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La honradez: ¿se ha perdido definitivamente?



Por: Mónica Muñoz | Fuente: Catholic.Net



Llama mucho la atención del público cuando en las noticias se habla sobre alguien que, habiendo encontrado una cantidad enorme de dinero, decide devolverla al afligido propietario, y se hace gran despliegue de medios de comunicación para dar a conocer al héroe que, pudo vencer la tentación de conservar la importante suma y más aún se le quiere premiar por tan loable acción.

Aparentemente, todo esto está muy bien, entonces, ¿cuál es el pero?  Que este comportamiento no debería causar sorpresa, pues simplemente se trata de un acto de honradez, es decir, aquella persona decidió optar por regresar lo que no era suyo.

¿Es tan difícil entenderlo?, la verdad, si se le hiciera más caso a la conciencia, no representaría ningún esfuerzo, pues salta a la vista que todos los objetos que vamos encontrando a nuestro paso pertenecen a alguien que se ha esforzado para obtenerlos.

Nosotros mismos hemos tenido que sacrificarnos para conseguir los bienes materiales que hacen nuestra vida más placentera.  A nadie en su sano juicio se le ocurre que puede quedarse con todos los coches estacionados en la calle alegando que, lo que hay en México, es de los mexicanos.

¿Entonces por qué hay gente que actúa de distinta manera cuando se trata de objetos más pequeños, por ejemplo, un celular o una cartera?  Sencillamente, se ha perdido la noción de hacer lo recto, de actuar con justicia y transparencia. Conozco padres de familia que han sabido inculcar muy bien este valor en sus hijos, fomentando en ellos el respeto por los bienes ajenos de manera muy simple: “si eso no es tuyo, déjalo en su lugar porque todo tiene dueño”.



Cuentan que en el México prehispánico, las casas no tenían ventanas, solamente puertas que siempre estaban abiertas, algo que sorprendió sobremanera a los españoles, pues era una gran muestra de confianza hacia los demás.  A nadie se le ocurriría entrar a robar, eso se dio mucho tiempo después, tanto que hasta hace unos veinte años, la gente de los pueblos mantenía sus puertas abiertas, dejando ver el interior de sus casas, ¿alguien recuerda esto?

Además, dejar de ser honrados implica robar, pero también se refiere a cometer fraudes, estafar, engañar, mentir, cometer actos de corrupción, actuar con malas intenciones.

Porque deja de ser honrado el que no cumple con sus deberes y en tiempo de trabajo, se dedica a  revisar su correo electrónico o su perfil en redes sociales, a chatear o hablar por teléfono.  O el que tiene una tienda y da kilos de novecientos gramos.  O aquel que da gato por liebre, prometiendo cualidades en algún producto maravilla mediante publicidad engañosa, o el que se lleva a su casa la papelería de la oficina, o ese otro que se “cobra a lo chino”, o alguien más que se cuela en la fila o se vale de palancas para realizar un trámite, o bien da una mordida para evitarse molestias, o uno más que en la escuela copia, saca un acordeón o falsifica la firma de sus padres, en fin, ejemplos sobran en nuestras mentes y realidades.

¿Cómo podemos remediar este mal que aqueja a nuestro país? Es necesario recordar  constantemente que todo en la vida cuesta dinero, tiempo y esfuerzo.  Ejercitar este valor requiere someter la voluntad a lo que dicta la conciencia, que siempre será nuestro mejor juez, de nada sirve engañarnos a nosotros mismos, esa voz interior se encargará de incomodarnos, reprochando inoportunamente nuestro mal comportamiento.

En lo personal, a mí me ayuda mucho meditar dos citas bíblicas, una es de San Pablo a los Tesalonicenses (3, 7-12), la cual me recuerda mi deber en esta vida: “El que no quiera trabajar, que no coma”.



Y la otra, del Evangelio de San Mateo, me anima a perseverar "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor."  (Mt, 28, 21)

Y para recuperar la esperanza en la humanidad,  les platico que me acaba de ocurrir algo que me dejó un gran sabor de boca: el sábado tuve que viajar a la Ciudad de México.  Como todos los que vivimos en el interior de la República Mexicana, llegué sin tener mucha idea de dónde estaría el lugar que buscaba.  Abordé un taxi para que me llevara a mi destino, pensando en unos ahorrar pasos, pues imaginé que estaba bastante lejos del sitio al que me dirigía.  Cuando le dije al conductor de la unidad la dirección, volteó para mirarme abiertamente y me dijo: “Si quiere, puedo llevarla, hay que dar toda la vuelta, pero si se baja, camina a la otra calle y dobla a la derecha en el primer semáforo, encontrará el lugar que busca”.  Lo miré con sorpresa y sólo pude decirle, “muchas gracias, ¡qué honrado!”

No todo está perdido, ¿verdad?  Que tengan una excelente semana.





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