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San Juan Pablo II y la política
4 hechos notables de su pontificado


Por: Andrés D' Angelo | Fuente: catholic-link



En el siglo V, cuando Atila asoló Europa, ningún ejército pudo con él, y su marcha hacia Roma parecía no tener ningún freno. El Papa León I llamado “Magno” o “El Grande”, reinante en ese momento como obispo de Roma, fue a entrevistarse con el temido jefe bárbaro, y luego de una conferencia, Atila se retiró de Italia cediendo en todas sus pretensiones.

A partir de la Caída del Imperio Romano de Occidente, en el 476, la única organización visible que quedó en Europa fue la Iglesia Católica, y de allí los Papas comenzaron a tener cada vez más “propiedades”, (casi siempre donaciones de familias nobles) y al mismo tiempo, una cierta injerencia política.

En el año 800, otro Papa León, esta vez el III, coronó al Principe Carlos (Karl, también llamado Carlomagno) como emperador del Imperio Romano restaurado, más tarde conocido como Imperio Carolingio. De allí surgió una relación a veces amistosa y a veces tirante entre los gobernantes y los Papas, que se llamó Cesaropapismo. Los reyes intervenían en el nombramiento de obispos, y los Papas y obispos comenzaban a parecerse cada vez más a los príncipes de este mundo. A partir del Siglo XVI, esta influencia mutua comenzó a perderse, y hoy el Papa es un “hombre de estado”, pero de un estado muy pequeñito: la ciudad del Vaticano, en el que no tiene fuerzas armadas, ni nada parecido.

¿Pero no era que Cristo había dicho que había que dar al César lo que era del César y a Dios lo que es de Dios?

Aparentemente, con esa frase Cristo quería señalar que los reyes y Dios poco tenían que ver unos con los otros, y que sus “negocios” iban por carriles distintos, pero claro está que los gobernantes gobiernan sobre los pueblos, y sus acciones de gobierno tienen una repercusión en las costumbres y las normas morales. Es entonces un deber primario del Pontífice y de los obispos denunciar y enseñar a los gobernantes cuando éstos emiten leyes injustas, porque de ello van a tener que rendir cuentas a Dios.



Un ejemplo maravilloso de una sana interacción entre el poder político (o temporal) y religioso (o eterno) fue el de nuestro querido Papa san Juan Pablo II. Al Papa Wojtila le tocaron tiempos difíciles. Cuando fue elegido Papa tenía 58 años, muy joven para el promedio de los papas anteriores, y provenía de Polonia, uno de los países tras el “telón de acero”, la Rusia Soviética ejercía poder sobre Polonia por más de 30 años, y parecía que iba a ser para siempre. A pesar de que uno de sus primeros actos de gobierno como pontífice fue la de reafirmar la ley canónica que decía que los sacerdotes no podían actuar en política partidaria, su influencia política fue enorme en el mundo que le tocó vivir.

Una característica del pontificado de san Juan Pablo II fue la enormidad de sus viajes. Recorrió más de un millón de kilómetros y visitó 129 países. Esas visitas incluyeron países en guerra y países que no habían tenido nunca relaciones diplomáticas con el Vaticano. A raíz de tantos viajes a tantos países, es imposible estimar en cuánto influyó en la política de su tiempo, pero hay algunos hechos que sí son incontrastables y que pueden marcarse como hitos de su pontificado.


1. La influencia de Polonia en la caída del comunismo

Sin “Divisiones acorazadas”, sin necesidad de movilizar tropas, Juan Pablo II fue un clarísimo determinante del inicio de “Solidaridad”, el sindicato católico de los astilleros de Gdansk que se opusieron a los sindicatos gubernamentales comunistas. Su primer viaje apostólico de retorno a Polonia, en 1979, inyectó un enorme entusiasmo entre los trabajadores polacos e impulsó la creación del sindicato clandestino Solidaridad. En 1982, el Papa Juan Pablo II da su apoyo público por primera vez al sindicato, y en la siguiente década, el sindicato liderado por Lech Walesa encabezó la oposición pacífica al régimen comunista. Las huelgas de 1988 precipitan las elecciones que el gobierno pierde contra Solidaridad, ya como partido Político proclama a Walesa como primer presidente no comunista de Polonia desde 1945.


2. Su enorme influencia en América Latina



La década de los 80, cuando Juan Pablo II asume su pontificado, era una época difícil para América Latina. El terrorismo y el comunismo avanzaban en muchos países, y en otros países, las dictaduras gobernaban con mano de hierro a sus ciudadanos. Juan Pablo II realizó 8 viajes apostólicos entre 1980 y 1990, y en cada uno de ellos tuvo un papel preponderante en la política. En 1980, apenas asumido el pontificado, envió al Cardenal Samoré a mediar entre Argentina y Chile, países hermanos a punto de iniciar una guerra por una cuestión de límites. En su visita a Chile se lo criticó por fotografiarse junto al dictador Pinochet, pero se olvida que en el Discurso a los jóvenes Chilenos en el Estadio Nacional de Santiago se animó a denunciar su dictadura, que había utilizado ese estadio como centro de detención. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con México y Cuba hizo que se rehabilitara una cierta libertad religiosa en ambos países.


3. Los discursos ante la ONU

En 1979 y en 1995 Juan Pablo II fue invitado a dirigirse a la Asamblea de las Naciones Unidas. En ambos discursos el Papa tuvo una postura firmísima ante los poderosos del mundo. Denunció la falta de Libertad Religiosa y los ataques a la Dignidad Humana, especialmente al aborto y otros ataques contra la vida. Al cumplirse 50 años de la fundación de las Naciones Unidas, en 1995, fue invitado nuevamente a dirigirse a los representantes de las naciones y los instó a crear sin miedos la civilización del amor. «Con estos dones, y con la ayuda de la gracia de Dios, podemos construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad. ¡Podemos y debemos hacerlo! Y, haciéndolo, podremos darnos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del espíritu humano».


4. La lucha contra la guerra en Irak

Casi en el límite de sus fuerzas físicas, en el año 2003, instó a los líderes de las naciones aliadas a no atacar a Irak. El 13 de enero de ese año, en su discurso a los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede, Juan Pablo II exclamó: «¡No a la guerra! Esta nunca es una fatalidad. Es siempre una derrota de la humanidad». Los hechos posteriores le dieron la razón de un modo dramático. Y recientes revelaciones sobre los informes mentirosos en los que se basó la decisión de invadir Irak llenaron de oprobio al trío de políticos –Bush, Blair y Aznar- que en las Azores lanzaron una operación que todavía hoy siembra sangre, división y terror en la región. Si bien esta oportunidad política fue una “derrota” de San Juan Pablo II, el cometido del Papa era la denuncia. Los culpables de las injustas agresiones seguramente pagarán ante la justicia Divina por los crímenes cometidos.

En su pontificado se restablecieron las relaciones diplomáticas de la Santa Sede con más de 80 países, así que se puede considerar que fue un pontificado “político”, en el sentido de que no dudó en buscar la concordia de los pueblos mediante la diplomacia, y las visitas al pueblo católico en su lugar de origen. En cada una de sus acciones “políticas”, el Papa se encargó de hacer ver claro que la Iglesia es Madre y Maestra y que vela por la humanidad en cada una de sus acciones. No dudó en denunciar lo que hubiera que denunciar, pero también exhortando, alentando, y felicitando a los gobernantes y a los pueblos cuando la situación lo ameritaba.

La Iglesia no participa en Política, en el sentido de que no participa en la lucha política de los países, ni favorece un régimen político por sobre otro, pero sí es su deber orientar, enseñar y corregir las acciones políticas que pueden afectar la salvación de los fieles. El pontificado de San Juan Pablo II fue un hermoso ejemplo de este tipo de acción frente a los gobiernos más poderosos del mundo, y demostró que se puede enfrentar a las tiranías más despiadadas solo con la fuerza del Amor, y vencer.





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