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María, Corredentora: Conocimiento y Aceptación de la Cruz
Sabemos que una vez asunta a los cielos continúa alcanzándonos, por su múltiple intercesión, los dones de la eterna salvación


Por: Dr. Luis Béjar Fuentes | Fuente: Vox Populi Mariae Mediatrici



Todos y cada uno de los 4 dogmas marianos proclamados solemnemente en los pasados 20 siglos de la historia de la Iglesia, son importantes y cruciales en la profundización paulatina, en el conocimiento del misterio de nuestra Santísima Madre, siempre en relación y supeditada a su divino hijo, nuestro Señor Jesucristo, bajo las luces especiales del Espíritu Santo.

Para entrar en mayor detalle en el tema de la Corredención Mariana y para penetrar aun más en sus orígenes e implicaciones, resulta indispensable partir del tercero de ellos, el de la Inmaculada Concepción, mismo que tomó 19 siglos antes de ser proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, quedando plasmada en la bula denominada "Ineffabilis Deus", la cual enuncia de manera escueta: "Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles".

Esta realidad de fe, es especialmente soportada en la certeza de otro dogma no mariano, el de la "Infalibilidad del Papa", proclamado 16 años después por él mismo (en julio de 1870), mediante el cual quedó asentado que el vicario de Cristo cuenta con asistencia especial del Espíritu Santo, sin posibilidad de error, cuando se trata de materia de doctrina de la fe y costumbres.

La relevancia del dogma de la Inmaculada, sobre los otros 3, es que se remonta al momento mismo de su concepción en el seno de santa Ana, su madre, de quien sabemos que concibió milagrosamente en su vejez. Quedando ahora claro que, al estar preservada de la mancha del pecado original, tenía -y sigue teniendo- la plenitud de la gracia y adornada con los 7 dones del Espíritu Santo, con el grado más sublime que creatura alguna pueda tener en toda la historia de la humanidad. Dichos dones son, como lo sabemos: sabiduría, entendimiento, ciencia, fortaleza, consejo, piedad y temor de Dios.

La salutación del arcángel Gabriel que leemos en el evangelio de san Lucas, y que los católicos repetimos ininterrumpidamente día y noche por siglos en todo el mundo, a través del rezo del santo Rosario, nos da la clave hermenéutica para intuir lo excepcional de la naturaleza única de María…"llena eres de gracia, el Señor es contigo" (1, 28) ¡Nadie más! aparte, obviamente de su divino Hijo. La otra mujer que lo fue, Eva, la perdió por desobediencia, entrando por ello la concupiscencia, el pecado y la muerte en escena. Los dones recibidos en plenitud cuando fue creada, perdieron por falta de la gracia, su vital comunicación entre ésta, y los dones: la libertad, la memoria, el entendimiento y la voluntad, disminuidas drásticamente por su pecado original y los posteriores, manifiestos en la fragilidad de la nueva condición del género humano. Baste con leer el drama de Caín y Abel, hasta llegar a los acontecimientos dramáticos actuales de corrupción, calamidades y guerra.



María de Nazaret, Virgen Inmaculada entregada desde su niñez al templo, leyó, estudió, meditó y profundizó el Antiguo Testamento-siempre en oración unida de manera única al Espíritu Santo del que estaba llena- entendiendo mejor que nadie el sentido arcano de las profecías, especialmente de las que se referían al Mesías, de quien se esperaba su tan anunciada aparición en el pueblo judío. De especial relevancia se toman parte de los siguientes textos, rogándole que limpie nuestra mente y corazón, y nos preste sus ojos y su entendimiento para leerlos juntos con Ella.

Se toman algunos extractos del Salmo 22, del santo profeta y rey David, quien nació precisamente en Belén 970 años antes de Cristo (AC):

Todos los que me ven, de mí se burlan, me hacen gestos y dicen:
"Confiaba en el Señor, pues que él lo salve; si de veras lo ama, que lo libre".
Los malvados me cercan por doquiera como rabiosos perros.
Mis manos y mis pies han taladrado y se pueden contar todos mis huesos.
Reparten entre sí sus vestiduras y se juegan mi túnica a los dados.
Señor, auxilio mío, ven y ayúdame, no te quedes de mí tan alejado"
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Asimismo, de su Salmo 68, se toma lo siguiente:

"La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero compasión y no la hay;
consoladores, y no los encuentro. En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre. Yo soy un pobre mal herido;
Dios mío, tu salvación me levante".

De san Isaías (nacido en Jerusalén, 765 AC), se sustrae lo siguiente:

Del capítulo 50, 5-7: "El Señor Yahvé me ha abierto los oídos y yo no me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos. El Señor Yahvé está de mi parte, y por eso no me molestan las ofensas; por eso puse mi cara dura como piedra y yo sé que no quedaré defraudado".

Del capítulo 52, 14: "Así como muchos quedaron espantados al verlo, pues estaba tan desfigurado, que ya no parecía un ser humano".

Del capítulo 53, 3-12: Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él; sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado; y eran nuestras faltas por las que eran destruidos nuestros pecados, por los que era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados; todos andábamos como ovejas errantes, cada cual seguía su propio camino, y Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros; fue maltratado y él se humilló y no dijo nada; fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan; fue detenido, enjuiciado y eliminado ¿y quién ha pensado en su suerte? Pues ha sido arrancado del mundo de los vivos y herido de muerte por los crímenes de su pueblo; fue sepultado junto a los malhechores y su tumba quedó junto a los ricos, a pesar de que nunca cometió una violencia ni nunca salió una mentira de su boca; quiso Yahvé destrozarlo con padecimientos, y él ofreció su vida como sacrificio por el pecado. Por esto verá a sus descendientes y tendrá larga vida, y el proyecto de Dios prosperará en sus manos; después de las amarguras que haya padecido su alma, gozará del pleno conocimiento. El Justo, mi servidor, hará una multitud de justos, después de cargar con sus deudas; por eso le daré en herencia muchedumbres y lo contaré entre los grandes, porque se ha negado a sí mismo hasta la muerte y ha sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí los pecados de muchos e intercedía por los pecadores".

Y del profeta Zacarías (nacido en el 450 AC), se toma la siguiente expresión: "ellos mirarán hacia mí. En cuanto al que ellos traspasaron" (Za 12,10), usada también por San Juan: "Mirarán al que traspasaron" (Jn 19, 37).

Todo esto ciertamente estaba en su corazón y mente, cuando el arcángel Gabriel esperó su respuesta a la petición concreta de que si aceptaba ser la Madre de Dios -a pesar de no entender en principio el cómo- para finalmente dar su anuencia con conocimiento de causa: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra" (Lc1,38); siendo posteriormente confirmado, por el nombre que le impondría su castísimo esposo san José: Jesús (Mt, 21), que quiere decir Salvador (Yeshúa en arameo).

No obstante lo anterior, y conjuntamente con las palabras del anciano Simeón, quien a escasos 40 días del nacimiento de su divino Hijo, le profetizara aquello de que "y a ti misma una espada de dolor te atravesará el alma" (Lc 2, 35), no quedaba clara la forma ni los detalles en que todas estas profecías se cumplirían posteriormente en la persona de María.

Fue necesario que María Santísima -madre y maestra- transitara en la obscuridad de la fe y de la aceptación incondicional de la voluntad del Padre, al lado siempre de Jesús en los eventos dolorosos que se le presentaban durante su vida (la huida a Egipto, la pérdida del niño en el templo, la muerte de san José y el inicio de la vida pública); siempre acercándose más al cumplimiento de las profecías que conocía e interpretaba como nadie. Baste dar una segunda leída a lo anteriormente anotado, para atisbar el rumbo que llevaba el cumplimiento de las mismas. Recordemos especialmente aquella expresión fundamental: "María por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19).

Conocimiento de la Cruz.

Es indispensable en este momento caminar junto con Ella, la Madre ahora Discípula, durante los aproximadamente 3 años de la vida pública de Jesús, para descubrir el instrumento del suplicio físico de Él y el moral de Ella… ¡la cruz!, y esto, se puede develar al repasar los principales eventos que lo llevaron al calvario, desde Las Bodas de Caná hasta el Gólgota. Esto son algunos de los principales elementos proveídos por la Sagrada Escritura a partir de los evangelios:

  1. María, junto con otras mujeres lo acompañó, atendió, consoló y compadeció, mientras su divino Hijo era cada vez más rechazado por muchos de los judíos de su tiempo (Lc 10, 38-42; Lc 8, 1-3),
  2. María, junto con los apóstoles escuchó, si no todas, la mayoría de sus enseñanzas, ya que siendo la llena de gracia y por ende de sabiduría divina, entendía lo que para los demás era incomprensible, Lc 2, 49; Jn 2, 4; Mt 12, 48), locura e inclusive, fruto de acción diabólica (Mc 3, 21-22),
  3. María junto a Jesús, empezó a ver y experimentar el rechazo de los ancianos, escribas y fariseos, y la incomprensión y desprecio del sanedrín: "El Hijo del hombre tiene que sufrir y ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que resucite al tercer día" (Lc 9,22),
  4. Escuchó y entendió claramente aquella expresión de Jesús: "El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga", reportada con palabras similares en los evangelios de san Mateo (Mt 16,24), san Marcos (Mc 8,34) y san Lucas (9 23-24), y
  5. María, finalmente, tuvo oportunidad de estar, platicar y convivir con su divino Hijo durante esos 3 años, de quien escuchó decir: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 16); asumiendo con ello que Jesús abiertamente le debió haber comentado a su madre, la verdad de su misión salvífica -como lo hizo en varias ocasiones con sus discípulos- el anuncio de su pasión y muerte, y más específicamente sobre su caminar hacia la cruz, pero al mismo tiempo con la promesa de su resurrección al tercer día dada en varias ocasiones (Jn 2, 19;Mt 39-40).

Aceptación de la Cruz

De lo anterior se desprende que, la aceptación de la voluntad divina de Jesús hacia su Padre formaba parte desde toda la eternidad del plan salvífico -también comunicado a su tiempo a Ella- dándole los detalles del cómo se cumplirían a la perfección y hasta las últimas consecuencias las profecías, con el tipo de martirio al que sería sujeto.

Aquella triple petición de Jesús en el Huerto de los Olivos: "Padre, si es posible que pase de mi este cáliz"(Lc 22,42) y (Mt 26,39), tuvo su eco silencioso, oculto, pero también cargado de gran sufrimiento y angustia, en el alma y espíritu de su Madre; cumpliendo así la profecía del anciano Simeón -dada 33 años atrás- y llevándola al extremo de salir a su encuentro en el camino al Calvario, tal y como lo recordamos en la 4ª estación del Vía Crucis –"Jesús, se encuentra con su santísima Madre"- para de ahí vivir en carne propia en toda su intensidad la violencia, el odio y el rechazo del que, también era desde ahora asociada de manera totalmente excepcional. El ‘Stabat Mater Dolorosa, justa crucem lacrimosa dum pendebat filium"’ (Estaba la Madre Dolorosa, junto a la cruz llorosa de la que pendía su hijo), que canta la Iglesia en el Sábado Santo, muestra en toda su dramática realidad histórica la co-pasión a la que fue sujeta.

La razón de subir al Calvario y de permanecer al pie de la cruz, era la de acompañar a su divino Hijo en el trance terrible e inimaginable del abandono de su Padre: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Salmo 22) y (Mc 15, 34; cfr. Mt 27, 46); pero además, para recibir a todos los hombres, de todas las razas y de todos los tiempos, como sus hijos en el orden de la gracia: "Mujer, he ahí a tu hijo" y después dijo al discípulo: "he ahí a tu Madre, y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa" (Jn 19, 26-27); viviendo además, su otra pasión viernes y sábado santo -la soledad y abandono- "expuesta a la tentación de la desesperación, esperando contra toda esperanza, la resurrección de su divino Hijo". María, ¡la única verdadera creyente!

Es profundamente alentador el creer en fe, que nos da la certeza de la Resurrección de Jesucristo, que cada uno de los de 7,500 millones de seres humanos que actualmente poblamos la faz de la tierra, somos hijos en el Hijo "…subo a mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20,17) e "hijos de María en el orden de la gracia" (LG 8, 61), incluyendo todos aquellos que vivieron y que vivirán hasta el fin de los tiempos. Ella, la Corredentora, pagó con sus sufrimientos un precio muy alto -supeditado al de Jesús- por este don inmerecido; más aun, sabemos que "una vez asunta a los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación… por lo que es invocada también con los títulos -entre otros- de Mediadora y Abogada". (LG, 8, 62).

 





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