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¿Tu trabajo es lo primero?
El gran peligro detrás de esta nueva dinámica, en la que el hombre pone el trabajo como fin y meta de su vida, es que así reniega su vocación y su destino últimos, poniendo en riesgo su vida


Por: Daniel Prieto | Fuente: catholic-link



En nuestro tiempo, debido a una dinámica de competencia y eficiencia de producción violenta (avanzada y acelerada a causa de las nuevas tecnologías), ha comenzado a predominar, más que nunca, una mirada y una actitud pragmático-utilitarista ante la vida. El tiempo es oro, en pocas palabras, y ese oro se paga con sudor y lágrimas (y no pocas veces hasta con sangre). Se da así una hipervalorización del trabajo y, sutilmente, todo se empieza a medir desde su canon implacable: status social, sueños y proyecciones, el valor mismo de la persona, del tiempo, de los lugares, etc. Todo se trueca y se calcula según su utilidad.

 

Por otro lado, como decía Joseph Pieper, el  «espíritu trabajador» castiga el ocio, el descanso, la paz, como algo impropio, es decir, como un accidente que solo puede ser tolerado unas cuantas semanas al año, el resto es holgazanería y pereza (moralmente hablando). Y si bien es cierto que el trabajo tiene un lugar y una importancia centrales en nuestras vidas, ya que «hecho a imagen y semejanza de Dios en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra, el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo» (JPII Laborem Excercens), hace tiempo ya que hemos convertido esa importancia en idolatría, seducidos por el nuevo becerro de oro y su infinito potencial productivo.

 

La ambición ya no conoce límites, desde que el dinero se ha vuelto virtual, desligándose de los límites del tiempo y del espacio, el capitalismo se vuelve salvaje. Detrás de su tentación se esconden las viejas, terribles y fascinantes promesas de siempre: riqueza, y con ella poder, y, con este, por qué no, fama y placer. De esta manera, hoy por hoy se cumple lo que decía Max Weber: «No se trabaja solamente por el hecho de vivir, sino que se vive para trabajar».



 

El gran peligro detrás de esta nueva dinámica, en la que el hombre pone el trabajo como fin y meta de su vida, es que así reniega su vocación y su destino últimos, poniendo en riesgo su vida y la de la creación toda. Por otro lado, habría que decir, que la felicidad que tanto busca detrás de todas esas ilusiones, irónicamente, no se le concederá nunca, puesto que la felicidad es esencialmente un regalo, un don, algo que no se puede producir, comprar o negociar. La creación de hecho es por sobre todo exuberancia de amor, don, gratuidad, derroche sin medida, libertad; y por lo mismo su estructura íntima esta destinada a la fiesta y al gozo, que se oponen a todo lo que es utilitario, tan típico de la mentalidad técnica.

 

En ese sentido, el fin último del hombre es lo contrario a la acción de dominio y de plasmación activa. El fin último del hombre es la recepción gratuita del Amor infinito de Dios, la contemplación y la adoración de su Rostro, el gozo y el descanso de su banquete eterno. Recordémoslo, en el séptimo día, el día culmen, cuando todo alcanzó su cumplimiento, Dios descansó. El entonces cardenal Ratzinger decía al respecto:

«La Creación está dirigida hacia el Sabbat, el sábado, que es una señal de la alianza entre Dios y el hombre. Tenemos que reflexionar con más exactitud sobre este tema; de momento, en un primer impulso, podemos deducir de aquí lo siguiente: la Creación se ha construido para dirigirse al momento de la adoración. La Creación se ha hecho con el fin de ser un espacio de adoración. Y ella se cumple y se desarrolla correctamente cada vez que de nuevo existe para la adoración. “Operi Dei nihil praeponatur” dijo en su Regla San Benito: “Nada debe anteponerse al servicio de Dios”. Esto no es expresión de una exaltada piedad, sino pura y auténtica traducción del relato de la Creación, de su mensaje para nuestra vida. El verdadero centro, la fuerza que, provocando el ritmo de las estrellas y de nuestra vida las mueve y gobierna en su interior, es la adoración. Por eso el ritmo de nuestra vida palpita correctamente cuando ha quedado impregnado por ella»







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