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La Iglesia Católica y el trabajo
Desde los primeros siglos de la Iglesia el trabajo ha sido considerado como servicio y medio de santificación


Por: Juan García Inza | Fuente: Religión en Libertad



 Cesar Vidal hace una defensa “protestante” del trabajo como medio para superar las crisis económicas. Critica la concepción católica de las actividades laborales del hombre como contrarias a la Revelación. ¿Tiene razón? Si partimos del concepto de trabajo que tienen muchos católicos como simple instrumento al servicio de la economía sin más trascendencia, tendremos que darle la razón, ya que ese concepto economicista del trabajo es contrario a lo que nos dice el Génesis: “Dios puso al hombre en la tierra para que la trabajase”. El pecado añadió a ese trabajo encomendado por Dios como servicio a la entera creación, las molestas consecuencias que afectan a todo el organismo humano: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Desde los primeros siglos de la Iglesia el trabajo ha sido considerado como servicio y medio de santificación. El camino de santificación del cristiano pasa por el trabajo, por la gestión justa de las realidades temporales. Con el paso del tiempo se fue olvidando ese fin sobrenatural del trabajo, considerándolo como un castigo que hay que tratar de eludir. Se ha llegado a afirmar que en la tierra estamos para gozar, y que el trabajo es una condena que hay que evitar si es posible. Está en el ambiente que buena vida equivale a no trabajar. Y que lo más inteligente es hacerse pronto rico para dejar de trabajar lo antes posible. Hemos oído muchas veces calificar de bueno un trabajo porque en él se cobra y no hay que hacer casi nada. Y no faltan quienes confunden el “Estado del bienestar” con el “vivir del cuento”.

Pero este no es el concepto católico del trabajo. El trabajo es un servicio que se presta. Por el nos realizamos como personas. Y la mayor satisfacción es la que proporciona un trabajo bien hecho. Cuando las cosas se hacen bien son bellas, ennoblecen al que las hace y a la sociedad que las disfruta. Una chapuza no gusta ni al que la hace. ¿Quién no admira una magnífica catedral, un buen cuadro, una escultura perfecta, un libro bien escrito, un traje bien cortado...

Una de las cosas que siempre he admirado de San Josemaría Escrivá es el concepto tan sublime que tenía del trabajo, y que lo dejó ampliamente reflejado en sus escritos y en su predicación. Ese concepto del trabajo es el genuinamente católico, que hay que recuperar en donde se haya perdido, capaz de superar las crisis originadas por el egoísmo y la avaricia del hombre pervertido. A modo de ejemplo recojo aquí algunos fragmentos de sus escritos, y que el lector juzgue.

Al recordar a los cristianos las palabras maravillosas del Génesis —que Dios creó al hombre para que trabajara—, nos hemos fijado en el ejemplo de Cristo, que pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como un artesano en una aldea. Amamos ese trabajo humano que El abrazó como condición de vida, cultivó y santificó. Vemos en el trabajo —en la noble fatiga creadora de los hombres— no sólo uno de los más altos valores humanos, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres, sino también un signo del amor de Dios a sus criaturas y del amor de los hombres entre sí y a Dios: un medio de perfección, un camino de santidad.



Por eso, el objetivo único del Opus Dei ha sido siempre ése: contribuir a que haya en medio del mundo, de las realidades y afanes seculares, hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales, que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario.

Dignidad de cualquier trabajo

El trabajo profesional —sea el que sea— se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío —un buen cristiano—, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo al Señor; y la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que —inmersos en las realidades temporales— estamos decididos a tratar a Dios.

Idéntica cualificación y reconocimiento profesional

Todo trabajo profesional exige una formación previa, y después un esfuerzo constante para mejorar esa preparación y acomodarla a las nuevas circunstancias que concurran. Esta exigencia constituye un deber particularísimo para los que aspiran a ocupar puestos directivos en la sociedad, ya que han de estar llamados a un servicio también muy importante, del que depende el bienestar de todos.

Una mujer con la preparación adecuada ha de tener la posibilidad de encontrar abierto todo el campo de la vida pública, en todos los niveles. En este sentido no se pueden señalar unas tareas específicas que correspondan sólo a la mujer.

Hipoteca social de la riqueza

Todos los hombres, todas las mujeres —y no sólo los materialmente pobres— tienen obligación de trabajar: la riqueza, la situación de desahogo económico es una señal de que se está más obligado a sentir la responsabilidad de la sociedad entera.

El trabajo construye la sociedad

La inmensa mayoría de los socios de la Obra son laicos, cristianos corrientes; su condición es la de quien tiene una profesión, un oficio, una ocupación, con frecuencia absorbente, con la que se gana la vida, mantiene a su familia, contribuye al bien común, desarrolla su personalidad.

La vocación al Opus Dei viene a confirmar todo eso; hasta el punto de que uno de los signos esenciales de esa vocación es precisamente vivir en el mundo y desempeñar allí un trabajo —contando, vuelvo a decir, con las propias imperfecciones personales— de la manera más perfecta posible, tanto desde el punto de vista humano, como desde el sobrenatural. Es decir, un trabajo que contribuya eficazmente a la edificación de la ciudad terrena —y que esté, por tanto, hecho con competencia y con espíritu de servicio— y a la consagración del mundo, y que, por tanto, sea santificador y santificado.

Éxito y fracaso

Pero volvamos a nuestro tema. Os decía antes que ya podéis lograr los éxitos más espectaculares en el terreno social, en la actuación pública, en el quehacer profesional, pero si os descuidáis interiormente y os apartáis del Señor, al final habréis fracasado rotundamente.

Has de permanecer vigilante, para que tus éxitos profesionales o tus fracasos —¡que vendrán!— no te hagan olvidar, aunque sólo sea momentáneamente, cuál es el verdadero fin de tu trabajo: ¡la gloria de Dios!

La verdadera eficacia del trabajo la da el amor

Me gusta mucho repetir —porque lo tengo bien experimentado— aquellos versos de escaso arte, pero muy gráficos: mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, / que no hay amante mejor / que aquel que ha sufrido mucho. Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás —precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano— las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad!

El trabajo como misión

La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía.

Todos los afanes de los hombres interesan a Dios

Vosotros, que celebráis hoy conmigo esta fiesta de San José, sois todos hombres dedicados al trabajo en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis educado en aulas de centros docentes o en talleres y oficinas, habéis ejercido durante años vuestra profesión, habéis entablado relaciones profesionales y personales con vuestros compañeros, habéis participado en la solución de los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra sociedad.

Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.

Oración y trabajo

Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra mejor arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración.

Profesionalitis

Interesa que bregues, que arrimes el hombro... De todos modos, coloca los quehaceres profesionales en su sitio: constituyen exclusivamente medios para llegar al fin; nunca pueden tomarse, ni mucho menos, como lo fundamental.

¡Cuántas “profesionalitis” impiden la unión con Dios!

Apostolado

Compórtate como si de ti, exclusivamente de ti, dependiera el ambiente del lugar donde trabajas: ambiente de laboriosidad, de alegría, de presencia de Dios y de visión sobrenatural.

—No entiendo tu abulia. Si tropiezas con un grupo de compañeros un poco difícil —que quizá ha llegado a ser difícil por tu abandono—, te desentiendes de ellos, escurres el bulto, y piensas que son un peso muerto, un lastre que se opone a tus ilusiones apostólicas, que no te entenderán...

—¿Cómo quieres que te oigan si, aparte de quererles y servirles con tu oración y mortificación, no les hablas?...

—¡Cuántas sorpresas te llevarás el día en que te decidas a tratar a uno, a otro, y a otro! Además, si no cambias, con razón podrán exclamar, señalándote con el dedo: “hominem non habeo!” —¡no tengo quien me ayude!





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