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Comunicar en modo misericordioso
Es la característica distintiva del trato dispensado por Dios a su pueblo.

Cualidad divina que le da a la persona la disposición de ánimo para compadecerse de los sufrimientos ajenos.


Por: P. Jorge E. Mújica, LC | Fuente: Revista In Formarse / Información y Cultura humanista No.54 / Mayo 2016



La misericordia es ante todo un concepto de raíz judeocristiana. En su más honda radicalidad aparece como la característica distintiva del trato dispensado por Dios a su pueblo especialmente –aunque no de forma exclusiva– en el bloque de libros conocidos como proféticos. El contexto en el que la misericordia es dada como experiencia al pueblo elegido no es otro que el de la infidelidad. Dios ha elegido un pueblo, lo ha liberado, ha establecido una alianza con él, le ha mantenido su fidelidad y, sin embargo, el sujeto de la alianza con Dios le traiciona. El ámbito en que esa traición queda insertada es el del matrimonio: Dios que se ha comprometido con su esposa y la esposa que le ha resultado infiel.

La dramaticidad de esa infidelidad a la alianza se traduce en adulterio e incluso en prostitución por parte de la esposa. Y es precisamente aquí donde la misericordia se sobrepone al grado incluso de salir al encuentro de quien no lo merece: porque su amor es más grande que el pecado de su mujer, Dios perdona y va a buscar a su pueblo de quien sólo espera una actitud de arrepentimiento.

 

Con el pasar del tiempo esa cualidad divina pasó al ámbito de las relaciones sociales entendida como la disposición de ánimo por la cual las personas se inclinan a compadecerse de los sufrimientos ajenos.

Ya en su acepción original, ya en su derivación profana, ¿cómo se comunica la misericordia? O más aún, ¿qué significa comunicar de modo misericordioso? Las interrogantes no son preguntas ociosas en vista de que, por un lado, en los últimos años la misericordia se ha colocado al centro del actuar y vivir de la Iglesia y, por otro, la comunicación es parte constitutiva del hombre. O en otras palabras: todo lo que el hombre hace comunica. El hombre es un ser relacional y por tanto su actuar supone comunicar. Siendo el amor la más alta forma de comunicación, ¿cómo podemos reflejar o percibirlo como comunicación auténtica, como creíble? Naturalmente por su correspondencia con la verdad pero  lo contrario al aislamiento, al egoísmo, al ensimismamiento. Todo acto en cuanto comunicación humana implica salida, una salida que desemboca en el otro y que el otro percibe, agradece y corresponde para así crear un círculo virtuoso.



La Iglesia ha tenido al centro de su predicación del amor “el prójimo”. La categoría “prójimo” es ya de por sí inclusiva, abarca potencialmente a todo sujeto humano. Pero esa generalidad no se diluye en la masa anónima sino en el prójimo más próximo. Pasa de idea a obra en los gestos, palabras y silencios con que se acoge a todo aquel distinto de nosotros. Apunta a la encarnación de la abstracta doctrina que de otro modo corre el riesgo de perderse en el nominalismo.

Estando abierta al otro, la comunicación debe crear puentes y no muros. Esos puentes se construyen con los ladrillos de las palabras y el cemento de los gestos. Y como comunicar es también escuchar (de otro modo sería un monólogo), la comunicación se vuelve comprensión e incluso perdón; todo lo contrario al antagonismo, la hostilidad y la excomunión.

Si todo lo que hasta aquí hemos referido vale para las relaciones entre las personas, es válido también a un nivel más amplio donde son también las personas las que interactúan: el mundo de la diplomacia. En ese contexto las relaciones de superioridad obstaculizan la acogida ya no sólo de una persona concreta sino de todo un pueblo por parte de otro.

Un foro donde hoy en día acontece una comunicación plenamente humana son las redes sociales. Es ahí donde millones de personas prolongan su ciudadanía con todo lo que ser ciudadano conlleva.

Una de esas consecuencias es la responsabilidad por el otro: un contribuir a la buena, libre y solidaria proximidad. De este modo podemos hablar de un modo bastante concreto como la misericordia se “materializa”: el bien común específico que aportan quienes habitan las redes sociales es la proximidad. Comunicar de modo misericordioso supone el “encuentro”, la proximidad sublimada en encuentro.



En los libros proféticos del Antiguo Testamento ese encuentro era el preludio de la salida de Dios hacia quien no merecía proximidad en vista de su ofensa y negativa de pedir perdón. Precisamente ese salir, ese amor como acto comunicativo de Dios, era una forma de preparar y predisponer al encuentro que, por otra parte, movía a la conversión.





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