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El trabajo y la paz
El trabajo se convierte, ahora, en una forma de obediencia, en un modo para expresar mi confianza y mi amor a Dios.


Por: Andrés Orellana | Fuente: http://lcblog.catholic.net



Tenemos en el Nuevo Testamento un ejemplo maravilloso, el del gran santo silencioso que nos habla con su silencio. Aquel de quien dice san Mateo que era justo[5] y por eso decidió repudiar en silencio a María su esposa, quien estaba en cinta antes de que vivieran juntos. Sí, estamos hablando de san José.

Dice el evangelio que María,  estando desposada con José pero antes de que se juntaran, se halló que había concebido del Espíritu Santo.[6] Podemos sólo imaginarnos la  confusión de José. Quizás la primera reacción fue la de negar el hecho. Después, no pudo no haber sentido una grandísima confusión. Rabia, decepción, indignación, son los sentimientos humanos que experimentaría cualquier persona en su misma situación.

“Déjate de la ira, y depón el enojo; no te enojes en manera alguna para hacerte malo.” Dice el salmo 37. José, el hombre justo, supo controlarse y no dar rienda suelta a sus pasiones. En el momento de la prueba, supo esperar en el Señor. ¡Cuántas veces destruimos a personas y mundos en nuestro interior- y a veces también con nuestras palabras y acciones- cuando las cosas no salen como nos las imaginábamos! José supo buscar la voluntad de Dios antes de actuar, y al ver los ojos de María, supo reconocer su presencia, que le inspiraba una profunda paz interior. Por eso decidió no buscar salvarse por sus propias fuerzas, sino poner su confianza del Señor.

Y el Señor tenía un plan mucho más grande preparado para José. A Él se le encargaría el tesoroimagen4 más grande que ha existido en toda la historia del universo: el Verbo eterno de Dios hecho hombre. Él supo esperar en el Señor, y su recompensa superó toda imaginación. Su confianza le permitió tener un corazón libre para saber escuchar la voluntad de Dios en un sueño. No quiso tomar la justicia por sus manos, salvarse a sí mismo, sino que supo confiar en el Señor. Pues en él se cumplen las palabras del salmo: “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo libra el SEÑOR.” (Sal 34, 19); y más aún: “El SEÑOR es justo; El ama la justicia; los rectos contemplarán su rostro.” (Sal 11, 7). ¿A qué se podrá comparar la alegría de contemplar el rostro de Jesús? Es la dicha que tuvo san José, y también la de todos los que confiamos en Él.

La obediencia de la fe



El mismo que nos dice que “El justo vive de la fe”, nos dice también que “Por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció, saliendo para un lugar que había de recibir como herencia”.[7] Pone así de manifiesto lo que ya san Pablo mencionada en la carta a los romanos: vivir de fe implica también esta virtud: la obediencia. Abraham salió de su casa, “y salió sin saber adónde iba.”[8] Así mismo José, después de haber obedecido al mandato del César que ordenaba a todos los habitantes de imperio de irse a empadronar en su ciudad para el censo, nos da un ejemplo extraordinario de obediencia: sabe acoger, otra vez mediante un sueño, la voluntad de Dios que le ordena en medio de la noche: “Levántate, toma al Niño y a su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te diga…”[9] “Y él, levantándose, tomó de noche al Niño y a su madre, y se trasladó a Egipto.”[10]

También nosotros en nuestra vida estamos llamados a obedecer al Señor, si queremos vivir de fe. Dios nos habla de distintas maneras, pero siempre en un modo en el que lo podemos entender. Podemos rezar con el salmo 25: “muéstrame tus caminos, y enséñame tus sendas…” Y el salmo 95 nos dice “Si hoy oyeras su voz, no endurezcáis vuestro corazón…”

El trabajo y la paz

Bajo esta perspectiva el, trabajo, adquiere toda una nueva dimensión. Ya no vivo con el estrés de salvarme, con el miedo de quedarme sin nada, porque incluso en las situaciones más difíciles tengo la certeza de que “Mejor es lo poco del justo que la abundancia de muchos impíos”, y que “el SEÑOR sostiene a los justos.”[11]  Puedo rechazar con fuerza toda forma de miedo en mi vida, porque tengo la certeza de vivir en las manos de Dios.

El trabajo se convierte, ahora, en una forma de obediencia, en un modo para expresar mi confianza y mi amor a Dios. Ya no trabajo para mí, sino para su gloria[12], ya puedo rechazar la envidia, la avaricia, el miedo y todas las pasiones que me llevan al pecado, porque sé que sea que vivamos o sea que muramos, somos del Señor[13]. Somos colaboradores de Cristo[14], y toda la creación espera la liberación de los hijos de Dios[15]. Como san José, puedo trabajar con la paz de Cristo en mi corazón, sabiendo que mi trabajo está lleno de sentido: es Cristo quien vive en mí[16] y en mi trabaja para hacer su nueva creación: un Reino de justicia, de caridad cristiana y de paz. Todo esto forma parte del vivir de fe.



Vivir de fe es vivir en sus manos, es entender la vida como una respuesta de amor a quien “me amó y se entregó por mí”.





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