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Ponle fuego a tu relación
Toda relación que no es atendida se enfría y, si no se restituye, entonces muere.


Por: Maleni Grider | Fuente: www.somosrc.mx



Así fue como Jacob trabajó siete años por Raquel; pero le parecieron unos cuantos días, porque la amaba.
Génesis 29:20

 

Toda relación que no es atendida se enfría y, si no se restituye, entonces muere. Así ocurre en la amistad, en el matrimonio y en la relación con Dios. No dedicar tiempo, no poner atención, no renovar nuestro compromiso, no analizar el estado de nuestras relaciones puede llevarnos a ser negligentes, o a sentirnos demasiado cómodos, sin ningún tipo de desafío, hasta que demos por hecho lo que tenemos.

Cuando una de las partes no pone interés, ni procura la comunicación, o evita el contacto, la otra persona lo percibe, lo resiente, y se siente poco valorada. Sin darse cuenta, la persona que descuidó la relación romperá los vínculos y encontrará las consecuencias muy pronto. Algunas de ellas son la apatía, el vacío, la frialdad, la incapacidad de poder reconectarse. Sin embargo, si la persona reconoce su falta de entrega y dedicación a la relación, es posible que pueda empezar a hacer lo necesario por restituirla y salvarla.

Dios es un Dios apasionado por nosotros, Él desea una relación profunda, verdadera, apasionada, sobrenatural con sus hijos. “Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca.” (Apocalipsis 3:15-16). Él lo dio todo por nosotros, demostró su pasión y su amor extremo cuando entregó a su Hijo amado en rescate nuestro: “¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).



Cuando una relación ha sido descuidada, hay dolor en ambas partes. Para restablecerla, es necesario reconocer en qué hemos faltado, pedir perdón y restituir. Es decir, se requiere de un cambio interior que culmine en el exterior. Un ejemplo de esto lo vemos en el evangelio de Lucas: "Entonces todos empezaron a criticar y a decir: ‘Se ha ido a casa de un rico que es un pecador’. Pero Zaqueo dijo resueltamente a Jesús: ‘Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien le haya exigido algo injustamente le devolveré cuatro veces más’”. Lucas 19:7-8

Sin duda, este hombre había sido un pecador, pero ahora tenía una disposición grande por hacer lo correcto delante de Dios. Jesús tuvo mucho agrado de él, pues de su corazón surgió espontáneamente el restituir el daño. ¡Qué gran impacto debe haber causado en aquellas personas a quienes les había estafado dinero el ver que este hombre se los devolvía multiplicado! Me pregunto cuánto más no estaremos dispuestos a restituir a nuestro esposo o esposa, a nuestros hijos, a nuestros amigos más queridos, a nuestros padres, por todo aquello que les hemos negado. Al hacerlo, ellos reconocerán nuestros esfuerzos y nos acogerán.

En nuestra relación con Dios, puede ser que hayamos dejado de hablarle, o no vayamos más a la iglesia, o no leamos más su palabra... Quizá ya no ardamos en deseo por estar en su presencia en oración, o tal vez ya nuestro corazón no sea una antorcha que busque a quién ayudar, a quién bendecir con caridad. Tal vez oramos de manera rutinaria o estamos viviendo una vida más bien mundana y no espiritual. Cualquiera de estas cosas puede haber apagado la llama de nuestro amor por Jesús, quien también está triste por sabernos lejanos.

Si nos sentimos cansados, apagados, frustrados, confundidos, desalentados, vacíos, deprimidos, preguntémonos si estamos amando al Señor y a nuestras familias de manera apasionada, o si simplemente cumplimos con las responsabilidades y la rutina sin un verdadero espíritu de servicio, de entrega, de amor incondicional. Y si hemos hecho daño o hemos ofendido a Dios con nuestras acciones, vengamos cuanto antes a restablecer nuestra relación con Él. Pidámosle que nos reciba nuevamente y encienda la llama del primer amor en nuestro corazón.

Al igual que Jacob trabajó siete años por obtener a Raquel como esposa, y luego otros siete, y así como la amó siempre, con una pasión eterna, amemos a nuestros seres queridos, luchemos por ellos, trabajemos para ellos, hagamos todos los esfuerzos posibles por demostrarles nuestro amor y no dejar que la apatia nos robe la cercanía con ellos.



¡Oh, Señor, vuelve a encender la llama de tu amor en nuestros corazones y ayúdanos a comenzar una nueva vida en la luz de tu presencia! ¡Que tu fuego abrasador provoque en nosotros el milagro de la reconciliación!

 





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