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No he venido a traer la paz, sino la división
Reflexión del evangelio de la misa del Jueves 26 de Octubre de 2017

El verdadero discípulo se debe “inflamar” y buscar ardientemente propagar el fuego del evangelio


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



Romanos 6, 19-23: “Libres ya del pecado y entregados al servicio de Dios, dan frutos de santidad”
Salmo 1: “Dichoso el hombre que confía en el Señor”
San Lucas 12, 49-53: “No he venido a traer la paz, sino la división”


Quien quiera interpretar este pasaje como una invitación a la división, a la confrontación y a la guerra, está equivocado. No es ésta la finalidad del evangelio. Pero también estará muy equivocado quien entienda el evangelio como pasividad, indolencia y apocamiento. Muchas veces se ha mirado a los cristianos como faltos de entusiasmo y dinamismo para la búsqueda de la verdadera justicia, como faltos de inteligencia para idear nuevos caminos de paz, y como faltos de compromiso ante las graves injusticias que vive nuestro mundo. Parecería que el progreso está llevando a la humanidad por la línea de lo más fácil, del menor esfuerzo, y Cristo quiere despertarnos de este amodorramiento.

Es muy atractivo dejarse llevar por ese camino que nos propone el mundo, pero acaba en una pendiente que conduce al despeñadero. Jesús nos invita a que nos llenemos de su fuego y que ese fuego lo transmitamos con alegría y entusiasmo por todos los rincones de la tierra. No quiere decir esto que será a través del éxito y del glamur como obtendremos resultados. El camino de Jesús es más bien con pasos lentos, costosos y muchas veces escasos, pero llenos de entusiasmo y dedicación.

El mejor ejemplo de este fuego es el mismo Jesús. No lo entiendo nunca como alguien apocado y tímido, acomodándose a las circunstancias, sino como una persona decidida a favor de los más pobres, como un incansable defensor de la verdad, y como un profeta que siempre está dispuesto a ofrecer la palabra de su Padre. Cristo terminó en la cruz, no por malhechor sino porque era decidido y claro. Su cruz siempre será el signo de contradicción para todos los que lo sigan. Es verdad que Él decía que no hay mayor amor que el dar la vida por los amigos, pero se lo toma en serio y llega hasta los extremos. Es la forma de construir la verdadera paz y no es indiferencia, que llega hasta el pecado, frente a tantas injusticias, ante tanta mentira y ante tanta corrupción. El verdadero discípulo se debe “inflamar” del mismo fuego de Jesús y buscar ardientemente propagar el fuego de su evangelio. El seguidor de Jesús no debe temer que el evangelio provoque escándalo y división que son siempre preferibles a la “paz-ividad” y la convivencia con la injusticia.

 



 





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