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La idolatría del dinero; XXIX Domingo Ordinario
Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 22 de octubre 2017

Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Isaías 45, 1. 4-6: “El Señor tomó de la mano a Ciro para someter ante él a las naciones”

Salmo 95: “Cantemos la grandeza del Señor”

Tesalonicenses 1, 1-5: “Recordamos la fe, la esperanza y el amor de ustedes”

San Mateo 22, 15-21: “Den al César lo que es del César y  Dios lo que es de Dios”



Todavía seguimos estremecidos por los graves sismos y huracanes que han golpeado sin piedad a México y a otras regiones. Todavía seguimos admirados y expresamos con orgullo la solidaridad suscitada ante la desgracia. La entrega de los jóvenes, el desprendimiento de los pobres, la donación desinteresada de muchísimas personas, nos hacen recordar que “somos hermanos y estamos en la misma brecha”. Pero también nos causa coraje e indignación la inhumana actitud de quien se aprovecha de la desgracia ajena para medrar, para robar y para utilizar el dolor del hermano en el propio beneficio. Resuenan las palabras del Papa Francisco criticando el corazón endurecido: “La cultura del bienestar nos anestesia… Nos estamos volviendo incapaces de compadecernos de los clamores de los otros y ya no lloramos ante del drama de los demás… Hemos puesto al dinero en el centro, al dios dinero. Hemos caído en un pecado de idolatría, la idolatría del dinero”

“Dar a Dios lo que es de Dios”, son las palabras de Jesús frente a la hipocresía de los fariseos. La respuesta está condicionada por quiénes hacen la pregunta y por sus intenciones. Ellos, que se están enriqueciendo con el tributo a un Templo hecho por Herodes y con dinero que lleva la imagen del César pero también la sangre y el tributo de los sometidos, vienen ahora a poner preguntas sobre licitudes y conveniencias. Quizás esperarían de Jesús una respuesta estilo zelota en contra del imperio Romano  al que ya muchas veces había denunciado, o bien una respuesta a favor del imperio que lo desprestigiase frente al pueblo que está sufriendo. Las palabras de Jesús resultan contundentes: “Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme?”. La salida de Jesús los deja confundidos y expuestos. Jesús escapa de la trampa volviéndola contra sus adversarios. Quizás sea sólo una respuesta sarcástica e inteligente que pone en evidencia a los que acumulan riquezas extorsionando a los pequeños y conviviendo en contubernio con quienes oprimen al pueblo. Pero también nos descubre la opción de Jesús de poner como único dueño y Señor a Dios.

“Den al César…” Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común. Si un cristiano asume estas palabras en sentido disyuntivo y excluyente, no está usando la frase de Cristo en el sentido correcto y verdadero, porque todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas. Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o de un gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone y subyuga una religión.

Muchas veces las situaciones de desigualdad y de privilegio necesitan una justificación ideológica y religiosa. Se utilizan argumentos religiosos y hasta divinos para sostener autoridades o privilegios que humanamente parecerían equivocados. Y la manipulación de Dios en contra de la justicia no la puede tolerar Jesús, quizás porque Él vivía exclusivamente de la experiencia de un Dios-Papá que es el único que hace al hombre justo. El discípulo de Jesús y la Iglesia se hayan en medio de dos tentaciones opuestas: la tentación teocrática o el repliegue espiritualista. Por eso han existido tantos césares que confunden su causa con la de Dios; y representantes de Dios que ambicionan convertirse en césares. Por eso se han manipulado autoridades pero también se han dejado correr injusticias en silencio e indiferencia como si al discípulo no se le exigiera velar por la justicia y la verdad. En su respuesta Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel. Afirma la primacía de Dios y denuncia la idolatría del dinero, en la imagen del César. Desenmascara la hipocresía de los fariseos y herodianos, mostrando la dimensión religioso-política del impuesto y las monedas que se usan. Denuncia las verdaderas intenciones que se esconden detrás de velos religiosos. Con su respuesta, Jesús también nos obliga a cuestionarnos si estamos dando la verdadera primacía a Dios o si nos dejamos subyugar por los bienes materiales, por el poder, por la fama.

Nadie debe utilizar la religión para sus proyectos personales o partidistas. Todos estamos obligados a promover la verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los discípulos. Si el ser humano es la imagen de Dios, éste es propiedad de Dios y con él no se puede jugar con otros intereses. Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Queda desautorizada cualquier pretensión de dominio absoluto sobre el pueblo, la tierra y la persona humana. Cristo pone en nuestras manos la verdadera decisión de saber utilizar todos los medios para la construcción del Reino, pero no para manipular los sentimientos religiosos.



Con una verdadera libertad del corazón siempre buscaremos la primacía de Dios porque sólo a Él pertenece el dominio absoluto, pero debemos evitar todo uso o manipulación de Dios. El verdadero discípulo no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión lo tranquilizara; todo lo contrario se pondrá “Evangelio” y presencia de Dios en la vida social, económica y política. El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder, ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo. ¿Cómo asumo mis responsabilidades civiles: busco el bien de la comunidad o mis propios intereses? ¿Actúo con indiferencia ante los problemas sociales y políticos, o participo responsablemente? ¿Qué lugar ocupa Dios en mi corazón y cómo lo manifiesto en mi relación con mis hermanos?

Señor Jesús que con tu vida y ejemplo nos has enseñado la primacía de la voluntad de tu Padre y la construcción del Reino, ayúdanos a tener libre el corazón para servirle con un corazón sincero y buscar cumplir en todo su voluntad. Amén

 





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