodigios, y en tantísimo número, que solo él es capaz de conocerlos perfectamente y de alabarlos dignamente.

Entre todas esas maravillas hay una que las sobrepasa a todas: es el Corazón incomparable de esta gran reina; es lo más admirable que hay en ella: mundo de maravillas, océano de prodigios, abismo de milagros, principio y fuente de todo lo excepcional y extraordinario que hay en esta gloriosa princesa. Toda la gloria de la hija del rey está en su interior (Sal 44, 14). Pues por la humildad, la pureza y el amor de su santísimo Corazón llegó a la sublime dignidad de Madre de Dios y se hizo digna por consiguiente de todas las gracias, favores y privilegios de que Dios la colmó en la tierra; y de todas las glorias, felicidades y grandezas de que la colmó en el cielo; y de todo lo grande y maravilloso que obró y obrará eternamente en ella y por ella.

 





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