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La vida política se convulsiona
La fe ilumina la política


Por: Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas. | Fuente: Catholic.net



VER

 

Estamos ya en progresivas definiciones hacia las elecciones del 2018, en que se renuevan la Presidencia de la República, las Cámaras de Diputados y Senadores, varias gubernaturas y diputaciones locales, y muchísimas presidencias municipales. Poco a poco se van dejando de lado los desastres de los sismos pasados y de las inundaciones recientes, para centrarse en las aspiraciones a estos puestos. ¡Ya no importan tanto los hermanos en desgracia, sino colocarse oportunamente con quienes tienen más perspectivas de ganar! La contagiosa solidaridad del pueblo mexicano está a punto de pasar a segundo lugar, con el peligro de contaminar el apoyo a los damnificados con intereses partidistas.

 

Los partidos se recomponen; las alianzas estratégicas se afinan; las propagandas se incrementan; las luchas se van haciendo más encarnizadas. Vamos a ser testigos de mutuas descalificaciones, intentando demostrar que los otros son la peor opción. Los dueños de los grandes capitales analizan a quién apoyar, para asegurar sus propios intereses. Los medios masivos de comunicación se esfuerzan por aparecer imparciales, pero también están decidiendo a quién impulsar, que les afiance en su porvenir económico y político.



Los ministros de la Iglesia no somos indiferentes ante este proceso. Somos parte del país y mal haríamos en encerrarnos en nuestras sacristías. La fe ilumina la política, no para casarse con un partido, sino para ofrecer luces que ennoblezcan la vocación política. No debemos hacer campaña a favor de una persona o de un partido, pero nuestra misión profética nos exige ofrecer algunos criterios morales para este importante momento histórico.

PENSAR
El papa Francisco, en su visita pastoral a Bolonia, en el centro de Italia, dijo:

“Esta plaza recuerda la necesidad para la vida de la comunidad de la buena política; no de la que es sierva de las ambiciones individuales o de la prepotencia de grupos o centros de interés. Una política que no sea ni sierva ni patrona, sino amiga y colaboradora; no temerosa o imprudente, sino responsable y por lo tanto valiente y prudente al mismo tiempo; que aumente la participación de las personas, su inclusión y participación progresiva; que no deje al margen a determinadas categorías, que no saquee ni contamine los recursos naturales, que no son un pozo sin fondo, sino un tesoro que Dios nos da, para que lo usemos con respeto e inteligencia. Una política que pueda armonizar las aspiraciones legítimas de individuos y grupos, manteniendo el timón firme en el interés de toda la ciudadanía.

Este es el rostro auténtico de la política y su razón de ser: un servicio invalorable al bien de toda la comunidad. Y por eso la doctrina social de la Iglesia la considera como una noble forma de caridad. Por lo tanto, invito a los jóvenes y a los menos jóvenes a que se preparen de manera adecuada y a esforzarse personalmente en este campo, asumiendo desde el principio la perspectiva del bien común y rechazando cualquier forma, por muy mínima que sea, de corrupción. La corrupción es la polilla de la vocación política. La corrupción no deja que crezca la civilización. Y el buen político lleva su propia cruz cuando quiere ser bueno, porque debe dejar tantas veces sus ideas personales para tomar las iniciativas de los demás y armonizarlas, acomunarlas, para que efectivamente sea el bien común el que salga adelante. En este sentido el buen político acaba siempre por ser un “mártir” del servicio, porque deja sus ideas pero no las abandona, las pone en discusión con todos para ir hacia el bien común, y esto es muy hermoso.

Desde esta plaza os invito a considerar la nobleza de la acción política en nombre y en favor del pueblo, que se reconoce en una historia y en los valores compartidos, y pide tranquilidad de vida y desarrollo ordenado” (1 de octubre de 2017).



ACTUAR
Seamos analíticos y críticos, para ir definiendo nuestras propias opciones. No nos dejemos embaucar por la demagogia, por las promesas irreales, por los ofrecimientos imposibles de cumplir. No nos inclinemos por el candidato que regala dinero o más cosas, como si nos dejáramos comprar por quien tiene más recursos económicos. Valemos mucho más que unas láminas, que una torta, un refresco, una gorra y una playera.

Y que los candidatos a puestos públicos ennoblezcan la lucha política con propuestas realistas, con honestidad transparente, con pasión por el bien de la comunidad.

 





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